Mateo Orduña Castellano (1915-1989) - Bodegón





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Pintura al óleo titulada Bodegón de Mateo Orduña Castellano (1915-1989), fechada en 1953, bodegón español multicolor, 90 cm de alto por 120 cm de ancho, original, firmado, en buen estado y con marco.
Descripción del vendedor
Nació en una aldea del municipio de Almoster la Real (Huelva), en el seno de una familia de recursos modestos. Becado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, se trasladó en 1932 a Huelva para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Huelva, dirigida por el pintor malagueño José Fernández Alvarado, a la sazón director del Museo de Bellas Artes de la ciudad. Con el fallecimiento de Fernández Alvarado, en 1935, se perdió también la Academia y las ilusiones del joven Orduña, pese a los esfuerzos de continuidad de Brunt, hasta 1936, y posteriormente, de Pedro Gómez y Enrique García Orta. A partir de entonces, Orduña sorteó la vida ante los acontecimientos dramáticos que ensombrecían España. Al finalizar la Guerra Civil y tras abandonar la vida de oficinista, se dedicó profesionalmente a la pintura.
En 1942 obtuvo los primeros frutos en la exposición de Arte y Descanso, alcanzando el primer premio. A partir de 1944 expuso en Huelva, Sevilla, Bilbao y Huesca: Orduña abandonó el rigor de la pintura de corte clásico, de aires setentistas, austera, así como su devoción por las enseñanzas realistas de su maestro Fernández Alvarado, para sumergirse en la libertad impresionista, en la línea de Sorolla.
La idea de viajar, de conquistar mundos y de conocer —cuestión nada fácil en la Huelva de la posguerra— desembocó en un período corto pero intenso de búsquedas constantes, de definición humana y artística. Entre 1949 y 1953 Orduña definió su significado pictórico a través de un espectáculo vibrante de luz y color, matriz de su obra, y de una gran fuerza expresiva con claro recuerdo al último Goya.
Durante veinte años, período que se extiende desde 1954 hasta 1974, se configuró su obra madura, de sello propio. Tras exponer en Gijón, Madrid, Tánger, Tetuán, Gibraltar, Jerez, Sevilla y Barcelona, con un gran éxito de crítica y público, Orduña regresó a Huelva con la vitola de gran pintor, y con ello, con el consiguiente reconocimiento de su sociedad, lo que le ayudó a ser considerado como el “pintor de Huelva”, por encima de nombres como Pedro Gómez, García Vázquez, Labrador, Vázquez Díaz o Caballero.
Viajó a Suiza, donde conoció la obra de Vieira da Silva y Nicolas Staël, y a Italia, país que en el que residió durante varios meses. En 1965 marchó a Nueva York, y no regresó hasta 1968, tras un breve paréntesis expositivo en Puerto Rico. Este extenso período se caracterizó por una interiorización personal a la hora de juzgar y ver la naturaleza y los hombres, donde todo quedaba presidido por una composición agresiva, áspera y febril, a la vez que muy elegante, de nítida evolución expresionista, que lindaba en algunos momentos con la abstracción.
A partir de 1973 su producción se llenó de hondura y quietud, y abandonó las inquietudes plásticas y vitales de antaño. En estos momentos se evidencia la influencia del Cézanne y del Vázquez Díaz más concretos, aunque en momentos determinados, el pintor onubense busca nuevas inquietudes plásticas que van desde el realismo poético sevillano hasta un meta-realismo surrealista.
Con su fallecimiento, el arte de Huelva perdió a su pintor quizá más inquieto e impredecible. Tradujo casi todos los lenguajes plásticos de la primera mitad del siglo xx sin que tuviera que lesionar la representación de los objetos y sus personales huellas coloristas y compositivas.
Nació en una aldea del municipio de Almoster la Real (Huelva), en el seno de una familia de recursos modestos. Becado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, se trasladó en 1932 a Huelva para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Huelva, dirigida por el pintor malagueño José Fernández Alvarado, a la sazón director del Museo de Bellas Artes de la ciudad. Con el fallecimiento de Fernández Alvarado, en 1935, se perdió también la Academia y las ilusiones del joven Orduña, pese a los esfuerzos de continuidad de Brunt, hasta 1936, y posteriormente, de Pedro Gómez y Enrique García Orta. A partir de entonces, Orduña sorteó la vida ante los acontecimientos dramáticos que ensombrecían España. Al finalizar la Guerra Civil y tras abandonar la vida de oficinista, se dedicó profesionalmente a la pintura.
En 1942 obtuvo los primeros frutos en la exposición de Arte y Descanso, alcanzando el primer premio. A partir de 1944 expuso en Huelva, Sevilla, Bilbao y Huesca: Orduña abandonó el rigor de la pintura de corte clásico, de aires setentistas, austera, así como su devoción por las enseñanzas realistas de su maestro Fernández Alvarado, para sumergirse en la libertad impresionista, en la línea de Sorolla.
La idea de viajar, de conquistar mundos y de conocer —cuestión nada fácil en la Huelva de la posguerra— desembocó en un período corto pero intenso de búsquedas constantes, de definición humana y artística. Entre 1949 y 1953 Orduña definió su significado pictórico a través de un espectáculo vibrante de luz y color, matriz de su obra, y de una gran fuerza expresiva con claro recuerdo al último Goya.
Durante veinte años, período que se extiende desde 1954 hasta 1974, se configuró su obra madura, de sello propio. Tras exponer en Gijón, Madrid, Tánger, Tetuán, Gibraltar, Jerez, Sevilla y Barcelona, con un gran éxito de crítica y público, Orduña regresó a Huelva con la vitola de gran pintor, y con ello, con el consiguiente reconocimiento de su sociedad, lo que le ayudó a ser considerado como el “pintor de Huelva”, por encima de nombres como Pedro Gómez, García Vázquez, Labrador, Vázquez Díaz o Caballero.
Viajó a Suiza, donde conoció la obra de Vieira da Silva y Nicolas Staël, y a Italia, país que en el que residió durante varios meses. En 1965 marchó a Nueva York, y no regresó hasta 1968, tras un breve paréntesis expositivo en Puerto Rico. Este extenso período se caracterizó por una interiorización personal a la hora de juzgar y ver la naturaleza y los hombres, donde todo quedaba presidido por una composición agresiva, áspera y febril, a la vez que muy elegante, de nítida evolución expresionista, que lindaba en algunos momentos con la abstracción.
A partir de 1973 su producción se llenó de hondura y quietud, y abandonó las inquietudes plásticas y vitales de antaño. En estos momentos se evidencia la influencia del Cézanne y del Vázquez Díaz más concretos, aunque en momentos determinados, el pintor onubense busca nuevas inquietudes plásticas que van desde el realismo poético sevillano hasta un meta-realismo surrealista.
Con su fallecimiento, el arte de Huelva perdió a su pintor quizá más inquieto e impredecible. Tradujo casi todos los lenguajes plásticos de la primera mitad del siglo xx sin que tuviera que lesionar la representación de los objetos y sus personales huellas coloristas y compositivas.

