Joan Canós (1928-2025) - Camino de agua






Graduada como subastadora francesa y trabajó en el departamento de tasación de Sotheby’s París.
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Camino de agua es una pintura al óleo original en estilo impresionista de Joan Canós (1928-2025), fechada entre 1980 y 1990, firmada a mano y originaria de España.
Descripción del vendedor
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Joan Canós, que representa un paisaje tranquilo y luminoso en el que un arroyo atraviesa una extensa pradera presidida por un gran árbol y rodeada de suaves montañas. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 36x47x1cm.
· Óleo sobre tabla firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos, GLS o NACEX con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta un paisaje de extraordinaria serenidad, abierto y luminoso, en el que un pequeño arroyo serpentea entre praderas verdes y amarillas hasta perderse en la distancia. La composición invita a adentrarse lentamente en un entorno natural dominado por la amplitud, el silencio y la frescura. Cada elemento parece dispuesto para conducir la mirada hacia el interior del valle, desde el curso del agua situado en primer plano hasta las suaves montañas que se desvanecen bajo un cielo de tonalidades azuladas y grises.
El arroyo nace visualmente en la parte inferior izquierda y recorre el paisaje formando una sucesión de curvas delicadas. Sus aguas reflejan tonos celestes, blancos, grises y azulados, mientras que algunas zonas más oscuras sugieren una mayor profundidad o la sombra de la vegetación cercana. El cauce actúa como un camino natural que guía al espectador a través de la escena, aportando continuidad y conectando el primer plano con las zonas más alejadas.
A ambos lados del agua crece una vegetación abundante, formada por hierbas, arbustos y pequeñas plantas de diferentes tonalidades verdes. En el primer término aparecen masas vegetales más oscuras y definidas, acompañadas por algunas piedras claras que bordean el arroyo. Estos elementos aportan profundidad y permiten sentir la cercanía del terreno, como si el espectador se encontrara de pie junto a la corriente, contemplando el agua avanzar lentamente entre la hierba.
La zona derecha del paisaje está ocupada por una extensa ladera bañada por una luz cálida. Los verdes se mezclan allí con amarillos intensos, ocres suaves y pequeños matices anaranjados, creando la impresión de una pradera iluminada por el sol. Esta luminosidad contrasta con los tonos más fríos del cielo y del agua, estableciendo un hermoso equilibrio entre frescura y calidez. La inclinación de la colina aporta movimiento y dirige la mirada hacia el gran árbol situado en el centro de la composición.
Este árbol constituye el elemento principal del paisaje y se alza con una presencia majestuosa sobre la pradera. Su copa amplia y frondosa reúne una gran variedad de verdes, desde tonos claros y amarillentos hasta zonas profundas de verde oscuro y azul verdoso. La diversidad de luces y sombras proporciona volumen al follaje y transmite la sensación de una vegetación abundante movida suavemente por el aire. Su tamaño lo convierte en una figura protectora que domina el valle sin romper su tranquilidad.
Bajo la copa del gran árbol se distinguen varios troncos y ramas oscuras que aportan firmeza a su estructura. Alrededor de su base se concentran sombras verdes y azuladas, sugiriendo un lugar fresco y resguardado en medio de la amplitud soleada. Este espacio parece invitar al descanso y a la contemplación, como si el árbol hubiera ofrecido refugio durante muchos años a caminantes, animales y habitantes de los alrededores.
En la parte izquierda aparece otro árbol más pequeño y esbelto, situado cerca de las montañas. Su forma vertical equilibra la presencia del árbol principal y ayuda a organizar la profundidad del paisaje. Más al fondo se observan otras siluetas vegetales, algunas de color azul intenso, que se hacen progresivamente más pequeñas conforme se acercan al horizonte. Esta sucesión de árboles crea una transición natural entre la pradera cercana y las elevaciones lejanas.
Las montañas del fondo están representadas mediante suaves tonalidades azules, violetas y grisáceas. Sus contornos se superponen unos a otros y se vuelven cada vez más tenues con la distancia, generando una marcada sensación de amplitud atmosférica. No son montañas abruptas ni amenazantes, sino elevaciones tranquilas que cierran delicadamente el valle y refuerzan la impresión de encontrarnos ante un paraje apartado, silencioso y protegido.
El cielo ocupa una parte considerable de la escena y aparece cubierto por una luminosidad suave y difusa. Los tonos celestes, blancos y gris perla se combinan para sugerir una jornada ligeramente nublada, aunque la presencia del amarillo en la pradera revela que la luz consigue atravesar la atmósfera. Esta iluminación delicada envuelve todo el paisaje y evita los contrastes excesivamente duros, favoreciendo una sensación general de calma y armonía.
La composición carece de figuras humanas, animales o construcciones, permitiendo que la naturaleza sea la única protagonista. Esta ausencia refuerza el carácter silencioso y contemplativo de la obra, que parece mostrar un lugar alejado del ruido y de la actividad cotidiana. El espectador puede imaginar el sonido del agua recorriendo las piedras, el movimiento de las hojas, la humedad de la hierba y el aire fresco descendiendo desde las montañas.
El paisaje transmite una sensación de equilibrio entre todos sus elementos. El arroyo aporta movimiento, la pradera introduce luz, los árboles proporcionan estructura y las montañas crean profundidad. La combinación de verdes, amarillos, azules y violetas construye una atmósfera agradable que recuerda a los primeros días de la primavera o a una tranquila mañana de verano, cuando la naturaleza alcanza una especial plenitud.
En conjunto, este cuadro ofrece una visión apacible, luminosa y profundamente evocadora de un valle atravesado por un arroyo, rodeado de praderas y presidido por un gran árbol frondoso. La armonía entre el agua, la vegetación, las montañas y el cielo convierte la escena en una invitación a detenerse y disfrutar de la belleza sencilla del mundo natural, transmitiendo paz, libertad y una intensa sensación de conexión con el paisaje.
El vendedor y su historia
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Joan Canós, que representa un paisaje tranquilo y luminoso en el que un arroyo atraviesa una extensa pradera presidida por un gran árbol y rodeada de suaves montañas. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 36x47x1cm.
· Óleo sobre tabla firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos, GLS o NACEX con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta un paisaje de extraordinaria serenidad, abierto y luminoso, en el que un pequeño arroyo serpentea entre praderas verdes y amarillas hasta perderse en la distancia. La composición invita a adentrarse lentamente en un entorno natural dominado por la amplitud, el silencio y la frescura. Cada elemento parece dispuesto para conducir la mirada hacia el interior del valle, desde el curso del agua situado en primer plano hasta las suaves montañas que se desvanecen bajo un cielo de tonalidades azuladas y grises.
El arroyo nace visualmente en la parte inferior izquierda y recorre el paisaje formando una sucesión de curvas delicadas. Sus aguas reflejan tonos celestes, blancos, grises y azulados, mientras que algunas zonas más oscuras sugieren una mayor profundidad o la sombra de la vegetación cercana. El cauce actúa como un camino natural que guía al espectador a través de la escena, aportando continuidad y conectando el primer plano con las zonas más alejadas.
A ambos lados del agua crece una vegetación abundante, formada por hierbas, arbustos y pequeñas plantas de diferentes tonalidades verdes. En el primer término aparecen masas vegetales más oscuras y definidas, acompañadas por algunas piedras claras que bordean el arroyo. Estos elementos aportan profundidad y permiten sentir la cercanía del terreno, como si el espectador se encontrara de pie junto a la corriente, contemplando el agua avanzar lentamente entre la hierba.
La zona derecha del paisaje está ocupada por una extensa ladera bañada por una luz cálida. Los verdes se mezclan allí con amarillos intensos, ocres suaves y pequeños matices anaranjados, creando la impresión de una pradera iluminada por el sol. Esta luminosidad contrasta con los tonos más fríos del cielo y del agua, estableciendo un hermoso equilibrio entre frescura y calidez. La inclinación de la colina aporta movimiento y dirige la mirada hacia el gran árbol situado en el centro de la composición.
Este árbol constituye el elemento principal del paisaje y se alza con una presencia majestuosa sobre la pradera. Su copa amplia y frondosa reúne una gran variedad de verdes, desde tonos claros y amarillentos hasta zonas profundas de verde oscuro y azul verdoso. La diversidad de luces y sombras proporciona volumen al follaje y transmite la sensación de una vegetación abundante movida suavemente por el aire. Su tamaño lo convierte en una figura protectora que domina el valle sin romper su tranquilidad.
Bajo la copa del gran árbol se distinguen varios troncos y ramas oscuras que aportan firmeza a su estructura. Alrededor de su base se concentran sombras verdes y azuladas, sugiriendo un lugar fresco y resguardado en medio de la amplitud soleada. Este espacio parece invitar al descanso y a la contemplación, como si el árbol hubiera ofrecido refugio durante muchos años a caminantes, animales y habitantes de los alrededores.
En la parte izquierda aparece otro árbol más pequeño y esbelto, situado cerca de las montañas. Su forma vertical equilibra la presencia del árbol principal y ayuda a organizar la profundidad del paisaje. Más al fondo se observan otras siluetas vegetales, algunas de color azul intenso, que se hacen progresivamente más pequeñas conforme se acercan al horizonte. Esta sucesión de árboles crea una transición natural entre la pradera cercana y las elevaciones lejanas.
Las montañas del fondo están representadas mediante suaves tonalidades azules, violetas y grisáceas. Sus contornos se superponen unos a otros y se vuelven cada vez más tenues con la distancia, generando una marcada sensación de amplitud atmosférica. No son montañas abruptas ni amenazantes, sino elevaciones tranquilas que cierran delicadamente el valle y refuerzan la impresión de encontrarnos ante un paraje apartado, silencioso y protegido.
El cielo ocupa una parte considerable de la escena y aparece cubierto por una luminosidad suave y difusa. Los tonos celestes, blancos y gris perla se combinan para sugerir una jornada ligeramente nublada, aunque la presencia del amarillo en la pradera revela que la luz consigue atravesar la atmósfera. Esta iluminación delicada envuelve todo el paisaje y evita los contrastes excesivamente duros, favoreciendo una sensación general de calma y armonía.
La composición carece de figuras humanas, animales o construcciones, permitiendo que la naturaleza sea la única protagonista. Esta ausencia refuerza el carácter silencioso y contemplativo de la obra, que parece mostrar un lugar alejado del ruido y de la actividad cotidiana. El espectador puede imaginar el sonido del agua recorriendo las piedras, el movimiento de las hojas, la humedad de la hierba y el aire fresco descendiendo desde las montañas.
El paisaje transmite una sensación de equilibrio entre todos sus elementos. El arroyo aporta movimiento, la pradera introduce luz, los árboles proporcionan estructura y las montañas crean profundidad. La combinación de verdes, amarillos, azules y violetas construye una atmósfera agradable que recuerda a los primeros días de la primavera o a una tranquila mañana de verano, cuando la naturaleza alcanza una especial plenitud.
En conjunto, este cuadro ofrece una visión apacible, luminosa y profundamente evocadora de un valle atravesado por un arroyo, rodeado de praderas y presidido por un gran árbol frondoso. La armonía entre el agua, la vegetación, las montañas y el cielo convierte la escena en una invitación a detenerse y disfrutar de la belleza sencilla del mundo natural, transmitiendo paz, libertad y una intensa sensación de conexión con el paisaje.
