Damià Torres (1921) - El campo dorado






Más de 30 años de experiencia como marchante, tasador y restaurador de arte.
Protección del Comprador de Catawiki
Tu pago está protegido con nosotros hasta que recibas tu objeto.Ver detalles
Trustpilot 4.4 | 140355 valoraciones
Valoración Excelente en Trustpilot.
El campo dorado, óleo sobre lienzo de Damià Torres (1921), realizada entre 1970 y 1980 en España, 27 x 35 cm, firmada a mano y en buen estado.
Descripción del vendedor
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Damià Torres, que representa un extenso campo de cereal dorado que conduce hacia una pequeña población de tejados rojizos, situada al pie de grandes montañas envueltas en una atmósfera grisácea. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 27x35x1 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior izquierda.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX, utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
------------------------------------------------------------------
Este cuadro presenta un amplio campo de cereal dorado que se extiende desde el primer plano hasta una pequeña población situada al pie de unas imponentes montañas. La composición está dominada por la abundancia de espigas maduras, cuyos tonos ocres, marrones, amarillos y blancos crean una superficie cálida y vibrante. En la distancia, un conjunto de casas de tejados rojizos se agrupa alrededor de una elevada torre, mientras una masa de árboles oscuros cierra el paisaje por la derecha. El cielo grisáceo y el relieve envuelto en una ligera bruma conceden a la escena una atmósfera serena, silenciosa y profundamente evocadora.
El campo ocupa más de la mitad de la superficie y se convierte inmediatamente en el principal protagonista. Su gran extensión transmite fertilidad, abundancia y la sensación de encontrarnos en un momento avanzado del verano, cuando el cereal ha alcanzado la madurez y está preparado para la cosecha.
En el primer plano, las espigas aparecen representadas con gran riqueza cromática. Los marrones profundos se combinan con ocres, amarillos, cremas y pequeños reflejos blancos. Esta diversidad permite apreciar el movimiento y la densidad del cultivo sin que el terreno resulte uniforme.
Las espigas se agrupan mediante formas curvas que se repiten a través de toda la zona inferior. Algunas se inclinan hacia la izquierda y otras hacia la derecha, como si una brisa suave recorriera el campo. Esta variedad de direcciones aporta ritmo y una intensa sensación de vida.
Los reflejos blancos y amarillentos distribuidos sobre las espigas sugieren la incidencia de una luz difusa. Aunque el cielo aparece cubierto, la claridad alcanza el cereal y hace que determinadas zonas destaquen sobre los tonos terrosos. El campo parece iluminarse desde su propio interior.
En la parte inferior se distinguen tallos más oscuros y verticales que proporcionan profundidad. Los verdes y amarillos que aparecen cerca de la base recuerdan que el cultivo conserva todavía algunas zonas frescas. Estos pequeños acentos contrastan con el predominio general de los colores secos.
La superficie del campo asciende suavemente hacia la línea del horizonte. Esta inclinación permite que la mirada avance desde las espigas cercanas hasta la población. No existe un camino claramente delimitado, de modo que el propio cultivo actúa como una gran vía visual hacia el fondo.
A medida que aumenta la distancia, las espigas se vuelven más pequeñas y se funden en amplias franjas doradas. Esta transición refuerza la perspectiva y permite percibir la enorme extensión del terreno. El primer plano es denso y detallado, mientras la zona media se vuelve más tranquila y abierta.
En algunos sectores aparecen manchas rosadas, violetas y verdosas que enriquecen la superficie. Estos colores pueden sugerir flores silvestres, sombras, hierbas o variaciones del suelo. Su presencia aporta variedad sin alterar la armonía general.
La amplitud del campo transmite una sensación de silencio. No aparecen trabajadores, animales ni maquinaria que interrumpan el paisaje. Todo parece detenido durante unos instantes, como si la naturaleza esperara el comienzo de la cosecha.
En la zona central se encuentra una pequeña población de carácter rural. Las casas forman una franja horizontal y parecen encontrarse estrechamente agrupadas. Su tamaño reducido frente al campo y las montañas subraya la inmensidad del territorio.
Las fachadas presentan blancos, grises, cremas y pequeños tonos rosados. Algunas construcciones reciben una luz más clara, mientras otras quedan parcialmente ocultas entre sombras verdes y azuladas. Esta alternancia permite distinguir los diferentes edificios.
Los tejados introducen rojos, marrones y naranjas que contrastan con el fondo gris de las montañas. La repetición de estas cubiertas cálidas unifica el núcleo urbano y le concede una presencia acogedora. Las casas parecen protegidas entre el campo y el relieve.
En el centro destaca una elevada torre de tonalidades marrones, rojizas y grisáceas. Su estructura vertical se alza claramente sobre los tejados y se convierte en el principal punto arquitectónico. Podría corresponder a un campanario o a una construcción histórica vinculada a la identidad de la localidad.
La torre funciona como punto de orientación dentro de la composición. Su silueta interrumpe la horizontalidad del pueblo y conduce la mirada hacia las montañas. A pesar de su pequeño tamaño, adquiere una gran importancia por su posición y su altura.
Las construcciones parecen extenderse a ambos lados de la torre. Algunas se encuentran casi ocultas por el desnivel del terreno o por pequeñas masas de vegetación. Esta distribución irregular sugiere una población desarrollada paulatinamente y adaptada al paisaje.
Delante del pueblo aparece una estrecha franja verde que separa las viviendas del campo dorado. Esta zona puede corresponder a prados, setos, huertos o vegetación cercana a las casas. Su color fresco crea una transición entre el cereal y la arquitectura.
Hacia el lado izquierdo se observan varias masas arbóreas de tonos verdes oscuros y azulados. Sus formas bajas acompañan la línea del pueblo y aportan profundidad. La vegetación parece señalar el límite de las parcelas y los espacios cultivados.
El lado derecho está dominado por una frondosa arboleda. Los árboles forman una gran masa oscura que asciende desde el campo hacia la montaña. Sus verdes profundos, negros, azules y pequeños reflejos amarillos contrastan con la claridad del cereal.
Algunos troncos se distinguen mediante líneas grises y blanquecinas. Estas formas verticales introducen un ritmo diferente al de las espigas y la población. Los árboles aparecen densamente agrupados, formando un límite natural.
En la parte superior de la arboleda se elevan varias ramas delgadas y copas más abiertas. Sus siluetas se recortan sobre las montañas y aportan movimiento. Algunos pequeños acentos amarillos sugieren hojas iluminadas o los primeros signos de un cambio estacional.
La masa forestal crea una importante sensación de profundidad. Los árboles más cercanos aparecen oscuros y definidos, mientras los situados detrás se funden con los grises del relieve. Esta superposición conduce la mirada hacia las montañas.
Las montañas ocupan toda la mitad superior intermedia y forman un majestuoso telón de fondo. Sus perfiles se elevan a ambos lados y crean una amplia abertura hacia el centro. Esta disposición dirige la mirada hacia el valle y hacia la población.
La montaña de la izquierda presenta una silueta amplia y redondeada. Sus colores grises, azulados y violetas transmiten distancia y una luz fría. Algunas líneas suaves indican cambios en el relieve y zonas de vegetación.
En el lado derecho se alza una cumbre más elevada y pronunciada. Su perfil desciende hacia el centro mediante sucesivas pendientes. La combinación de grises oscuros y azulados aporta volumen sin recurrir a contrastes excesivamente marcados.
Entre ambas masas montañosas se abre un valle cubierto por una atmósfera brumosa. Las zonas lejanas se vuelven más claras y se aproximan cromáticamente al cielo. Esta gradación amplía la profundidad y transmite la sensación de un territorio extenso.
Las montañas no muestran detalles precisos de rocas o caminos. Sus superficies aparecen envueltas por una luz grisácea que suaviza los contornos. Esta indeterminación aporta un carácter poético y convierte el relieve en una presencia serena.
La relación entre el campo cálido y las montañas frías constituye uno de los mayores atractivos de la obra. Los ocres y amarillos del primer término contrastan con los azules y grises del fondo. Esta oposición organiza los diferentes planos y aumenta la profundidad.
El cielo ocupa una amplia franja superior y aparece cubierto por blancos, grises, violetas muy suaves y pequeños matices rosados. La luz se distribuye uniformemente, sin un sol visible. Esta atmósfera velada suaviza el paisaje.
Las nubes forman una capa extensa que parece descender hasta las cumbres. En algunos puntos aparecen zonas más claras, como si la luz intentara atravesar la nubosidad. Estos resplandores iluminan discretamente las montañas y el campo.
La ausencia de un cielo azul intenso favorece una atmósfera tranquila y ligeramente melancólica. El paisaje parece contemplado durante una mañana fresca o una tarde en la que el tiempo comienza a cambiar. Esta condición aporta emoción a una escena aparentemente sencilla.
La composición se estructura en tres grandes franjas: el campo dorado en primer término, el pueblo y la arboleda en el centro y las montañas con el cielo al fondo. Cada área posee una identidad cromática propia, pero todas se integran con armonía.
La extensa horizontalidad del campo y del pueblo encuentra su contrapunto en la torre central y en los árboles del lado derecho. Estos elementos verticales animan la composición y evitan una excesiva quietud. La torre actúa como eje humano, mientras la arboleda representa la fuerza de la naturaleza.
La luz parece concentrarse especialmente sobre el cereal. Las montañas y los árboles permanecen en tonos más oscuros, haciendo que el campo avance visualmente hacia el espectador. Este contraste refuerza la calidez del primer plano.
La gama cromática reúne amarillos, ocres, marrones, verdes, grises, azules y violetas. Los tonos cálidos transmiten madurez y abundancia, mientras los colores fríos aportan distancia y serenidad. Los tejados rojizos crean pequeños puntos de unión entre ambos grupos.
La ausencia de figuras humanas no elimina la presencia del trabajo. El campo cultivado y la población revelan una relación constante entre las personas y la tierra. El paisaje parece preparado para la cosecha, resultado de meses de cuidado y esfuerzo.
El pueblo actúa como símbolo de comunidad y refugio. Sus casas aparecen pequeñas frente a las montañas, pero su agrupación transmite seguridad. La torre representa permanencia y continuidad dentro de un entorno sometido al cambio de las estaciones.
El campo puede interpretarse como símbolo de prosperidad, paciencia y recompensa. Las espigas maduras muestran el resultado final de un largo ciclo natural. Su abundancia convierte el paisaje en una celebración de la tierra.
Las montañas aportan una dimensión de permanencia. Frente al ciclo anual del cereal, el relieve parece inmutable y silencioso. La convivencia de ambos elementos permite reflexionar sobre diferentes escalas del tiempo.
La escena también transmite una fuerte sensación de arraigo. El pueblo parece haber crecido en estrecha relación con los campos que lo rodean. Arquitectura, agricultura y naturaleza forman parte de una misma identidad rural.
La bruma del fondo introduce un matiz de misterio. El valle continúa más allá de lo visible y las montañas ocultan otros caminos, pueblos y paisajes. Esta apertura invita al espectador a imaginar el territorio que se extiende tras las cumbres.
La obra celebra la belleza de un paisaje cotidiano. No aparece ningún acontecimiento extraordinario, pero la madurez del cereal, la calma del pueblo y la grandiosidad de las montañas transforman la escena en una imagen profundamente emotiva.
En conjunto, este precioso cuadro ofrece una visión amplia, serena y profundamente evocadora de un campo de cereal maduro que se extiende hacia una pequeña población situada al pie de majestuosas montañas. Las innumerables espigas doradas, los tejados rojizos, la torre central, la arboleda oscura y el cielo grisáceo construyen un paisaje lleno de profundidad y equilibrio. La armonía entre agricultura, arquitectura y naturaleza convierte la escena en una celebración de la cosecha, el arraigo y la belleza silenciosa de la vida rural.
El vendedor y su historia
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Damià Torres, que representa un extenso campo de cereal dorado que conduce hacia una pequeña población de tejados rojizos, situada al pie de grandes montañas envueltas en una atmósfera grisácea. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 27x35x1 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior izquierda.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX, utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
------------------------------------------------------------------
Este cuadro presenta un amplio campo de cereal dorado que se extiende desde el primer plano hasta una pequeña población situada al pie de unas imponentes montañas. La composición está dominada por la abundancia de espigas maduras, cuyos tonos ocres, marrones, amarillos y blancos crean una superficie cálida y vibrante. En la distancia, un conjunto de casas de tejados rojizos se agrupa alrededor de una elevada torre, mientras una masa de árboles oscuros cierra el paisaje por la derecha. El cielo grisáceo y el relieve envuelto en una ligera bruma conceden a la escena una atmósfera serena, silenciosa y profundamente evocadora.
El campo ocupa más de la mitad de la superficie y se convierte inmediatamente en el principal protagonista. Su gran extensión transmite fertilidad, abundancia y la sensación de encontrarnos en un momento avanzado del verano, cuando el cereal ha alcanzado la madurez y está preparado para la cosecha.
En el primer plano, las espigas aparecen representadas con gran riqueza cromática. Los marrones profundos se combinan con ocres, amarillos, cremas y pequeños reflejos blancos. Esta diversidad permite apreciar el movimiento y la densidad del cultivo sin que el terreno resulte uniforme.
Las espigas se agrupan mediante formas curvas que se repiten a través de toda la zona inferior. Algunas se inclinan hacia la izquierda y otras hacia la derecha, como si una brisa suave recorriera el campo. Esta variedad de direcciones aporta ritmo y una intensa sensación de vida.
Los reflejos blancos y amarillentos distribuidos sobre las espigas sugieren la incidencia de una luz difusa. Aunque el cielo aparece cubierto, la claridad alcanza el cereal y hace que determinadas zonas destaquen sobre los tonos terrosos. El campo parece iluminarse desde su propio interior.
En la parte inferior se distinguen tallos más oscuros y verticales que proporcionan profundidad. Los verdes y amarillos que aparecen cerca de la base recuerdan que el cultivo conserva todavía algunas zonas frescas. Estos pequeños acentos contrastan con el predominio general de los colores secos.
La superficie del campo asciende suavemente hacia la línea del horizonte. Esta inclinación permite que la mirada avance desde las espigas cercanas hasta la población. No existe un camino claramente delimitado, de modo que el propio cultivo actúa como una gran vía visual hacia el fondo.
A medida que aumenta la distancia, las espigas se vuelven más pequeñas y se funden en amplias franjas doradas. Esta transición refuerza la perspectiva y permite percibir la enorme extensión del terreno. El primer plano es denso y detallado, mientras la zona media se vuelve más tranquila y abierta.
En algunos sectores aparecen manchas rosadas, violetas y verdosas que enriquecen la superficie. Estos colores pueden sugerir flores silvestres, sombras, hierbas o variaciones del suelo. Su presencia aporta variedad sin alterar la armonía general.
La amplitud del campo transmite una sensación de silencio. No aparecen trabajadores, animales ni maquinaria que interrumpan el paisaje. Todo parece detenido durante unos instantes, como si la naturaleza esperara el comienzo de la cosecha.
En la zona central se encuentra una pequeña población de carácter rural. Las casas forman una franja horizontal y parecen encontrarse estrechamente agrupadas. Su tamaño reducido frente al campo y las montañas subraya la inmensidad del territorio.
Las fachadas presentan blancos, grises, cremas y pequeños tonos rosados. Algunas construcciones reciben una luz más clara, mientras otras quedan parcialmente ocultas entre sombras verdes y azuladas. Esta alternancia permite distinguir los diferentes edificios.
Los tejados introducen rojos, marrones y naranjas que contrastan con el fondo gris de las montañas. La repetición de estas cubiertas cálidas unifica el núcleo urbano y le concede una presencia acogedora. Las casas parecen protegidas entre el campo y el relieve.
En el centro destaca una elevada torre de tonalidades marrones, rojizas y grisáceas. Su estructura vertical se alza claramente sobre los tejados y se convierte en el principal punto arquitectónico. Podría corresponder a un campanario o a una construcción histórica vinculada a la identidad de la localidad.
La torre funciona como punto de orientación dentro de la composición. Su silueta interrumpe la horizontalidad del pueblo y conduce la mirada hacia las montañas. A pesar de su pequeño tamaño, adquiere una gran importancia por su posición y su altura.
Las construcciones parecen extenderse a ambos lados de la torre. Algunas se encuentran casi ocultas por el desnivel del terreno o por pequeñas masas de vegetación. Esta distribución irregular sugiere una población desarrollada paulatinamente y adaptada al paisaje.
Delante del pueblo aparece una estrecha franja verde que separa las viviendas del campo dorado. Esta zona puede corresponder a prados, setos, huertos o vegetación cercana a las casas. Su color fresco crea una transición entre el cereal y la arquitectura.
Hacia el lado izquierdo se observan varias masas arbóreas de tonos verdes oscuros y azulados. Sus formas bajas acompañan la línea del pueblo y aportan profundidad. La vegetación parece señalar el límite de las parcelas y los espacios cultivados.
El lado derecho está dominado por una frondosa arboleda. Los árboles forman una gran masa oscura que asciende desde el campo hacia la montaña. Sus verdes profundos, negros, azules y pequeños reflejos amarillos contrastan con la claridad del cereal.
Algunos troncos se distinguen mediante líneas grises y blanquecinas. Estas formas verticales introducen un ritmo diferente al de las espigas y la población. Los árboles aparecen densamente agrupados, formando un límite natural.
En la parte superior de la arboleda se elevan varias ramas delgadas y copas más abiertas. Sus siluetas se recortan sobre las montañas y aportan movimiento. Algunos pequeños acentos amarillos sugieren hojas iluminadas o los primeros signos de un cambio estacional.
La masa forestal crea una importante sensación de profundidad. Los árboles más cercanos aparecen oscuros y definidos, mientras los situados detrás se funden con los grises del relieve. Esta superposición conduce la mirada hacia las montañas.
Las montañas ocupan toda la mitad superior intermedia y forman un majestuoso telón de fondo. Sus perfiles se elevan a ambos lados y crean una amplia abertura hacia el centro. Esta disposición dirige la mirada hacia el valle y hacia la población.
La montaña de la izquierda presenta una silueta amplia y redondeada. Sus colores grises, azulados y violetas transmiten distancia y una luz fría. Algunas líneas suaves indican cambios en el relieve y zonas de vegetación.
En el lado derecho se alza una cumbre más elevada y pronunciada. Su perfil desciende hacia el centro mediante sucesivas pendientes. La combinación de grises oscuros y azulados aporta volumen sin recurrir a contrastes excesivamente marcados.
Entre ambas masas montañosas se abre un valle cubierto por una atmósfera brumosa. Las zonas lejanas se vuelven más claras y se aproximan cromáticamente al cielo. Esta gradación amplía la profundidad y transmite la sensación de un territorio extenso.
Las montañas no muestran detalles precisos de rocas o caminos. Sus superficies aparecen envueltas por una luz grisácea que suaviza los contornos. Esta indeterminación aporta un carácter poético y convierte el relieve en una presencia serena.
La relación entre el campo cálido y las montañas frías constituye uno de los mayores atractivos de la obra. Los ocres y amarillos del primer término contrastan con los azules y grises del fondo. Esta oposición organiza los diferentes planos y aumenta la profundidad.
El cielo ocupa una amplia franja superior y aparece cubierto por blancos, grises, violetas muy suaves y pequeños matices rosados. La luz se distribuye uniformemente, sin un sol visible. Esta atmósfera velada suaviza el paisaje.
Las nubes forman una capa extensa que parece descender hasta las cumbres. En algunos puntos aparecen zonas más claras, como si la luz intentara atravesar la nubosidad. Estos resplandores iluminan discretamente las montañas y el campo.
La ausencia de un cielo azul intenso favorece una atmósfera tranquila y ligeramente melancólica. El paisaje parece contemplado durante una mañana fresca o una tarde en la que el tiempo comienza a cambiar. Esta condición aporta emoción a una escena aparentemente sencilla.
La composición se estructura en tres grandes franjas: el campo dorado en primer término, el pueblo y la arboleda en el centro y las montañas con el cielo al fondo. Cada área posee una identidad cromática propia, pero todas se integran con armonía.
La extensa horizontalidad del campo y del pueblo encuentra su contrapunto en la torre central y en los árboles del lado derecho. Estos elementos verticales animan la composición y evitan una excesiva quietud. La torre actúa como eje humano, mientras la arboleda representa la fuerza de la naturaleza.
La luz parece concentrarse especialmente sobre el cereal. Las montañas y los árboles permanecen en tonos más oscuros, haciendo que el campo avance visualmente hacia el espectador. Este contraste refuerza la calidez del primer plano.
La gama cromática reúne amarillos, ocres, marrones, verdes, grises, azules y violetas. Los tonos cálidos transmiten madurez y abundancia, mientras los colores fríos aportan distancia y serenidad. Los tejados rojizos crean pequeños puntos de unión entre ambos grupos.
La ausencia de figuras humanas no elimina la presencia del trabajo. El campo cultivado y la población revelan una relación constante entre las personas y la tierra. El paisaje parece preparado para la cosecha, resultado de meses de cuidado y esfuerzo.
El pueblo actúa como símbolo de comunidad y refugio. Sus casas aparecen pequeñas frente a las montañas, pero su agrupación transmite seguridad. La torre representa permanencia y continuidad dentro de un entorno sometido al cambio de las estaciones.
El campo puede interpretarse como símbolo de prosperidad, paciencia y recompensa. Las espigas maduras muestran el resultado final de un largo ciclo natural. Su abundancia convierte el paisaje en una celebración de la tierra.
Las montañas aportan una dimensión de permanencia. Frente al ciclo anual del cereal, el relieve parece inmutable y silencioso. La convivencia de ambos elementos permite reflexionar sobre diferentes escalas del tiempo.
La escena también transmite una fuerte sensación de arraigo. El pueblo parece haber crecido en estrecha relación con los campos que lo rodean. Arquitectura, agricultura y naturaleza forman parte de una misma identidad rural.
La bruma del fondo introduce un matiz de misterio. El valle continúa más allá de lo visible y las montañas ocultan otros caminos, pueblos y paisajes. Esta apertura invita al espectador a imaginar el territorio que se extiende tras las cumbres.
La obra celebra la belleza de un paisaje cotidiano. No aparece ningún acontecimiento extraordinario, pero la madurez del cereal, la calma del pueblo y la grandiosidad de las montañas transforman la escena en una imagen profundamente emotiva.
En conjunto, este precioso cuadro ofrece una visión amplia, serena y profundamente evocadora de un campo de cereal maduro que se extiende hacia una pequeña población situada al pie de majestuosas montañas. Las innumerables espigas doradas, los tejados rojizos, la torre central, la arboleda oscura y el cielo grisáceo construyen un paisaje lleno de profundidad y equilibrio. La armonía entre agricultura, arquitectura y naturaleza convierte la escena en una celebración de la cosecha, el arraigo y la belleza silenciosa de la vida rural.
