Ecole française (XVIII) - Portrait féminin au livre de dévotion





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Descripción del vendedor
Retrato femenino de exquisita factura, representativo de la pintura francesa de finales del siglo XVIII, ejecutado por un artista de sólida formación académica, próximo al círculo neoclásico posterior a la escuela de Jacques-Louis David. La composición, de medio cuerpo y fondo neutro, muestra a una mujer de edad madura en actitud recogida, sosteniendo un pequeño libro de oraciones decorado con una cruz dorada, símbolo de piedad, virtud y recogimiento interior.
El tratamiento de la figura revela un dominio magistral del dibujo y del modelado lumínico. El rostro, suavemente iluminado desde el lateral izquierdo, presenta una gradación impecable entre luces y sombras, con una paleta contenida de ocres, sienas y carmines que confiere a la piel una sensación de transparencia y vida. El artista logra transmitir serenidad y profundidad psicológica sin recurrir a la idealización, situando esta obra en la tradición del retrato moral y doméstico que caracterizó la pintura francesa en el ocaso del Antiguo Régimen.
La indumentaria —coiffe de encaje estructurada, chal oscuro con bordados vegetales y un pequeño broche en el pecho— responde al gusto de las décadas de 1780 a 1800, en plena transición entre el estilo Luis XVI y el Directorio. Este tipo de tocado y vestimenta, asociados a la respetabilidad burguesa y a la devoción femenina, se documentan en retratos contemporáneos de Jean-Baptiste Greuze, Joseph Duplessis y Adélaïde Labille-Guiard, si bien la presente obra se distingue por una mayor sobriedad y contención expresiva, propia de un ámbito más íntimo y menos cortesano.
El fondo oscuro y uniforme, tratado mediante finas veladuras, elimina cualquier elemento accesorio para centrar la atención en la fisonomía y en la actitud meditativa de la retratada. La pincelada es minuciosa, contenida y precisa, sin empastes visibles, evidenciando una técnica académica bien dominada. La composición, austera y equilibrada, refleja el ideal moralizante del retrato francés tardío del siglo XVIII, donde la virtud y la serenidad interior prevalecen sobre la ostentación o el ornamento.
La obra presenta restauraciones y repintes localizados, principalmente en áreas secundarias del fondo y en el tejido del chal, que no afectan al rostro ni a los elementos esenciales de la composición. La superficie pictórica se encuentra estable, con barniz homogéneo y pátina acorde a su antigüedad.
El conjunto se presenta enmarcado con un marco moderno, de líneas sobrias, que realza el contraste entre la luminosidad del rostro y el fondo oscuro sin interferir con la lectura estética de la pintura.
Por su factura, calidad técnica y equilibrio expresivo, este retrato puede adscribirse a la escuela francesa de finales del siglo XVIII, en el entorno de los retratistas neoclásicos influidos por David y Greuze, que supieron conciliar la severidad clásica con la ternura emocional y el gusto moral de la Ilustración. Se trata de una obra de notable nivel artístico, ejemplo refinado de la transición entre el retrato cortesano y el retrato burgués temprano, y una valiosa muestra del espíritu neoclásico en su vertiente más humana y contenida.
Procede de colección particular europea.
El vendedor y su historia
Retrato femenino de exquisita factura, representativo de la pintura francesa de finales del siglo XVIII, ejecutado por un artista de sólida formación académica, próximo al círculo neoclásico posterior a la escuela de Jacques-Louis David. La composición, de medio cuerpo y fondo neutro, muestra a una mujer de edad madura en actitud recogida, sosteniendo un pequeño libro de oraciones decorado con una cruz dorada, símbolo de piedad, virtud y recogimiento interior.
El tratamiento de la figura revela un dominio magistral del dibujo y del modelado lumínico. El rostro, suavemente iluminado desde el lateral izquierdo, presenta una gradación impecable entre luces y sombras, con una paleta contenida de ocres, sienas y carmines que confiere a la piel una sensación de transparencia y vida. El artista logra transmitir serenidad y profundidad psicológica sin recurrir a la idealización, situando esta obra en la tradición del retrato moral y doméstico que caracterizó la pintura francesa en el ocaso del Antiguo Régimen.
La indumentaria —coiffe de encaje estructurada, chal oscuro con bordados vegetales y un pequeño broche en el pecho— responde al gusto de las décadas de 1780 a 1800, en plena transición entre el estilo Luis XVI y el Directorio. Este tipo de tocado y vestimenta, asociados a la respetabilidad burguesa y a la devoción femenina, se documentan en retratos contemporáneos de Jean-Baptiste Greuze, Joseph Duplessis y Adélaïde Labille-Guiard, si bien la presente obra se distingue por una mayor sobriedad y contención expresiva, propia de un ámbito más íntimo y menos cortesano.
El fondo oscuro y uniforme, tratado mediante finas veladuras, elimina cualquier elemento accesorio para centrar la atención en la fisonomía y en la actitud meditativa de la retratada. La pincelada es minuciosa, contenida y precisa, sin empastes visibles, evidenciando una técnica académica bien dominada. La composición, austera y equilibrada, refleja el ideal moralizante del retrato francés tardío del siglo XVIII, donde la virtud y la serenidad interior prevalecen sobre la ostentación o el ornamento.
La obra presenta restauraciones y repintes localizados, principalmente en áreas secundarias del fondo y en el tejido del chal, que no afectan al rostro ni a los elementos esenciales de la composición. La superficie pictórica se encuentra estable, con barniz homogéneo y pátina acorde a su antigüedad.
El conjunto se presenta enmarcado con un marco moderno, de líneas sobrias, que realza el contraste entre la luminosidad del rostro y el fondo oscuro sin interferir con la lectura estética de la pintura.
Por su factura, calidad técnica y equilibrio expresivo, este retrato puede adscribirse a la escuela francesa de finales del siglo XVIII, en el entorno de los retratistas neoclásicos influidos por David y Greuze, que supieron conciliar la severidad clásica con la ternura emocional y el gusto moral de la Ilustración. Se trata de una obra de notable nivel artístico, ejemplo refinado de la transición entre el retrato cortesano y el retrato burgués temprano, y una valiosa muestra del espíritu neoclásico en su vertiente más humana y contenida.
Procede de colección particular europea.

