Nr. 106388731

Josep Damián Torres (1921–2008) - Refugio rural - no reserve
Nr. 106388731

Josep Damián Torres (1921–2008) - Refugio rural - no reserve
Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Damián Torres, que representa un extenso campo de cereal maduro junto a una casa rural, rodeado de árboles y montañas, como símbolo de abundancia, serenidad y armonía con la naturaleza. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 27x35x1 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la esquina izquierda de la obra.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.
La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta un extenso paisaje rural dominado por un campo de cereal maduro que ocupa toda la zona inferior de la composición. La escena se abre ante el espectador con una gran sensación de amplitud, serenidad y profundidad, conduciendo la mirada desde las espigas doradas del primer plano hasta las construcciones rurales, la vegetación y las montañas que se elevan en la distancia. Todo el conjunto parece capturar un instante tranquilo de finales de verano, cuando el campo ha alcanzado su mayor plenitud y se encuentra preparado para la cosecha. La ausencia de figuras humanas permite que la naturaleza y la arquitectura tradicional sean las verdaderas protagonistas.
El campo de cereal constituye el elemento más cercano y abundante de la imagen. Las numerosas espigas se distribuyen por el terreno formando una superficie ondulante y llena de movimiento, como si una suave brisa atravesara el cultivo. Los tonos dorados, ocres, cremas, marrones y amarillos crean una rica variedad que evita cualquier sensación de uniformidad. Algunas espigas aparecen iluminadas y adquieren reflejos casi blancos, mientras que otras permanecen parcialmente escondidas entre sombras más profundas, generando una impresión de densidad y madurez.
La disposición irregular de las plantas aporta vitalidad y hace que el campo parezca extenderse más allá de los límites visibles del cuadro. En determinados puntos se distinguen tallos curvados, pequeñas zonas oscuras y formas entrelazadas que sugieren la diversidad natural del terreno. Esta abundancia transmite una idea de fertilidad y recompensa, como resultado de muchos meses de crecimiento. El cereal no aparece únicamente como un elemento decorativo, sino como símbolo de vida, trabajo, alimento y continuidad.
En el extremo inferior izquierdo, la vegetación adquiere una personalidad distinta. Allí aparecen verdes intensos, amarillos brillantes, rojizos y pequeños acentos claros que podrían corresponder a hierbas silvestres, flores o plantas que crecen en el margen del cultivo. Este rincón introduce una nota de espontaneidad y rompe con la continuidad dorada del campo. La presencia de estas plantas recuerda que, incluso dentro de un terreno trabajado, la naturaleza conserva su propia libertad y ocupa los espacios disponibles.
La extensión del campo conduce la mirada hacia el centro de la composición, donde se levanta un pequeño conjunto de construcciones rurales. La edificación principal presenta una apariencia sencilla y robusta, con paredes de tonalidades terrosas, aberturas oscuras y un tejado en el que se alternan rojos apagados, marrones y zonas claras. Su aspecto transmite antigüedad y permanencia, como si hubiera contemplado durante generaciones el cambio de las estaciones y los diferentes ciclos del campo.
Junto al edificio principal se distinguen otras estructuras más bajas, posiblemente cobertizos, almacenes o dependencias vinculadas a la actividad agrícola. Estas construcciones parecen crecer de manera orgánica alrededor de la casa central, adaptándose al terreno y a las necesidades de la vida rural. Sus volúmenes modestos se integran perfectamente en el paisaje y no compiten con la grandeza del entorno. Al contrario, aportan una escala humana que permite comprender mejor la inmensidad del campo y de las montañas.
La vivienda se encuentra parcialmente protegida por un grupo de árboles altos y frondosos. Sus copas oscuras se elevan por encima de los tejados y forman una masa vertical que contrasta con la horizontalidad del cultivo. Los verdes profundos se combinan con tonos azulados, negros y amarillentos, sugiriendo zonas de luz y sombra entre las ramas. Estos árboles parecen actuar como guardianes de la casa, proporcionando frescura, refugio y una sensación de intimidad en medio de la amplitud del paisaje.
Alrededor de las construcciones se extienden campos y franjas de vegetación más verde, creando una transición entre el cereal dorado del primer plano y las montañas del fondo. Estas zonas intermedias están formadas por diferentes intensidades de verde, desde amarillos luminosos hasta tonos oscuros y azulados. Su disposición horizontal amplía visualmente la escena y permite imaginar otros cultivos, prados, caminos o pequeñas parcelas que se prolongan por el valle.
En la distancia se alza un relieve montañoso de perfil irregular y recortado. La zona izquierda presenta una silueta especialmente característica, con elevaciones rocosas que emergen sobre la línea de la montaña y aportan un aire monumental al paisaje. Los tonos violetas, grises, azulados y oscuros hacen que este relieve parezca envuelto por una suave neblina. La distancia suaviza sus contornos y crea una sensación de profundidad atmosférica, separando claramente el mundo cercano del horizonte.
Las laderas situadas delante del perfil rocoso se despliegan mediante amplias franjas oscuras que alternan con zonas más claras. Esta sucesión de planos montañosos aporta profundidad y permite percibir la complejidad geográfica del entorno. Algunas áreas parecen cubiertas de bosque, mientras que otras sugieren terrenos abiertos, pendientes rocosas o caminos que recorren la montaña. La diversidad de colores hace que el relieve no sea una simple barrera, sino una presencia viva que cambia según la luz.
El contraste entre el campo dorado y las montañas violetas constituye uno de los aspectos más atractivos de la composición. La calidez del primer plano aproxima el cereal al espectador, mientras que las tonalidades frías del fondo alejan visualmente el horizonte. Entre ambos extremos, los verdes de los árboles y de las parcelas funcionan como un puente cromático. Esta combinación produce un paisaje equilibrado, en el que cada zona posee una personalidad propia y, al mismo tiempo, contribuye a la armonía general.
El cielo ocupa una gran parte de la obra y aparece cubierto por una atmósfera clara, ligeramente nublada. Predominan los blancos, grises suaves, azules pálidos, violetas y discretos tonos rosados. Las nubes no parecen anunciar una tormenta, sino extenderse de manera tranquila sobre el paisaje, filtrando la luz y creando una claridad uniforme. Esta luminosidad contenida aporta serenidad y evita que los colores del campo resulten excesivamente intensos.
En la parte superior se perciben suaves variaciones cromáticas que sugieren el lento desplazamiento de las nubes. Algunas zonas son más claras y parecen abrirse hacia una luz lejana, mientras que otras adquieren matices azulados y violáceos. El cielo establece un diálogo con las montañas y repite parte de sus tonalidades frías, creando una continuidad entre la tierra y la atmósfera. Su amplitud refuerza la impresión de libertad y silencio que domina toda la escena.
La composición está organizada mediante una sucesión de planos claramente reconocibles. En primer lugar se encuentra el campo de cereal, abundante y luminoso; después aparecen la casa rural, los árboles y las parcelas verdes; finalmente, las montañas y el cielo cierran el horizonte. Esta estructura conduce la mirada de forma natural y permite recorrer visualmente todo el paisaje. Cada plano aporta información diferente sobre el lugar, pero ninguno interrumpe la serenidad del conjunto.
La ausencia de personas no implica que el paisaje se encuentre abandonado. La presencia de la casa, los cobertizos y el campo cultivado habla de una actividad humana constante, aunque en ese momento permanezca fuera de la vista. Puede imaginarse que los habitantes de la vivienda descansan en el interior o se preparan para comenzar la cosecha. Esta presencia sugerida añade una dimensión narrativa y permite contemplar la escena como un instante de pausa dentro de la vida agrícola.
El cuadro también transmite una poderosa sensación de equilibrio entre el trabajo humano y la naturaleza. El campo ha sido cultivado y las construcciones han sido levantadas por personas, pero todo aparece perfectamente integrado en el entorno. Los edificios respetan la escala del paisaje, los árboles los protegen y las montañas permanecen como una presencia eterna detrás de ellos. Esta convivencia armónica evoca una vida ligada a los ciclos naturales, al paso de las estaciones y a las tareas tradicionales del campo.
La escena posee una belleza sencilla y profundamente evocadora. No necesita representar un acontecimiento extraordinario, pues encuentra su fuerza en la contemplación de un momento cotidiano: un campo maduro bajo un cielo tranquilo, una casa protegida por los árboles y unas montañas que cierran el horizonte. El silencio aparente permite imaginar el sonido del viento entre las espigas, el roce de las plantas y los ruidos lejanos procedentes de la vivienda. Esta capacidad para despertar sensaciones convierte el paisaje en una experiencia íntima y envolvente.
En conjunto, este cuadro constituye una celebración serena de la vida rural y de la armonía entre la tierra cultivada, la arquitectura tradicional y el paisaje montañoso. El extenso campo dorado transmite fertilidad, abundancia y la proximidad de la cosecha, mientras que la casa y los cobertizos recuerdan la presencia discreta del ser humano. Los árboles aportan protección, las montañas ofrecen grandeza y permanencia, y el cielo ligeramente nublado envuelve toda la escena en una atmósfera tranquila y contemplativa. La obra invita a detenerse ante la belleza de lo sencillo y a valorar la profunda conexión existente entre el trabajo, el hogar y la naturaleza.
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