Miquel Torner de Semir (1938) - La dama






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La dama de Miquel Torner de Semir (1938), original, técnica mixta, procedencia España, vendida con marco, firmada a mano, dimensiones con marco 51 × 51 × 6 cm y sin marco 24 × 24 cm, Galería.
Descripción del vendedor
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Miquel Torner de Semir, que representa a una elegante mujer de perfil, envuelta en intensos colores y coronada por un gran tocado rojizo, cuya mirada distante transmite serenidad, misterio e introspección. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones con marco: 51x51x6 cm.
· Dimensiones sin marco: 24x24 cm.
· Técnica mixta firmada a mano por el artista en la parte inferior derecha.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
· La obra se vende con precioso marco (incluido en la subasta como regalo).
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos, GLS o NACEX con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta el retrato de perfil de una figura femenina cuya presencia serena ocupa el centro de una composición dominada por el color, la línea y una delicada sensación de introspección. La mujer dirige la mirada hacia la derecha, ajena aparentemente al espectador, mientras su silueta se recorta con claridad sobre un fondo de tonalidades suaves y cambiantes. La sencillez del gesto, la elegancia del cuello y la pureza del contorno conceden a la imagen una belleza íntima, silenciosa y profundamente evocadora.
El rostro constituye el principal núcleo expresivo de la obra. Representado de perfil, muestra una frente amplia, una nariz fina y recta, unos labios delicadamente definidos y una barbilla suavemente redondeada. El contorno oscuro que delimita estas facciones permite que la figura destaque sobre el fondo sin necesidad de recurrir a una descripción excesivamente detallada. La economía de las líneas aporta modernidad y elegancia, mientras que la armonía de las proporciones transmite una impresión de calma y equilibrio interior.
Especialmente significativa resulta la mirada de la protagonista. El ojo, cuidadosamente destacado, parece concentrarse en un punto lejano situado fuera de la composición. No es una mirada dirigida hacia el público, sino una expresión reservada que invita a imaginar los pensamientos, recuerdos o emociones de la mujer. Esta orientación hacia un espacio invisible amplía simbólicamente la escena y convierte el retrato en una imagen abierta, capaz de sugerir espera, contemplación, nostalgia o ensueño.
El cabello está recogido en la parte posterior de la cabeza mediante una estructura compleja y ornamental. Las líneas curvas y los pequeños detalles que rodean la oreja evocan un peinado elaborado, posiblemente sujeto por una cinta, una peineta o un adorno discreto. Esta zona introduce una riqueza gráfica que contrasta con la simplicidad general del rostro. La combinación entre volúmenes azulados, contornos negros y formas repetidas otorga al peinado una presencia casi escultórica.
Desde la parte superior del cabello surge una gran forma rojiza y anaranjada que se extiende hacia la izquierda, ocupando buena parte de la zona superior de la composición. Puede interpretarse como un tocado, una tela, una flor de grandes dimensiones o una prolongación simbólica del pensamiento de la figura. Su forma irregular y expansiva aporta energía y dramatismo, equilibrando la quietud del perfil femenino con una presencia cromática intensa y llena de movimiento.
Dentro de esta gran zona cálida aparecen manchas rojas más profundas que enriquecen su volumen y generan distintos centros de intensidad. Los rojos, corales y anaranjados transmiten vitalidad, pasión y fuerza emocional, mientras que sus límites abiertos permiten que la forma se mezcle visualmente con el espacio circundante. Esta expansión cromática podría entenderse como una manifestación exterior de la vida interior de la protagonista, como si sus emociones se desplegaran silenciosamente detrás de ella.
En contraste con esos colores cálidos, la parte superior y central incorpora azules profundos, violetas, grises y delicados matices verdosos. Estas tonalidades frías envuelven la cabeza y aportan una sensación de profundidad, misterio y recogimiento. El azul intenso situado sobre el rostro parece actuar como una sombra o como una prolongación del cabello, estableciendo un hermoso contraste con los tonos rojizos que dominan el lado izquierdo.
El rostro no aparece cubierto por un único color uniforme, sino atravesado por transparencias visuales y delicadas variaciones de rosa, malva, azul, verde y beige. Estas tonalidades se funden entre sí y conceden a la piel una apariencia cambiante, sensible y casi etérea. Más que describir únicamente la apariencia física de la mujer, el color parece revelar diferentes estados de ánimo, convirtiendo su rostro en un territorio emocional lleno de matices.
La mejilla reúne buena parte de esta riqueza cromática. Los rosas suaves se mezclan con violetas y azules, sugiriendo una iluminación interior más que una luz natural claramente definida. Este juego de colores aporta profundidad sin endurecer las facciones y refuerza la delicadeza del retrato. La protagonista parece encontrarse suspendida entre la realidad y el recuerdo, como una figura surgida de un sueño o de una evocación lejana.
Los labios, discretamente teñidos de rojo, introducen un pequeño punto de intensidad dentro del rostro. Su forma cerrada y tranquila refuerza el silencio de la figura, que parece guardar para sí aquello que piensa o siente. Este detalle, unido a la dirección de la mirada, construye una personalidad reservada y enigmática. La expresión no resulta triste ni alegre de manera evidente, sino que permanece en una ambigüedad emocional muy atractiva.
La línea del cuello adquiere una importancia fundamental en la composición. Su curva larga y elegante desciende desde la mandíbula y se prolonga hacia los hombros, creando una sensación de refinamiento y ligereza. El cuello funciona como un puente visual entre el rostro y la parte inferior de la imagen, mientras que el contorno oscuro organiza la figura con gran claridad. Esta prolongación estilizada aporta una cualidad noble y atemporal a la protagonista.
En la zona inferior aparece una prenda de tonos rojizos, rosados y anaranjados que cubre los hombros y la parte superior del torso. Su color dialoga directamente con la gran forma cálida situada detrás de la cabeza, estableciendo una continuidad visual entre la vestimenta y el posible tocado. Los contornos amplios y curvos de la prenda refuerzan la suavidad general de la figura y aportan estabilidad a la composición.
El fondo se construye mediante una sucesión de colores tenues que rodean el perfil sin definir un espacio concreto. Verdes pálidos, azules grisáceos, blancos velados, rosas y tonos terrosos se distribuyen de forma irregular, creando una atmósfera indefinida y poética. La ausencia de elementos arquitectónicos o paisajísticos concentra toda la atención en la mujer y permite que la figura exista en un espacio más emocional que físico.
Esta indeterminación del entorno concede al retrato una dimensión universal. La protagonista no pertenece claramente a una época, un lugar o una situación específica, por lo que puede ser interpretada como una imagen simbólica de la feminidad, la memoria o la contemplación. Sus rasgos estilizados y su actitud recogida permiten imaginar múltiples historias: podría estar esperando a alguien, recordando un momento pasado o simplemente observando en silencio aquello que queda fuera de nuestra vista.
La composición encuentra su equilibrio en la oposición entre quietud y movimiento. La línea del perfil es limpia, estable y contenida, mientras que las manchas cromáticas del fondo y del tocado se expanden con mayor libertad. Esta convivencia genera una tensión visual delicada: el rostro permanece sereno, pero todo cuanto lo rodea parece vibrar y transformarse. Así, la imagen comunica simultáneamente calma exterior e intensidad interior.
También existe un interesante diálogo entre lo definido y lo sugerido. Algunas partes, como el ojo, la nariz, los labios, la oreja y el contorno del peinado, aparecen claramente delineadas, mientras que otras se disuelven en zonas de color. Esta alternancia permite reconocer inmediatamente a la figura y, al mismo tiempo, deja espacio para la imaginación. El espectador puede completar mentalmente aquello que la composición solo insinúa.
La fuerza decorativa de la obra nace de su armoniosa distribución cromática. Los rojos y naranjas aportan calidez y energía; los azules y violetas introducen serenidad y profundidad; los verdes suaves equilibran el conjunto; y los tonos terrosos crean una base acogedora. Aunque la variedad de colores es amplia, todos ellos se relacionan mediante transiciones delicadas que evitan cualquier sensación de ruptura.
La mujer adquiere así una presencia majestuosa sin necesidad de gestos grandilocuentes. Su belleza reside en la serenidad, en la elegancia del perfil y en el misterio de una mirada que se dirige más allá de la escena. El gran tocado y la riqueza del color elevan el retrato por encima de una representación cotidiana, convirtiendo a la protagonista en una figura casi alegórica, asociada a la sensibilidad, la imaginación y la fortaleza interior.
En conjunto, este precioso cuadro ofrece un retrato femenino lleno de elegancia, sensibilidad y misterio, en el que una mujer de perfil contempla silenciosamente un espacio situado más allá de la composición. La delicadeza de sus facciones, el refinamiento del peinado, la intensidad del gran tocado rojizo y la envolvente combinación de azules, rosas, verdes y violetas crean una imagen poética y profundamente expresiva. La obra transmite una fascinante unión entre serenidad exterior y riqueza emocional, convirtiendo a la protagonista en una presencia atemporal que parece habitar entre el recuerdo, el sueño y la contemplación.
El vendedor y su historia
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Miquel Torner de Semir, que representa a una elegante mujer de perfil, envuelta en intensos colores y coronada por un gran tocado rojizo, cuya mirada distante transmite serenidad, misterio e introspección. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones con marco: 51x51x6 cm.
· Dimensiones sin marco: 24x24 cm.
· Técnica mixta firmada a mano por el artista en la parte inferior derecha.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
· La obra se vende con precioso marco (incluido en la subasta como regalo).
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos, GLS o NACEX con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta el retrato de perfil de una figura femenina cuya presencia serena ocupa el centro de una composición dominada por el color, la línea y una delicada sensación de introspección. La mujer dirige la mirada hacia la derecha, ajena aparentemente al espectador, mientras su silueta se recorta con claridad sobre un fondo de tonalidades suaves y cambiantes. La sencillez del gesto, la elegancia del cuello y la pureza del contorno conceden a la imagen una belleza íntima, silenciosa y profundamente evocadora.
El rostro constituye el principal núcleo expresivo de la obra. Representado de perfil, muestra una frente amplia, una nariz fina y recta, unos labios delicadamente definidos y una barbilla suavemente redondeada. El contorno oscuro que delimita estas facciones permite que la figura destaque sobre el fondo sin necesidad de recurrir a una descripción excesivamente detallada. La economía de las líneas aporta modernidad y elegancia, mientras que la armonía de las proporciones transmite una impresión de calma y equilibrio interior.
Especialmente significativa resulta la mirada de la protagonista. El ojo, cuidadosamente destacado, parece concentrarse en un punto lejano situado fuera de la composición. No es una mirada dirigida hacia el público, sino una expresión reservada que invita a imaginar los pensamientos, recuerdos o emociones de la mujer. Esta orientación hacia un espacio invisible amplía simbólicamente la escena y convierte el retrato en una imagen abierta, capaz de sugerir espera, contemplación, nostalgia o ensueño.
El cabello está recogido en la parte posterior de la cabeza mediante una estructura compleja y ornamental. Las líneas curvas y los pequeños detalles que rodean la oreja evocan un peinado elaborado, posiblemente sujeto por una cinta, una peineta o un adorno discreto. Esta zona introduce una riqueza gráfica que contrasta con la simplicidad general del rostro. La combinación entre volúmenes azulados, contornos negros y formas repetidas otorga al peinado una presencia casi escultórica.
Desde la parte superior del cabello surge una gran forma rojiza y anaranjada que se extiende hacia la izquierda, ocupando buena parte de la zona superior de la composición. Puede interpretarse como un tocado, una tela, una flor de grandes dimensiones o una prolongación simbólica del pensamiento de la figura. Su forma irregular y expansiva aporta energía y dramatismo, equilibrando la quietud del perfil femenino con una presencia cromática intensa y llena de movimiento.
Dentro de esta gran zona cálida aparecen manchas rojas más profundas que enriquecen su volumen y generan distintos centros de intensidad. Los rojos, corales y anaranjados transmiten vitalidad, pasión y fuerza emocional, mientras que sus límites abiertos permiten que la forma se mezcle visualmente con el espacio circundante. Esta expansión cromática podría entenderse como una manifestación exterior de la vida interior de la protagonista, como si sus emociones se desplegaran silenciosamente detrás de ella.
En contraste con esos colores cálidos, la parte superior y central incorpora azules profundos, violetas, grises y delicados matices verdosos. Estas tonalidades frías envuelven la cabeza y aportan una sensación de profundidad, misterio y recogimiento. El azul intenso situado sobre el rostro parece actuar como una sombra o como una prolongación del cabello, estableciendo un hermoso contraste con los tonos rojizos que dominan el lado izquierdo.
El rostro no aparece cubierto por un único color uniforme, sino atravesado por transparencias visuales y delicadas variaciones de rosa, malva, azul, verde y beige. Estas tonalidades se funden entre sí y conceden a la piel una apariencia cambiante, sensible y casi etérea. Más que describir únicamente la apariencia física de la mujer, el color parece revelar diferentes estados de ánimo, convirtiendo su rostro en un territorio emocional lleno de matices.
La mejilla reúne buena parte de esta riqueza cromática. Los rosas suaves se mezclan con violetas y azules, sugiriendo una iluminación interior más que una luz natural claramente definida. Este juego de colores aporta profundidad sin endurecer las facciones y refuerza la delicadeza del retrato. La protagonista parece encontrarse suspendida entre la realidad y el recuerdo, como una figura surgida de un sueño o de una evocación lejana.
Los labios, discretamente teñidos de rojo, introducen un pequeño punto de intensidad dentro del rostro. Su forma cerrada y tranquila refuerza el silencio de la figura, que parece guardar para sí aquello que piensa o siente. Este detalle, unido a la dirección de la mirada, construye una personalidad reservada y enigmática. La expresión no resulta triste ni alegre de manera evidente, sino que permanece en una ambigüedad emocional muy atractiva.
La línea del cuello adquiere una importancia fundamental en la composición. Su curva larga y elegante desciende desde la mandíbula y se prolonga hacia los hombros, creando una sensación de refinamiento y ligereza. El cuello funciona como un puente visual entre el rostro y la parte inferior de la imagen, mientras que el contorno oscuro organiza la figura con gran claridad. Esta prolongación estilizada aporta una cualidad noble y atemporal a la protagonista.
En la zona inferior aparece una prenda de tonos rojizos, rosados y anaranjados que cubre los hombros y la parte superior del torso. Su color dialoga directamente con la gran forma cálida situada detrás de la cabeza, estableciendo una continuidad visual entre la vestimenta y el posible tocado. Los contornos amplios y curvos de la prenda refuerzan la suavidad general de la figura y aportan estabilidad a la composición.
El fondo se construye mediante una sucesión de colores tenues que rodean el perfil sin definir un espacio concreto. Verdes pálidos, azules grisáceos, blancos velados, rosas y tonos terrosos se distribuyen de forma irregular, creando una atmósfera indefinida y poética. La ausencia de elementos arquitectónicos o paisajísticos concentra toda la atención en la mujer y permite que la figura exista en un espacio más emocional que físico.
Esta indeterminación del entorno concede al retrato una dimensión universal. La protagonista no pertenece claramente a una época, un lugar o una situación específica, por lo que puede ser interpretada como una imagen simbólica de la feminidad, la memoria o la contemplación. Sus rasgos estilizados y su actitud recogida permiten imaginar múltiples historias: podría estar esperando a alguien, recordando un momento pasado o simplemente observando en silencio aquello que queda fuera de nuestra vista.
La composición encuentra su equilibrio en la oposición entre quietud y movimiento. La línea del perfil es limpia, estable y contenida, mientras que las manchas cromáticas del fondo y del tocado se expanden con mayor libertad. Esta convivencia genera una tensión visual delicada: el rostro permanece sereno, pero todo cuanto lo rodea parece vibrar y transformarse. Así, la imagen comunica simultáneamente calma exterior e intensidad interior.
También existe un interesante diálogo entre lo definido y lo sugerido. Algunas partes, como el ojo, la nariz, los labios, la oreja y el contorno del peinado, aparecen claramente delineadas, mientras que otras se disuelven en zonas de color. Esta alternancia permite reconocer inmediatamente a la figura y, al mismo tiempo, deja espacio para la imaginación. El espectador puede completar mentalmente aquello que la composición solo insinúa.
La fuerza decorativa de la obra nace de su armoniosa distribución cromática. Los rojos y naranjas aportan calidez y energía; los azules y violetas introducen serenidad y profundidad; los verdes suaves equilibran el conjunto; y los tonos terrosos crean una base acogedora. Aunque la variedad de colores es amplia, todos ellos se relacionan mediante transiciones delicadas que evitan cualquier sensación de ruptura.
La mujer adquiere así una presencia majestuosa sin necesidad de gestos grandilocuentes. Su belleza reside en la serenidad, en la elegancia del perfil y en el misterio de una mirada que se dirige más allá de la escena. El gran tocado y la riqueza del color elevan el retrato por encima de una representación cotidiana, convirtiendo a la protagonista en una figura casi alegórica, asociada a la sensibilidad, la imaginación y la fortaleza interior.
En conjunto, este precioso cuadro ofrece un retrato femenino lleno de elegancia, sensibilidad y misterio, en el que una mujer de perfil contempla silenciosamente un espacio situado más allá de la composición. La delicadeza de sus facciones, el refinamiento del peinado, la intensidad del gran tocado rojizo y la envolvente combinación de azules, rosas, verdes y violetas crean una imagen poética y profundamente expresiva. La obra transmite una fascinante unión entre serenidad exterior y riqueza emocional, convirtiendo a la protagonista en una presencia atemporal que parece habitar entre el recuerdo, el sueño y la contemplación.
