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Godofredo Ortega Muñoz (1899-1982) - Snowy Peak
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Godofredo Ortega Muñoz (1899-1982) - Snowy Peak

Godofredo Ortega Muñoz (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1899 – Madrid, 1982) "Pico nevado". Óleo sobre cartón. 34 x 43 cm y 61 x 70 x 5 cm con el marco. Buen estado de conservación. Procedencia: - Colección particular, Massimo Uccelli, Italia. Heredado de sus abuelos, a su vez, lo recibieron del pintor mientras este vivió en su casa de Via Antonio Rosmini, en Stresa, cerca del Lago Maggiore (Italia). - Colección particular, Turín. Documentación: Certificado de la "Fundación Ortega Muñoz", fechado a 19 de Febrero de 2024. Descripción: Firma perdida en la esquina izquierda inferior “G. Ortega Muñoz”. Autenticidad confirmada por la Fundación Ortega Muñoz, Badajoz 2023. Godofredo Ortega pintó este paisaje durante su viaje por Italia, entre 1921 y 1926. Precisamente su estancia en el Lagio Maggiore, en la frontera entre Italia y Suiza, resultaría especialmente trascendente para el joven pintor. Allí estudió, durante un tiempo corto pero muy fructífero, con el pintor inglés Edgard Rowley Smart. De este inesperado maestro Ortega aprendió que, frente al caos espiritual y estético de un mundo contemporáneo destrozado tras la Primera Guerra Mundial, únicamente se podía devolver al arte su autenticidad a través de las verdades espirituales y de las emociones sencillas, es decir, volviendo a la naturaleza. Ortega se encuentra por tanto en los años veinte centrado en el paisaje; lo recorre, lo estudia, lo pinta directamente del natural, lo está descubriendo a nivel formal y, especialmente, metafísico. En este óleo sobre cartón, precisamente, expresa esa maravilla ante el espacio natural, y lo hace admirando no únicamente sus aspectos grandiosos –las impresionantes montañas, los delicadísimos matices cromáticos de la roca y la nieve–, sino también aquello que es pequeño y cotidiano, los arbolillos que florecen junto a los campos de cultivo, la intensidad del verde de la hierba. Se trata, por tanto, de una obra que, a la vez, anticipa lo que será el gran paisaje metafísico de Ortega y muestra su búsqueda juvenil de un lenguaje propio que, adivina, está en la tierra que lo rodea. De hecho, se aprecia ya ese gusto del Ortega maduro por plasmar más tierra que cielo, si bien la monumentalidad de los Alpes le lleva a construir un espacio profundo, muy amplio, captado desde un adecuado punto de vista elevado. Godofredo Ortega Muñoz (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1899 – Madrid, 1982) se inició en el arte de manera autodidacta; en 1919 conoció a los maestros clásicos en Madrid, y un año más tarde se trasladó a París buscando entrar en contacto con la vanguardia. Allí entabló amistad con Gil Bel, con quien formaría más tarde la Escuela de Vallecas. Desencantado con el panorama artístico parisino de la posguerra, Ortega inició una serie de viajes por Italia y Europa en busca de nuevos lenguajes. En el Lago Maggiore, en la frontera entre Italia y Suiza, descubrió junto al pintor inglés Edgard R. Smart una nueva vía artística que buscaba la verdad de la pintura en la vuelta a la naturaleza. Regresó temporalmente a España en 1926, momento de formación de la mencionada Escuela de Vallecas, con cuyos integrantes Ortega compartía el interés por el paisaje rural. Un año más tarde celebró su primera exposición, en el Círculo Mercantil de Zaragoza. Retomó sus viajes por Europa ese mismo año, y a partir de la década de 1930 recorrerá también Egipto y Oriente Medio. Para su regreso a España, en 1935, su lenguaje ya había adquirido sus características de madurez: amor por la naturaleza, equilibrio entre color y estado de ánimo y esa atmósfera de quietud y tristeza características de su pintura. Todo ellos hace que, a día de hoy, Ortega sea considerado como el gran renovador del paisajismo en España, junto a Benjamín Palencia y Vázquez Díaz. Tras la Guerra Civil, instalado en su San Pedro de Alcántara natal, Ortega retomó su carrera con éxito, mostrando su obra en España y otros países europeos, así como en los Estados Unidos. Su lenguaje siguió evolucionando, mostrando influencias del primitivismo y la pintura metafísica italianos. Ortega fue distinguido con el Gran Premio de Pintura de la Bienal Hispanoamericana de Arte de La Habana (1953), en 1968 se le dedicó una sala monográfica de honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes y en 1970 se celebró una exposición retrospectiva en el Casón de Buen Retiro de Madrid que supuso su definitiva consagración. Actualmente se conservan obras suyas en la Fundación que lleva su nombre en Badajoz, así como en el MNCARS de Madrid y el Museo de Bellas Artes de Badajoz, entre otras colecciones.

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Godofredo Ortega Muñoz (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1899 – Madrid, 1982)

"Pico nevado".

Óleo sobre cartón.

34 x 43 cm y 61 x 70 x 5 cm con el marco.

Buen estado de conservación.

Procedencia:

- Colección particular, Massimo Uccelli, Italia. Heredado de sus abuelos, a su vez, lo recibieron del pintor mientras este vivió en su casa de Via Antonio Rosmini, en Stresa, cerca del Lago Maggiore (Italia).
- Colección particular, Turín.

Documentación: Certificado de la "Fundación Ortega Muñoz", fechado a 19 de Febrero de 2024.

Descripción:

Firma perdida en la esquina izquierda inferior “G. Ortega Muñoz”.

Autenticidad confirmada por la Fundación Ortega Muñoz, Badajoz 2023.

Godofredo Ortega pintó este paisaje durante su viaje por Italia, entre 1921 y 1926. Precisamente su estancia en el Lagio Maggiore, en la frontera entre Italia y Suiza, resultaría especialmente trascendente para el joven pintor. Allí estudió, durante un tiempo corto pero muy fructífero, con el pintor inglés Edgard Rowley Smart. De este inesperado maestro Ortega aprendió que, frente al caos espiritual y estético de un mundo contemporáneo destrozado tras la Primera Guerra Mundial, únicamente se podía devolver al arte su autenticidad a través de las verdades espirituales y de las emociones sencillas, es decir, volviendo a la naturaleza.

Ortega se encuentra por tanto en los años veinte centrado en el paisaje; lo recorre, lo estudia, lo pinta directamente del natural, lo está descubriendo a nivel formal y, especialmente, metafísico. En este óleo sobre cartón, precisamente, expresa esa maravilla ante el espacio natural, y lo hace admirando no únicamente sus aspectos grandiosos –las impresionantes montañas, los delicadísimos matices cromáticos de la roca y la nieve–, sino también aquello que es pequeño y cotidiano, los arbolillos que florecen junto a los campos de cultivo, la intensidad del verde de la hierba.

Se trata, por tanto, de una obra que, a la vez, anticipa lo que será el gran paisaje metafísico de Ortega y muestra su búsqueda juvenil de un lenguaje propio que, adivina, está en la tierra que lo rodea. De hecho, se aprecia ya ese gusto del Ortega maduro por plasmar más tierra que cielo, si bien la monumentalidad de los Alpes le lleva a construir un espacio profundo, muy amplio, captado desde un adecuado punto de vista elevado.

Godofredo Ortega Muñoz (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1899 – Madrid, 1982) se inició en el arte de manera autodidacta; en 1919 conoció a los maestros clásicos en Madrid, y un año más tarde se trasladó a París buscando entrar en contacto con la vanguardia. Allí entabló amistad con Gil Bel, con quien formaría más tarde la Escuela de Vallecas. Desencantado con el panorama artístico parisino de la posguerra, Ortega inició una serie de viajes por Italia y Europa en busca de nuevos lenguajes. En el Lago Maggiore, en la frontera entre Italia y Suiza, descubrió junto al pintor inglés Edgard R. Smart una nueva vía artística que buscaba la verdad de la pintura en la vuelta a la naturaleza. Regresó temporalmente a España en 1926, momento de formación de la mencionada Escuela de Vallecas, con cuyos integrantes Ortega compartía el interés por el paisaje rural. Un año más tarde celebró su primera exposición, en el Círculo Mercantil de Zaragoza. Retomó sus viajes por Europa ese mismo año, y a partir de la década de 1930 recorrerá también Egipto y Oriente Medio.

Para su regreso a España, en 1935, su lenguaje ya había adquirido sus características de madurez: amor por la naturaleza, equilibrio entre color y estado de ánimo y esa atmósfera de quietud y tristeza características de su pintura. Todo ellos hace que, a día de hoy, Ortega sea considerado como el gran renovador del paisajismo en España, junto a Benjamín Palencia y Vázquez Díaz. Tras la Guerra Civil, instalado en su San Pedro de Alcántara natal, Ortega retomó su carrera con éxito, mostrando su obra en España y otros países europeos, así como en los Estados Unidos. Su lenguaje siguió evolucionando, mostrando influencias del primitivismo y la pintura metafísica italianos. Ortega fue distinguido con el Gran Premio de Pintura de la Bienal Hispanoamericana de Arte de La Habana (1953), en 1968 se le dedicó una sala monográfica de honor en la Exposición Nacional de Bellas Artes y en 1970 se celebró una exposición retrospectiva en el Casón de Buen Retiro de Madrid que supuso su definitiva consagración. Actualmente se conservan obras suyas en la Fundación que lleva su nombre en Badajoz, así como en el MNCARS de Madrid y el Museo de Bellas Artes de Badajoz, entre otras colecciones.


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