Francesc Vidal (1950) - Primavera junto al campanario

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Annabel Eagles
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弗朗塞斯克·维达尔(1950)作品 Primavera junto al campanario,油画画板上,手工签名,原版,创作期2000–2010,画作尺寸22×27 cm(画框尺寸43.5×48.5×5 cm),由 Galería 提供并带框出售。

AI辅助摘要

卖家的描述

Pictura Galeria presents esta magnífica obra de arte perteneciente a Francesc Vidal, que representa un luminoso pueblo rural al pie de unas montañas violetas, contemplado a través de una exuberante pradera de flores multicolores que evoca primavera, serenidad y armonía con la naturaleza. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones del marco: 43,5x48,5x5 cm.
· Dimensiones de la obra: 22x27 cm.
· Óleo sobre tabla firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra, F. Vidal.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
· La obra se vende con precioso marco (incluido en la subasta como regalo).

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un paisaje rural de extraordinaria luminosidad, protagonizado por un extenso campo de flores que conduce la mirada hacia un pequeño pueblo situado al pie de las montañas. La escena transmite una inmediata sensación de primavera, frescura y bienestar, como si la naturaleza hubiera alcanzado su momento de máximo esplendor. La abundancia de colores, la amplitud del terreno y la delicada presencia de las construcciones convierten la composición en una celebración de la vida campestre y de la belleza serena de los paisajes mediterráneos.

El primer plano está ocupado por una inmensa pradera florida que se extiende de un extremo al otro de la imagen. Sobre una base de verdes vivos aparecen innumerables flores blancas, rosadas, violetas, amarillas, rojizas y anaranjadas. La vegetación forma una superficie exuberante y cambiante, llena de pequeñas variaciones cromáticas que invitan a recorrerla lentamente con la mirada.

Las flores no aparecen distribuidas de manera uniforme, sino agrupadas en franjas y manchas irregulares que aportan naturalidad al paisaje. En algunas zonas dominan los tonos fucsias y morados; en otras, los blancos se concentran como delicados puntos de luz. Los amarillos y naranjas surgen entre la vegetación como destellos cálidos, reforzando la sensación de un campo lleno de vida bajo una iluminación suave.

En la parte inferior, los verdes son especialmente intensos y se combinan con pequeñas zonas oscuras que sugieren la profundidad de la hierba. Esta alternancia permite imaginar diferentes alturas entre las plantas, como si unas flores se elevaran sobre otras. La riqueza del primer plano genera una impresión de cercanía y hace que el espectador pueda sentirse situado en medio de la pradera.

A medida que la mirada avanza hacia el centro, la vegetación se organiza en amplias franjas horizontales. Una extensa zona rosada y violácea atraviesa el paisaje y crea una transición delicada entre las flores más cercanas y los árboles que rodean el pueblo. Esta banda de color aporta continuidad y conduce visualmente hacia las construcciones blancas del fondo.

En el lado izquierdo destacan agrupaciones de flores rojizas y anaranjadas, cuyos colores cálidos introducen variedad dentro del predominio de verdes y rosas. Estas tonalidades más profundas equilibran la claridad de las flores blancas y aportan un agradable ritmo visual. El campo parece cambiar de aspecto a cada paso, ofreciendo una sucesión de pequeñas parcelas naturales cubiertas por distintas floraciones.

Tras la pradera se levanta una franja de vegetación más oscura, compuesta por arbustos y árboles de copas densas. Sus verdes profundos forman una barrera natural que separa el campo abierto del núcleo habitado. Esta zona de sombra resulta fundamental para que las casas claras destaquen con mayor intensidad y para crear una convincente sensación de distancia.

Entre los árboles aparece un conjunto de edificios blancos de formas sencillas y volúmenes compactos. Sus fachadas luminosas se agrupan de manera irregular, como suele suceder en los pueblos que han crecido lentamente alrededor de una iglesia o de una pequeña plaza. Las ventanas oscuras y los tejados cálidos aportan detalles suficientes para dar vida al lugar sin restar protagonismo al paisaje.

Los tejados presentan matices rojizos, rosados, anaranjados y violáceos que armonizan con las flores del primer plano. Esta relación cromática conecta visualmente el pueblo con la naturaleza circundante, haciendo que las construcciones parezcan integrarse de manera orgánica en el territorio. Nada resulta ajeno al paisaje: las casas, los árboles, las montañas y el campo forman parte de una misma atmósfera tranquila.

En el centro del núcleo urbano se eleva una torre que actúa como principal referencia arquitectónica. Su silueta vertical sobresale por encima de los tejados y rompe suavemente la horizontalidad dominante de la escena. Las aberturas oscuras situadas en su parte superior permiten reconocerla como el campanario de una iglesia, símbolo de reunión, permanencia y memoria colectiva.

La torre concede identidad al pueblo y ayuda a imaginar la vida cotidiana de sus habitantes. Puede pensarse en el sonido de las campanas extendiéndose sobre los campos, en pequeños caminos que comunican las casas o en una plaza oculta entre los edificios. Aunque no aparecen figuras humanas, la presencia del pueblo introduce una dimensión narrativa y sugiere una comunidad en armonía con su entorno.

A la derecha de la torre se alzan varios árboles altos y esbeltos, iluminados por verdes amarillentos muy vivos. Sus copas verticales parecen recibir una luz más intensa que el resto de la vegetación y aportan un elegante contrapunto a la arquitectura. Estos árboles dirigen la mirada hacia el cielo y refuerzan la sensación de profundidad entre el campo florido y el horizonte.

Junto a ellos se extiende una masa de árboles de tonalidades amarillas y verdes luminosas. Esta zona derecha constituye uno de los puntos más radiantes de la composición y sugiere una luz cálida filtrándose entre las hojas. El contraste con los árboles oscuros del centro crea variedad y hace pensar en diferentes especies vegetales reunidas alrededor del pueblo.

En el extremo izquierdo, la vegetación adquiere tonos verdes mucho más profundos. Los árboles forman una masa compacta que enmarca las casas y establece un fuerte contraste con sus paredes blancas. Cerca de este conjunto aparece un arbusto de color azul claro, cuya delicada luminosidad introduce una nota fresca e inesperada dentro de la zona más sombría.

Detrás del pueblo se extiende una cadena montañosa de tonos azules y violetas. Su perfil irregular recorre buena parte del horizonte y envuelve la escena con una presencia tranquila y protectora. Las montañas no resultan abruptas ni amenazantes, sino que parecen formar una frontera natural que resguarda el valle y acentúa su carácter íntimo.

Las distintas elevaciones se superponen suavemente, creando una sensación de profundidad atmosférica. Los relieves más cercanos presentan violetas algo más intensos, mientras aquellos situados en la distancia se vuelven más claros y se funden gradualmente con el cielo. Esta transición amplía visualmente el paisaje y permite imaginar que las montañas continúan mucho más allá de lo representado.

El cielo ocupa la zona superior mediante una combinación delicada de blancos, grises muy claros, azulados y sutiles matices rosados. Su luminosidad es difusa y envolvente, sin contrastes bruscos, lo que favorece una atmósfera apacible. Los leves tonos rosados de la derecha dialogan con el campo de flores y aportan una calidez casi primaveral.

La composición se organiza mediante una sucesión equilibrada de planos: la pradera exuberante en primer término, la franja oscura de vegetación, el pueblo blanco, las montañas violetas y finalmente el cielo claro. Cada una de estas zonas conduce hacia la siguiente y contribuye a crear una escena de gran amplitud. La mirada avanza de forma natural desde las flores más cercanas hasta la torre y, desde allí, hacia las cumbres lejanas.

Uno de los aspectos más atractivos de la obra es el contraste entre la abundancia natural y la serenidad arquitectónica. El campo aparece libre, espontáneo y rebosante de color, mientras las casas se presentan ordenadas, silenciosas y estables. Esta convivencia transmite la idea de un lugar donde la vida humana se desarrolla respetando el ritmo del paisaje.

La ausencia de caminos visibles aumenta la sensación de estar contemplando un rincón apartado y protegido. El pueblo parece surgir directamente entre los árboles, al otro lado de la inmensa pradera. Esta disposición despierta el deseo de atravesar el campo, acercarse a las casas y descubrir qué se encuentra detrás de sus fachadas luminosas.

La obra posee una atmósfera alegre, pero también profundamente contemplativa. La intensidad de las flores transmite vitalidad y optimismo, mientras la lejanía de las montañas y el silencio del pueblo aportan calma. Ambas sensaciones se equilibran para crear una imagen acogedora, capaz de evocar recuerdos de paseos por el campo, mañanas de primavera y lugares conservados en la memoria.

La torre puede interpretarse como un símbolo de permanencia frente al carácter cambiante de la naturaleza. Las flores aparecen en todo su esplendor, aunque su belleza pertenece a una estación concreta; el campanario, en cambio, parece haber presidido el valle durante generaciones. Esta relación entre lo efímero y lo duradero concede a la escena una delicada dimensión poética.

También destaca la armonía entre los colores cálidos y fríos. Los rosas, amarillos, rojos y naranjas aportan energía y cercanía, mientras los verdes, azules y violetas introducen equilibrio, frescura y distancia. El blanco de las casas funciona como un punto de descanso visual y permite que el pueblo resplandezca en medio de la riqueza cromática.

La amplitud del campo convierte a la naturaleza en la verdadera protagonista de la composición. El pueblo ocupa una superficie relativamente pequeña, como si se reconociera la inmensidad del territorio frente a la escala humana. Esta proporción refuerza la sensación de libertad y permite que la vegetación se despliegue con toda su fuerza decorativa y emocional.

El paisaje invita a imaginar una mañana silenciosa en la que el aire conserva todavía la frescura de las primeras horas. Las flores parecen extenderse hasta las puertas del pueblo y las montañas permanecen envueltas por una suave claridad. Todo sugiere un instante de calma absoluta, anterior al movimiento cotidiano, en el que la naturaleza y la arquitectura comparten un mismo silencio.

Por su riqueza de color y su carácter luminoso, la obra posee una notable capacidad para transformar un espacio. En un salón, un comedor o una estancia de descanso, introduciría alegría, profundidad y una agradable sensación de apertura. La pradera aportaría vitalidad, mientras el pueblo y las montañas crearían un horizonte sereno hacia el que dirigir la mirada.

En conjunto, la obra ofrece una visión luminosa y profundamente evocadora de un pueblo blanco situado al pie de unas montañas violetas y rodeado por un extraordinario campo de flores silvestres. La torre de la iglesia, los tejados cálidos, los árboles verdes y amarillentos y la inmensa pradera multicolor construyen una escena llena de armonía, frescura y emoción. El paisaje celebra la llegada de la primavera y transmite la sensación de un refugio rural donde el tiempo avanza lentamente, la naturaleza florece con libertad y la vida permanece unida a la belleza del entorno.

Pictura Galeria presents esta magnífica obra de arte perteneciente a Francesc Vidal, que representa un luminoso pueblo rural al pie de unas montañas violetas, contemplado a través de una exuberante pradera de flores multicolores que evoca primavera, serenidad y armonía con la naturaleza. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones del marco: 43,5x48,5x5 cm.
· Dimensiones de la obra: 22x27 cm.
· Óleo sobre tabla firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra, F. Vidal.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
· La obra se vende con precioso marco (incluido en la subasta como regalo).

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un paisaje rural de extraordinaria luminosidad, protagonizado por un extenso campo de flores que conduce la mirada hacia un pequeño pueblo situado al pie de las montañas. La escena transmite una inmediata sensación de primavera, frescura y bienestar, como si la naturaleza hubiera alcanzado su momento de máximo esplendor. La abundancia de colores, la amplitud del terreno y la delicada presencia de las construcciones convierten la composición en una celebración de la vida campestre y de la belleza serena de los paisajes mediterráneos.

El primer plano está ocupado por una inmensa pradera florida que se extiende de un extremo al otro de la imagen. Sobre una base de verdes vivos aparecen innumerables flores blancas, rosadas, violetas, amarillas, rojizas y anaranjadas. La vegetación forma una superficie exuberante y cambiante, llena de pequeñas variaciones cromáticas que invitan a recorrerla lentamente con la mirada.

Las flores no aparecen distribuidas de manera uniforme, sino agrupadas en franjas y manchas irregulares que aportan naturalidad al paisaje. En algunas zonas dominan los tonos fucsias y morados; en otras, los blancos se concentran como delicados puntos de luz. Los amarillos y naranjas surgen entre la vegetación como destellos cálidos, reforzando la sensación de un campo lleno de vida bajo una iluminación suave.

En la parte inferior, los verdes son especialmente intensos y se combinan con pequeñas zonas oscuras que sugieren la profundidad de la hierba. Esta alternancia permite imaginar diferentes alturas entre las plantas, como si unas flores se elevaran sobre otras. La riqueza del primer plano genera una impresión de cercanía y hace que el espectador pueda sentirse situado en medio de la pradera.

A medida que la mirada avanza hacia el centro, la vegetación se organiza en amplias franjas horizontales. Una extensa zona rosada y violácea atraviesa el paisaje y crea una transición delicada entre las flores más cercanas y los árboles que rodean el pueblo. Esta banda de color aporta continuidad y conduce visualmente hacia las construcciones blancas del fondo.

En el lado izquierdo destacan agrupaciones de flores rojizas y anaranjadas, cuyos colores cálidos introducen variedad dentro del predominio de verdes y rosas. Estas tonalidades más profundas equilibran la claridad de las flores blancas y aportan un agradable ritmo visual. El campo parece cambiar de aspecto a cada paso, ofreciendo una sucesión de pequeñas parcelas naturales cubiertas por distintas floraciones.

Tras la pradera se levanta una franja de vegetación más oscura, compuesta por arbustos y árboles de copas densas. Sus verdes profundos forman una barrera natural que separa el campo abierto del núcleo habitado. Esta zona de sombra resulta fundamental para que las casas claras destaquen con mayor intensidad y para crear una convincente sensación de distancia.

Entre los árboles aparece un conjunto de edificios blancos de formas sencillas y volúmenes compactos. Sus fachadas luminosas se agrupan de manera irregular, como suele suceder en los pueblos que han crecido lentamente alrededor de una iglesia o de una pequeña plaza. Las ventanas oscuras y los tejados cálidos aportan detalles suficientes para dar vida al lugar sin restar protagonismo al paisaje.

Los tejados presentan matices rojizos, rosados, anaranjados y violáceos que armonizan con las flores del primer plano. Esta relación cromática conecta visualmente el pueblo con la naturaleza circundante, haciendo que las construcciones parezcan integrarse de manera orgánica en el territorio. Nada resulta ajeno al paisaje: las casas, los árboles, las montañas y el campo forman parte de una misma atmósfera tranquila.

En el centro del núcleo urbano se eleva una torre que actúa como principal referencia arquitectónica. Su silueta vertical sobresale por encima de los tejados y rompe suavemente la horizontalidad dominante de la escena. Las aberturas oscuras situadas en su parte superior permiten reconocerla como el campanario de una iglesia, símbolo de reunión, permanencia y memoria colectiva.

La torre concede identidad al pueblo y ayuda a imaginar la vida cotidiana de sus habitantes. Puede pensarse en el sonido de las campanas extendiéndose sobre los campos, en pequeños caminos que comunican las casas o en una plaza oculta entre los edificios. Aunque no aparecen figuras humanas, la presencia del pueblo introduce una dimensión narrativa y sugiere una comunidad en armonía con su entorno.

A la derecha de la torre se alzan varios árboles altos y esbeltos, iluminados por verdes amarillentos muy vivos. Sus copas verticales parecen recibir una luz más intensa que el resto de la vegetación y aportan un elegante contrapunto a la arquitectura. Estos árboles dirigen la mirada hacia el cielo y refuerzan la sensación de profundidad entre el campo florido y el horizonte.

Junto a ellos se extiende una masa de árboles de tonalidades amarillas y verdes luminosas. Esta zona derecha constituye uno de los puntos más radiantes de la composición y sugiere una luz cálida filtrándose entre las hojas. El contraste con los árboles oscuros del centro crea variedad y hace pensar en diferentes especies vegetales reunidas alrededor del pueblo.

En el extremo izquierdo, la vegetación adquiere tonos verdes mucho más profundos. Los árboles forman una masa compacta que enmarca las casas y establece un fuerte contraste con sus paredes blancas. Cerca de este conjunto aparece un arbusto de color azul claro, cuya delicada luminosidad introduce una nota fresca e inesperada dentro de la zona más sombría.

Detrás del pueblo se extiende una cadena montañosa de tonos azules y violetas. Su perfil irregular recorre buena parte del horizonte y envuelve la escena con una presencia tranquila y protectora. Las montañas no resultan abruptas ni amenazantes, sino que parecen formar una frontera natural que resguarda el valle y acentúa su carácter íntimo.

Las distintas elevaciones se superponen suavemente, creando una sensación de profundidad atmosférica. Los relieves más cercanos presentan violetas algo más intensos, mientras aquellos situados en la distancia se vuelven más claros y se funden gradualmente con el cielo. Esta transición amplía visualmente el paisaje y permite imaginar que las montañas continúan mucho más allá de lo representado.

El cielo ocupa la zona superior mediante una combinación delicada de blancos, grises muy claros, azulados y sutiles matices rosados. Su luminosidad es difusa y envolvente, sin contrastes bruscos, lo que favorece una atmósfera apacible. Los leves tonos rosados de la derecha dialogan con el campo de flores y aportan una calidez casi primaveral.

La composición se organiza mediante una sucesión equilibrada de planos: la pradera exuberante en primer término, la franja oscura de vegetación, el pueblo blanco, las montañas violetas y finalmente el cielo claro. Cada una de estas zonas conduce hacia la siguiente y contribuye a crear una escena de gran amplitud. La mirada avanza de forma natural desde las flores más cercanas hasta la torre y, desde allí, hacia las cumbres lejanas.

Uno de los aspectos más atractivos de la obra es el contraste entre la abundancia natural y la serenidad arquitectónica. El campo aparece libre, espontáneo y rebosante de color, mientras las casas se presentan ordenadas, silenciosas y estables. Esta convivencia transmite la idea de un lugar donde la vida humana se desarrolla respetando el ritmo del paisaje.

La ausencia de caminos visibles aumenta la sensación de estar contemplando un rincón apartado y protegido. El pueblo parece surgir directamente entre los árboles, al otro lado de la inmensa pradera. Esta disposición despierta el deseo de atravesar el campo, acercarse a las casas y descubrir qué se encuentra detrás de sus fachadas luminosas.

La obra posee una atmósfera alegre, pero también profundamente contemplativa. La intensidad de las flores transmite vitalidad y optimismo, mientras la lejanía de las montañas y el silencio del pueblo aportan calma. Ambas sensaciones se equilibran para crear una imagen acogedora, capaz de evocar recuerdos de paseos por el campo, mañanas de primavera y lugares conservados en la memoria.

La torre puede interpretarse como un símbolo de permanencia frente al carácter cambiante de la naturaleza. Las flores aparecen en todo su esplendor, aunque su belleza pertenece a una estación concreta; el campanario, en cambio, parece haber presidido el valle durante generaciones. Esta relación entre lo efímero y lo duradero concede a la escena una delicada dimensión poética.

También destaca la armonía entre los colores cálidos y fríos. Los rosas, amarillos, rojos y naranjas aportan energía y cercanía, mientras los verdes, azules y violetas introducen equilibrio, frescura y distancia. El blanco de las casas funciona como un punto de descanso visual y permite que el pueblo resplandezca en medio de la riqueza cromática.

La amplitud del campo convierte a la naturaleza en la verdadera protagonista de la composición. El pueblo ocupa una superficie relativamente pequeña, como si se reconociera la inmensidad del territorio frente a la escala humana. Esta proporción refuerza la sensación de libertad y permite que la vegetación se despliegue con toda su fuerza decorativa y emocional.

El paisaje invita a imaginar una mañana silenciosa en la que el aire conserva todavía la frescura de las primeras horas. Las flores parecen extenderse hasta las puertas del pueblo y las montañas permanecen envueltas por una suave claridad. Todo sugiere un instante de calma absoluta, anterior al movimiento cotidiano, en el que la naturaleza y la arquitectura comparten un mismo silencio.

Por su riqueza de color y su carácter luminoso, la obra posee una notable capacidad para transformar un espacio. En un salón, un comedor o una estancia de descanso, introduciría alegría, profundidad y una agradable sensación de apertura. La pradera aportaría vitalidad, mientras el pueblo y las montañas crearían un horizonte sereno hacia el que dirigir la mirada.

En conjunto, la obra ofrece una visión luminosa y profundamente evocadora de un pueblo blanco situado al pie de unas montañas violetas y rodeado por un extraordinario campo de flores silvestres. La torre de la iglesia, los tejados cálidos, los árboles verdes y amarillentos y la inmensa pradera multicolor construyen una escena llena de armonía, frescura y emoción. El paisaje celebra la llegada de la primavera y transmite la sensación de un refugio rural donde el tiempo avanza lentamente, la naturaleza florece con libertad y la vida permanece unida a la belleza del entorno.

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艺术家
Francesc Vidal (1950)
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出售者
画廊
版本
原创作品
作品名称
Primavera junto al campanario
技术
油画
签名
Hand signed
国家
西班牙
状态
良好状态
高度
43,5 cm
宽度
48,5 cm
风格
印象派
时间段
2000-2010
西班牙经验证
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现代及当代艺术