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Humberto Rivas - María, 1998. Copia del autor
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Humberto Rivas - María, 1998. Copia del autor

Humberto Rivas nació en Buenos Aires en 1937. Desde 1976 y hasta su muerte en 2009 vivió y trabajó como fotógrafo y pedagogo en Barcelona. Orígenes Humberto Rivas era nieto de inmigrantes italianos y portugueses (aprendió la lengua lusitana de su abuela portuguesa, lavandera de profesión) e hijo de obreros textiles, oficio que él mismo practicó a los trece años, mientras los fines de semana se entrenaba con su padre para ser ciclista de circuito. Cumplidos los diecisiete, inició un curso de dibujo por correspondencia y vendió la bicicleta de carrera para comprarse un caballete de pintor. Un año después entró a trabajar como aprendiz en una agencia de publicidad y pudo comprarse la primera cámara fotográfica, una Argus de 35 mm con óptica fija. En 1959 compraría la Rolleiflex 6 x 6 que le permitía asumir mayores retos. En 1958 realizó su primera exposición de dibujos y pinturas en la Galería Lirolay y al año siguiente celebró su primera muestra de fotografías en la Galería Galatea. En 1962 el diseñador y escultor Juan Carlos Distéfano, entonces director del departamento de diseño del Instituto Torcuato Di Tella de Buenos Aires, le invitó a dirigir el departamento de fotografía del legendario centro de arte contemporáneo. A lo largo los años sesenta y setenta muchas de las personalidades creativas de Argentina desfilarían por ese centro, y fueron captadas por la implacable cámara de Rivas, influenciada en aquel momento por Richard Avedon y Diane Arbus. Como ejemplos de este periodo están los retratos del artista argentino Roberto Aizenberg realizados en 1967 en un vertedero de basura en Buenos Aires y un retrato de Jorge Luis Borges de 1972. Juan Carlos Distéfano, Roberto Páez, Rubén Fontana, La Polaca y el Grupo Lobo son otros destacados personajes del ámbito cultural bonaerense retratados por Rivas en aquellos años. Este entrenamiento permitió a Rivas desarrollar su propia estética, orientada a descubrir el lado oculto de la persona retratada. Más adelante empezó a introducir en su obra el misterio de las identidades y la poética del silencio y de la ausencia. La estrecha amistad que durante esos años y hasta su muerte mantuvo con el fotógrafo Anatole Saderman, al que consideraba su maestro, sería trascendental en su evolución como fotógrafo. Lo de los contrastes es una constante en su fotografía. Humberto Rivas es uno de los fotógrafos que más y mejor usa el negro, como color en sí mismo y como concepto, esto es, como zona carente de luz. Son sus negros los que presentan lo que más quiere poner de relieve en la foto; o con lo que perfila edificios al amanecer. O, como vemos en las series de retratos a personas, el fondo que va a separar al quién del dónde. Rivas nunca ‘disparó’ a una persona que no manifestara su beneplácito a ser fotografiado. De ahí que su obra haya que tomarla sabiendo que hay un acuerdo previo, una escena y una pose. Y es que se puede decir sin ambages que eligió su propia posición para cada modelo, según lo que éste le despertara. Altivez, curiosidad, miedo, sorpresa… todo gesto es o parece calculado. La escenografía también se cuida mucho. Dentro de su trabajo como retratista hay dos partes bastante diferenciadas. En sus primeros años, la gente que usa está en su contexto, si bien este pierde en favor de la expresión. Son imágenes, en cualquier caso, de pura documentación, como una especie de fe de vida de un momento y un lugar. Años después, con un estilo más depurado y tal vez imbuido de una mayor libertad artística que le aproxima a sus inicios como pintor, hay unas estampas más pictóricas. Aunque quede feo hablar en primera persona, reconozco mi poca pericia como observador al contemplar los retratos expuestos y centrarme tanto en la expresión que no reparé en un detalle, más propio de su segunda etapa: al fondo negro que recorta la silueta de los sujetos y que te fija la vista en ellos, se añade un suelo fabricado a base de una tela arrugada. Un signo distintorio que solo percibí al leerlo en uno de los paneles. Tanto en uno como en otra variante, Rivas tuvo otro recurso que hace aún más valioso su trabajo: el volver a las mismas personas con años y, a veces, décadas de diferencia.

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Humberto Rivas nació en Buenos Aires en 1937. Desde 1976 y hasta su muerte en 2009 vivió y trabajó como fotógrafo y pedagogo en Barcelona.

Orígenes
Humberto Rivas era nieto de inmigrantes italianos y portugueses (aprendió la lengua lusitana de su abuela portuguesa, lavandera de profesión) e hijo de obreros textiles, oficio que él mismo practicó a los trece años, mientras los fines de semana se entrenaba con su padre para ser ciclista de circuito. Cumplidos los diecisiete, inició un curso de dibujo por correspondencia y vendió la bicicleta de carrera para comprarse un caballete de pintor. Un año después entró a trabajar como aprendiz en una agencia de publicidad y pudo comprarse la primera cámara fotográfica, una Argus de 35 mm con óptica fija. En 1959 compraría la Rolleiflex 6 x 6 que le permitía asumir mayores retos.
En 1958 realizó su primera exposición de dibujos y pinturas en la Galería Lirolay y al año siguiente celebró su primera muestra de fotografías en la Galería Galatea. En 1962 el diseñador y escultor Juan Carlos Distéfano, entonces director del departamento de diseño del Instituto Torcuato Di Tella de Buenos Aires, le invitó a dirigir el departamento de fotografía del legendario centro de arte contemporáneo. A lo largo los años sesenta y setenta muchas de las personalidades creativas de Argentina desfilarían por ese centro, y fueron captadas por la implacable cámara de Rivas, influenciada en aquel momento por Richard Avedon y Diane Arbus.
Como ejemplos de este periodo están los retratos del artista argentino Roberto Aizenberg realizados en 1967 en un vertedero de basura en Buenos Aires y un retrato de Jorge Luis Borges de 1972. Juan Carlos Distéfano, Roberto Páez, Rubén Fontana, La Polaca y el Grupo Lobo son otros destacados personajes del ámbito cultural bonaerense retratados por Rivas en aquellos años.
Este entrenamiento permitió a Rivas desarrollar su propia estética, orientada a descubrir el lado oculto de la persona retratada. Más adelante empezó a introducir en su obra el misterio de las identidades y la poética del silencio y de la ausencia. La estrecha amistad que durante esos años y hasta su muerte mantuvo con el fotógrafo Anatole Saderman, al que consideraba su maestro, sería trascendental en su evolución como fotógrafo.


Lo de los contrastes es una constante en su fotografía. Humberto Rivas es uno de los fotógrafos que más y mejor usa el negro, como color en sí mismo y como concepto, esto es, como zona carente de luz. Son sus negros los que presentan lo que más quiere poner de relieve en la foto; o con lo que perfila edificios al amanecer. O, como vemos en las series de retratos a personas, el fondo que va a separar al quién del dónde.

Rivas nunca ‘disparó’ a una persona que no manifestara su beneplácito a ser fotografiado. De ahí que su obra haya que tomarla sabiendo que hay un acuerdo previo, una escena y una pose. Y es que se puede decir sin ambages que eligió su propia posición para cada modelo, según lo que éste le despertara. Altivez, curiosidad, miedo, sorpresa… todo gesto es o parece calculado.
La escenografía también se cuida mucho. Dentro de su trabajo como retratista hay dos partes bastante diferenciadas. En sus primeros años, la gente que usa está en su contexto, si bien este pierde en favor de la expresión. Son imágenes, en cualquier caso, de pura documentación, como una especie de fe de vida de un momento y un lugar.

Años después, con un estilo más depurado y tal vez imbuido de una mayor libertad artística que le aproxima a sus inicios como pintor, hay unas estampas más pictóricas. Aunque quede feo hablar en primera persona, reconozco mi poca pericia como observador al contemplar los retratos expuestos y centrarme tanto en la expresión que no reparé en un detalle, más propio de su segunda etapa: al fondo negro que recorta la silueta de los sujetos y que te fija la vista en ellos, se añade un suelo fabricado a base de una tela arrugada. Un signo distintorio que solo percibí al leerlo en uno de los paneles. Tanto en uno como en otra variante, Rivas tuvo otro recurso que hace aún más valioso su trabajo: el volver a las mismas personas con años y, a veces, décadas de diferencia.


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