Hervé Guibert - Photographies - 1993





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Hervé Guibert Photographies, primera edición francesa publicada por Gallimard - NRF en 1993, 132 páginas, 29 x 24 cm, tapa dura con sobrecubierta ilustrada, en excelente estado.
Descripción del vendedor
Rarísimo ejemplar de este libro de fotografías de Hervé Guibert editado póstumamente en 1993. 132 páginas y más de un centenar de fotografías en blanco y negro, Muy bella encuadernación de tela negra, con el título impreso en hueco tono sobre tono en la cubierta y en caracteres blancos en la contraportada, sobrecubierta ilustrada. En excelente estado, prácticamente como nuevo.
Hervé Guibert (1955–1991), escritor, fotógrafo, crítico de fotografía en el diario Le Monde a los 22 años, murió de sida a los 36. En 2011, la Maison européenne de la photographie organizó la primera gran retrospectiva de la obra fotográfica de Hervé Guibert, titulada "Sus fotografías, a la vez minimalistas y conmovedoras, tejen una poesía visual única, donde lo íntimo se mezcla con lo universal. En su obra, lo visible convive con lo invisible, y cada sombra." La obra de Guibert, aunque profundamente personal, explora temas universales como el amor, la soledad, la enfermedad y la muerte. Diagnosticado seropositivo en 1988, utilizó su arte para expresar su lucha y sus reflexiones sobre la condición humana. Hervé Guibert, escritor, fotógrafo y testigo sensible de su época, convirtió cada toma en una ventana a su mundo interior. Sus fotografías, a la vez minimalistas y conmovedoras, tejen una poesía visual única, donde lo íntimo se mezcla con lo universal. En su obra, lo visible convive con lo invisible, y cada sombra se convierte en una invitación a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia. El trabajo de Guibert se inscribe en una corriente que valora la imperfección y lo efímero. Encontraba belleza en detalles simples: una mesa desgastada, una sombra suave o una arruga marcada. Guibert no buscaba impresionar. Invitaba a contemplar. Sus fotografías llaman a una reflexión silenciosa, casi meditativa, donde cada espectador encuentra un eco de sus propias experiencias. Su elección por el blanco y negro refleja una filosofía más que una estética. La luz suave, los encuadres sobrios y los detalles minuciosos otorgan a sus obras una profundidad meditativa. Guibert no buscaba artificios. Revelaba una verdad cruda y a menudo conmovedora a través de su objetivo.
En Guibert, la vida y la obra siempre han estado entrelazadas. Tanto el “yo” fue su materia prima, su terreno de experimentación. Forzosamente, entre estas fotos en blanco y negro, bañadas de luces delicadas, abundan los autorretratos. Pero Hervé Guibert se escurre más de lo que se entrega: la mirada grave se aparta, la silueta suele estar borrosa. Son sus otras imágenes las que hablan más de él. Del escritor tal como se ve a sí mismo, con una mesa de trabajo, una máquina de escribir, una biblioteca. Y del soñador romántico que es: libros abiertos, canicas translúcidas, flores, muñecas conforman un universo melancólico, donde los objetos están cargados de símbolos a menudo morbosos. De una sábana demasiado blanca, de una mosquitera, Guibert se deleita en hacer un sudario con acentos prerrompedores. Pero la gran pregunta que atraviesa toda la obra fotográfica de Guibert es la de la intimidad. Con sus clichés, a veces tomados en el acto, a veces montados, habla de su universo, de su vida cotidiana, de su entorno y de sus relaciones, con una fuerte carga afectiva y nostálgica. Son therefore lugares (las calles de Vaugirard, Moulin Vert, Raymond-Losserand, Santa Catarina, la casa de la isla de Elba), apartamentos, habitaciones, camas, sillones, bibliotecas, mesas de trabajo, tantos lugares habitados e impresos en la película. Objetos cotidianos, pluma Mont-Blanc, vieja máquina de escribir Royal, cuadros, libros, flores, se convierten en héroes de naturalezas muertas personales, momentos suspendidos entre lo íntimo y lo universal Pero también son cuerpos y rostros. Padres, amigos, amantes, que ante el objetivo se convierten en personajes. Al azar de las instantáneas, se cruzan rostros conocidos: Isabelle Adjani, con quien mantuvo una relación privilegiada, el filósofo Michel Foucault, que jugó un gran papel en su vida, el fotógrafo Hans-Georg Berger, el cineasta Orson Welles o la directora Patrice Chéreau, con quien trabajó. Pero también rostros desconocidos, que resuenan sentimentalmente con su obra literaria: Thierry, el T. de sus novelas, el amor de su vida conocido en 1976, o Vincent, un adolescente de unos quince años que le fascina, origen de su novela Fou de Vincent, y muchos otros amantes, fotografiados antes o después del amor. A semejanza de su obra literaria de la que es el sujeto principal, el autorretrato recorre también la obra fotográfica de Guibert. Con delicadeza y narcisismo, él que quiso a través de la creación sublimar su existencia, se pone en escena, hasta los primeros signos de la enfermedad, en composiciones hechas de luces y sombras, de sombras y rayos de sol, signo de un verdadero sentido de la luz. A través de este recorrido fotográfico emotivo y fascinante, espejo de la obra literaria de Guibert, se descubre una especie de diario íntimo en imágenes, que, lejos de toda búsqueda artística o formal, capta instantes de realidad. ( Claire Guillot Le Monde 09 mars 2011)
Ejemplar en excelente estado, prácticamente como nuevo. Libro de mi colección personal, conservado con el mayor cuidado. Envío protegido con embalaje reforzado y seguimiento postal internacional garantizado. En caso de compras múltiples, posibilidad de envío conjunto con el reembolso de los gastos postales pagados de más a través de PayPal.
1,1 kg sin embalaje
Rarísimo ejemplar de este libro de fotografías de Hervé Guibert editado póstumamente en 1993. 132 páginas y más de un centenar de fotografías en blanco y negro, Muy bella encuadernación de tela negra, con el título impreso en hueco tono sobre tono en la cubierta y en caracteres blancos en la contraportada, sobrecubierta ilustrada. En excelente estado, prácticamente como nuevo.
Hervé Guibert (1955–1991), escritor, fotógrafo, crítico de fotografía en el diario Le Monde a los 22 años, murió de sida a los 36. En 2011, la Maison européenne de la photographie organizó la primera gran retrospectiva de la obra fotográfica de Hervé Guibert, titulada "Sus fotografías, a la vez minimalistas y conmovedoras, tejen una poesía visual única, donde lo íntimo se mezcla con lo universal. En su obra, lo visible convive con lo invisible, y cada sombra." La obra de Guibert, aunque profundamente personal, explora temas universales como el amor, la soledad, la enfermedad y la muerte. Diagnosticado seropositivo en 1988, utilizó su arte para expresar su lucha y sus reflexiones sobre la condición humana. Hervé Guibert, escritor, fotógrafo y testigo sensible de su época, convirtió cada toma en una ventana a su mundo interior. Sus fotografías, a la vez minimalistas y conmovedoras, tejen una poesía visual única, donde lo íntimo se mezcla con lo universal. En su obra, lo visible convive con lo invisible, y cada sombra se convierte en una invitación a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia. El trabajo de Guibert se inscribe en una corriente que valora la imperfección y lo efímero. Encontraba belleza en detalles simples: una mesa desgastada, una sombra suave o una arruga marcada. Guibert no buscaba impresionar. Invitaba a contemplar. Sus fotografías llaman a una reflexión silenciosa, casi meditativa, donde cada espectador encuentra un eco de sus propias experiencias. Su elección por el blanco y negro refleja una filosofía más que una estética. La luz suave, los encuadres sobrios y los detalles minuciosos otorgan a sus obras una profundidad meditativa. Guibert no buscaba artificios. Revelaba una verdad cruda y a menudo conmovedora a través de su objetivo.
En Guibert, la vida y la obra siempre han estado entrelazadas. Tanto el “yo” fue su materia prima, su terreno de experimentación. Forzosamente, entre estas fotos en blanco y negro, bañadas de luces delicadas, abundan los autorretratos. Pero Hervé Guibert se escurre más de lo que se entrega: la mirada grave se aparta, la silueta suele estar borrosa. Son sus otras imágenes las que hablan más de él. Del escritor tal como se ve a sí mismo, con una mesa de trabajo, una máquina de escribir, una biblioteca. Y del soñador romántico que es: libros abiertos, canicas translúcidas, flores, muñecas conforman un universo melancólico, donde los objetos están cargados de símbolos a menudo morbosos. De una sábana demasiado blanca, de una mosquitera, Guibert se deleita en hacer un sudario con acentos prerrompedores. Pero la gran pregunta que atraviesa toda la obra fotográfica de Guibert es la de la intimidad. Con sus clichés, a veces tomados en el acto, a veces montados, habla de su universo, de su vida cotidiana, de su entorno y de sus relaciones, con una fuerte carga afectiva y nostálgica. Son therefore lugares (las calles de Vaugirard, Moulin Vert, Raymond-Losserand, Santa Catarina, la casa de la isla de Elba), apartamentos, habitaciones, camas, sillones, bibliotecas, mesas de trabajo, tantos lugares habitados e impresos en la película. Objetos cotidianos, pluma Mont-Blanc, vieja máquina de escribir Royal, cuadros, libros, flores, se convierten en héroes de naturalezas muertas personales, momentos suspendidos entre lo íntimo y lo universal Pero también son cuerpos y rostros. Padres, amigos, amantes, que ante el objetivo se convierten en personajes. Al azar de las instantáneas, se cruzan rostros conocidos: Isabelle Adjani, con quien mantuvo una relación privilegiada, el filósofo Michel Foucault, que jugó un gran papel en su vida, el fotógrafo Hans-Georg Berger, el cineasta Orson Welles o la directora Patrice Chéreau, con quien trabajó. Pero también rostros desconocidos, que resuenan sentimentalmente con su obra literaria: Thierry, el T. de sus novelas, el amor de su vida conocido en 1976, o Vincent, un adolescente de unos quince años que le fascina, origen de su novela Fou de Vincent, y muchos otros amantes, fotografiados antes o después del amor. A semejanza de su obra literaria de la que es el sujeto principal, el autorretrato recorre también la obra fotográfica de Guibert. Con delicadeza y narcisismo, él que quiso a través de la creación sublimar su existencia, se pone en escena, hasta los primeros signos de la enfermedad, en composiciones hechas de luces y sombras, de sombras y rayos de sol, signo de un verdadero sentido de la luz. A través de este recorrido fotográfico emotivo y fascinante, espejo de la obra literaria de Guibert, se descubre una especie de diario íntimo en imágenes, que, lejos de toda búsqueda artística o formal, capta instantes de realidad. ( Claire Guillot Le Monde 09 mars 2011)
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