Nr. 106159304

Miquel Torner de Semir (1938) - Geografía de la memoria
Nr. 106159304

Miquel Torner de Semir (1938) - Geografía de la memoria
Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Miquel Torner de Semir, que representa un paisaje rural fragmentado en campos, caminos y construcciones bajo un cielo ondulante y misterioso, evocando la memoria de la tierra y la huella silenciosa del ser humano. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 60x81x2 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior izquierda, Miquel Torner de Semir.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.
El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX, utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta un paisaje de carácter abstracto y profundamente evocador, organizado mediante una sucesión de formas irregulares que recuerdan campos de cultivo, terrenos fragmentados, pequeñas construcciones y amplias extensiones naturales observadas desde una perspectiva elevada. La composición se divide en grandes franjas horizontales, aunque dentro de cada una se desarrolla un complejo entramado de líneas, superficies, curvas y contrastes cromáticos. La mirada descubre un territorio imaginario en el que la tierra ocupa la mayor parte del espacio, mientras un cielo inquieto y ondulante se extiende sobre el horizonte. La escena posee algo reconocible y, al mismo tiempo, misterioso: parece representar un lugar real transformado por la memoria, la emoción y el paso del tiempo.
La zona superior está dominada por un cielo de tonalidades blancas, grises, azuladas y amarillentas, atravesado por largas líneas curvas que se desplazan de un extremo al otro. Estas ondulaciones sugieren nubes, corrientes de aire o movimientos atmosféricos que recorren el firmamento. No se trata de un cielo estático, sino de un espacio lleno de energía, en el que cada línea parece prolongar el impulso de la anterior. Las formas se superponen y se expanden horizontalmente, creando la impresión de un viento persistente que transforma constantemente el paisaje situado bajo él.
En el extremo superior derecho aparece una gran figura ovalada formada por varios contornos concéntricos en tonos blancos, grises, rojizos y oscuros. Esta forma puede recordar una nube, un remolino, un ojo abierto sobre el paisaje o incluso un astro suspendido en el cielo. Su presencia introduce un componente simbólico y enigmático, ya que parece observar silenciosamente todo el territorio. La sucesión de óvalos dirige la mirada hacia su centro y crea un poderoso punto de atracción dentro de una zona dominada por el movimiento horizontal.
El horizonte queda establecido mediante una extensa franja de grises, blancos y azules oscuros que separa el cielo de la tierra. Sus formas alargadas y sinuosas recuerdan montañas lejanas, corrientes de agua, bancos de niebla o terrenos ondulados vistos a gran distancia. Las líneas azules se deslizan de manera paralela y generan una sensación de profundidad, como si el paisaje continuara mucho más allá de los límites visibles. Esta franja intermedia actúa como una transición serena entre la amplitud aérea y la densidad del territorio inferior.
La tierra ocupa la mayor parte de la composición y aparece dividida en numerosas parcelas de formas desiguales. Algunas son triangulares, otras rectangulares, trapezoidales o completamente irregulares, como si el terreno hubiera sido organizado a lo largo de los años siguiendo los accidentes naturales del relieve. Estas divisiones pueden evocar campos cultivados, caminos rurales, muros, tejados o pequeñas propiedades observadas desde una colina. Cada fragmento posee su propia identidad cromática y visual, pero todos permanecen vinculados dentro de una estructura común.
En la zona central se concentran colores cálidos de gran intensidad, especialmente naranjas, rojizos, tierras y rosados. Estas superficies parecen corresponder a terrenos iluminados, campos recién trabajados o tejados agrupados en un pequeño asentamiento. Su luminosidad contrasta con los grises, negros y marrones que las rodean, haciendo que avancen visualmente y se conviertan en uno de los principales focos de atención. Los pequeños acentos turquesa distribuidos entre estas áreas aportan frescura y sugieren vegetación, agua o destellos de luz.
Las líneas diagonales que recorren algunos campos introducen una clara sensación de orden agrícola. Se observan superficies atravesadas por franjas paralelas que recuerdan surcos, cultivos escalonados o caminos trazados sobre la tierra. Estas repeticiones aportan ritmo y permiten imaginar la intervención humana dentro del paisaje, aunque no aparezca ninguna figura. El territorio no parece salvaje ni completamente abandonado, sino organizado por una presencia silenciosa que ha dividido, trabajado y habitado cada una de sus parcelas.
En la parte media derecha aparecen varias formas semicirculares y pequeñas aberturas oscuras que pueden interpretarse como puertas, túneles, ventanas o elementos arquitectónicos. Estos detalles sugieren la existencia de construcciones integradas en el terreno, quizá viviendas rurales, almacenes o edificios de un pequeño núcleo urbano. Las formas no se presentan de manera literal, sino insinuadas entre las superficies terrosas y grises. Esta ambigüedad permite que la mirada oscile continuamente entre la contemplación de un paisaje y la percepción de una ciudad fragmentada.
La composición parece reunir dos perspectivas simultáneas. Por un lado, el territorio se contempla desde una posición elevada, como si se observaran sus campos y divisiones desde el aire. Por otro, algunas formas se muestran frontalmente y recuerdan muros, fachadas, puertas y tejados vistos desde la distancia. Esta combinación altera la lógica espacial y transforma el paisaje en una imagen mental, semejante a un mapa construido a partir de recuerdos. El espectador no se encuentra ante una descripción exacta del lugar, sino ante una interpretación libre de su esencia.
En la franja central e inferior destacan varias estructuras oscuras recorridas por líneas verticales muy próximas entre sí. Estas formas pueden evocar cercados, empalizadas, fachadas de madera, edificios industriales o campos sembrados en hileras. Su repetición establece un marcado contraste con las superficies más abiertas y claras que aparecen alrededor. Las líneas verticales aportan firmeza y densidad, creando zonas de sombra que parecen proteger o separar determinados fragmentos del territorio.
En el extremo derecho se levanta una gran forma rectangular de color casi negro, atravesada por numerosas líneas horizontales de tonalidad ocre. Su presencia resulta contundente y funciona como una especie de límite visual. Puede recordar una fachada, una parcela labrada, una persiana cerrada o una estructura construida junto al paisaje. La regularidad de sus franjas contrasta con la libertad de las formas circundantes, introduciendo una sensación de disciplina y orden dentro de una composición dominada por la irregularidad.
La zona inferior izquierda contiene amplias superficies marrones, negras y rojizas que aportan profundidad y peso. Algunas están recorridas por líneas onduladas de color naranja, semejantes a estratos geológicos, caminos serpenteantes o corrientes subterráneas. Estas ondulaciones establecen una relación visual con las líneas del cielo, como si el movimiento atmosférico tuviera su reflejo en las profundidades de la tierra. De este modo, la parte superior y la inferior quedan conectadas por un mismo ritmo orgánico.
En el primer plano se despliega una sucesión de grandes fragmentos claros y oscuros que parecen avanzar hacia el espectador. Los blancos envejecidos, grises, cremas, marrones y negros forman una estructura semejante a rocas, terrenos quebrados o muros erosionados. Sus contornos marcados transmiten la sensación de una tierra antigua y resistente. Algunas superficies parecen encajar entre sí como las piezas de un rompecabezas, mientras otras se superponen y rompen la continuidad del espacio.
Los pequeños restos de palabras y caracteres que aparecen incorporados en determinadas zonas añaden una dimensión vinculada a la memoria y al paso del tiempo. Se perciben como vestigios de historias antiguas, documentos olvidados o mensajes parcialmente borrados. Su presencia no permite construir un relato concreto, pero sí despierta la impresión de que este territorio conserva huellas humanas. El paisaje parece formado no solo por campos, caminos y construcciones, sino también por recuerdos acumulados y fragmentos de vidas pasadas.
La gama cromática está dominada por grises, blancos, negros, marrones, ocres y tonos terrosos. Estos colores proporcionan sobriedad y convierten la tierra en la gran protagonista de la escena. Sin embargo, la composición se anima mediante naranjas, rojizos, violetas, verdes y turquesas que aparecen repartidos estratégicamente. Los acentos vivos actúan como pequeños destellos de esperanza y vitalidad dentro de un entorno de apariencia áspera, antigua y silenciosa.
Los turquesas poseen una importancia especial, aunque ocupan espacios reducidos. Surgen entre las parcelas cálidas, junto a las zonas oscuras y sobre algunas formas grises, estableciendo conexiones visuales a través de toda la obra. Pueden sugerir pequeñas áreas de vegetación, depósitos de agua, tejados luminosos o reflejos de un cielo distante. Su intensidad rompe la gravedad de los tonos terrestres y aporta una vibración fresca que invita a recorrer detenidamente cada rincón.
La luz parece distribuirse de manera desigual sobre el territorio. Algunas parcelas claras reciben una iluminación intensa y destacan como superficies expuestas al sol, mientras otras permanecen sumidas en sombras profundas. Esta alternancia genera una sensación de relieve y hace que el paisaje parezca formado por desniveles, barrancos, laderas y construcciones superpuestas. La claridad no procede de una fuente claramente identificable, sino que parece surgir desde el interior de ciertos fragmentos.
La ausencia de figuras humanas refuerza la atmósfera silenciosa y contemplativa. Sin embargo, las divisiones del terreno, los posibles edificios, las hileras ordenadas y los pequeños restos escritos revelan una presencia humana indirecta. El paisaje parece haber sido habitado, trabajado y modificado durante mucho tiempo, aunque ahora permanezca en calma. Esta contradicción entre actividad pasada y quietud presente concede a la obra una notable profundidad emocional.
Puede imaginarse que la escena representa un territorio rural visto después de la cosecha, cuando los campos muestran diferentes colores según el tipo de cultivo y el estado de la tierra. También podría tratarse de una población contemplada desde una gran altura, con sus tejados, calles, muros y pequeños espacios verdes transformados en formas geométricas. La ambigüedad constituye uno de los mayores atractivos de la obra, porque permite descubrir nuevas asociaciones cada vez que se observa.
El cielo y la tierra mantienen un intenso diálogo. Las líneas del firmamento son amplias, fluidas y ondulantes, mientras las divisiones terrestres resultan densas, quebradas y compactas. El cielo representa el movimiento y la libertad; la tierra, la estabilidad y la memoria. Entre ambos aparece el horizonte como un espacio de encuentro, donde las montañas o nubes lejanas suavizan la transición y aportan una pausa visual.
La gran forma ovalada del cielo puede interpretarse como una presencia vigilante que contempla el territorio desde lo alto. Su semejanza con un ojo transforma el paisaje en una escena casi simbólica, relacionada con la observación, la conciencia o el recuerdo. También puede verse como una nube atrapada en un movimiento circular o como un sol oculto tras capas atmosféricas. La obra no impone una única lectura, sino que mantiene abierta la posibilidad de múltiples significados.
Existe asimismo una poderosa sensación de acumulación. Las parcelas, los muros y las superficies parecen haberse ido formando mediante sucesivas capas históricas. Cada fragmento conserva un color, un ritmo y una apariencia diferentes, como si perteneciera a una época concreta. El paisaje se convierte así en una especie de archivo visual en el que naturaleza y humanidad han dejado señales superpuestas. Nada parece completamente nuevo ni completamente desaparecido.
El equilibrio de la composición surge de la oposición entre orden y espontaneidad. Algunas zonas presentan líneas paralelas, divisiones regulares y estructuras claramente organizadas; otras se desarrollan mediante contornos libres, manchas irregulares y cambios inesperados. Esta convivencia genera dinamismo sin romper la unidad del conjunto. La mirada puede desplazarse desde los campos rojizos centrales hasta las zonas oscuras inferiores, regresar al horizonte y finalizar en el gran remolino del cielo.
La escena transmite una mezcla de fuerza, melancolía y serenidad. Los colores terrosos evocan la solidez de un paisaje antiguo, mientras los grises y negros sugieren desgaste, silencio y profundidad. Los pequeños destellos de color introducen, sin embargo, una sensación de vida persistente. El territorio parece haber atravesado numerosos cambios y conservar todavía la capacidad de renovarse bajo un cielo en constante movimiento.
En conjunto, la obra representa un extenso paisaje fragmentado en campos, caminos, muros y posibles construcciones, observado desde una perspectiva elevada y envuelto por un cielo de formas ondulantes. La riqueza de grises, marrones, ocres, naranjas y negros concede profundidad y carácter a la tierra, mientras los acentos turquesa, rojizos y violetas aportan luminosidad y vitalidad. Las parcelas irregulares, las hileras ordenadas, las estructuras oscuras y la misteriosa forma ovalada del cielo convierten la escena en una visión poética del territorio, donde naturaleza, memoria y presencia humana se funden en una imagen intensa, enigmática y llena de matices.
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