Sylvain Barberot - Kiss me






Estudió Historia del Arte en la École du Louvre y se especializó en arte contemporáneo por más de 25 años.
Protección del Comprador de Catawiki
Tu pago está protegido con nosotros hasta que recibas tu objeto.Ver detalles
Trustpilot 4.4 | 131562 valoraciones
Valoración Excelente en Trustpilot.
Kiss me es un cráneo de caramelo de Sylvain Barberot, Francia, 2026, dimensiones 11 x 19 x 17 cm, peso 4000 g, firmado a mano, en excelente estado, vendido directamente por el artista, obra no permanente y participativa.
Descripción del vendedor
"Kiss me" es el molde de un cráneo humano realizado en caramelo. Este cráneo está suspendido a 1,7 m del suelo y a 37 cm de la pared de modo que el espectador pueda Lamerlo, besarle. Besar a la muerte con el fin de hacerla desaparecer. Se trata, por tanto, de una obra no perdurable y destinada a no sobrevivir al tiempo.
La obra Kiss se inscribe con una notable agudeza en la tradición de las vanidades, al tiempo que propone una reinterpretación profundamente contemporánea y participativa. A primera vista, el objeto impone una presencia perturbadora: un cráneo humano, forma universal de la mortalidad, aquí reproduce con una precisión casi anatómica, pero transfigurado por una materia inesperada, el caramelo. Esta sustancia, a la vez seductora y perecedera, introduce una tensión inmediata entre atracción y repulsión.
La elección del caramelo no es insignificante. Evoca el universo de la infancia, del placer dulzón, del deseo inmediato. Sin embargo, esta dulzura se aplica a la representación de la muerte, creando un contraste asombroso. Donde las vanidades clásicas oponían riqueza y fugacidad, Kiss pone en escena una dialéctica entre consumo y desaparición. El espectador ya no se enfrenta simplemente a la imagen de la muerte: se le invita a participar físicamente.
La dimensión participativa de la obra constituye su gesto más radical. Suspendido a la altura de la boca, el cráneo se vuelve accesible, casi ofrecido. El título, Kiss, introduce una ambigüedad esencial: ¿se trata de un beso, gesto de afecto e intimidad, o de un contacto más primitivo, el de la lengua que prueba, que extrae, que altera? Al lamer la obra, el espectador involucra su propio cuerpo en un proceso de transformación. Se convierte en agente de la erosión, actor de la desaparición progresiva de la forma.
Así, la obra no se limita a representar la vanidad: la performa. Cada interacción reduce el objeto, lo deforma, hasta su eventual aniquilación. El tiempo, habitualmente sugerido en las vanidades tradicionales, aquí se acelera y se hace visible. La degradación ya no es abstracta, es tangible, casi íntima. Este gesto de consumo también remite a una forma de canibalismo simbólico: absorber el cráneo es incorporar la muerte, volver momentáneamente suya.
Por otra parte, Kiss interroga la relación entre obra y espectador en el contexto contemporáneo. Donde el arte suele estar protegido, sacralizado, aquí es vulnerable, expuesto, dependiente de los gestos del público. La obra acepta su propio fin como condición de su existencia. No está completa sino en su desaparición programada.
En definitiva, Kiss propone una meditación incisiva sobre la finitud humana, transformando un motivo clásico en una experiencia sensorial y colectiva. Entre deseo y destrucción, dulzura y macabro, recuerda que todo goce es efímero, y que la desaparición no es solo una idea, sino un proceso al que participamos, a veces con una deleitosa inquietud.
"Kiss me" es el molde de un cráneo humano realizado en caramelo. Este cráneo está suspendido a 1,7 m del suelo y a 37 cm de la pared de modo que el espectador pueda Lamerlo, besarle. Besar a la muerte con el fin de hacerla desaparecer. Se trata, por tanto, de una obra no perdurable y destinada a no sobrevivir al tiempo.
La obra Kiss se inscribe con una notable agudeza en la tradición de las vanidades, al tiempo que propone una reinterpretación profundamente contemporánea y participativa. A primera vista, el objeto impone una presencia perturbadora: un cráneo humano, forma universal de la mortalidad, aquí reproduce con una precisión casi anatómica, pero transfigurado por una materia inesperada, el caramelo. Esta sustancia, a la vez seductora y perecedera, introduce una tensión inmediata entre atracción y repulsión.
La elección del caramelo no es insignificante. Evoca el universo de la infancia, del placer dulzón, del deseo inmediato. Sin embargo, esta dulzura se aplica a la representación de la muerte, creando un contraste asombroso. Donde las vanidades clásicas oponían riqueza y fugacidad, Kiss pone en escena una dialéctica entre consumo y desaparición. El espectador ya no se enfrenta simplemente a la imagen de la muerte: se le invita a participar físicamente.
La dimensión participativa de la obra constituye su gesto más radical. Suspendido a la altura de la boca, el cráneo se vuelve accesible, casi ofrecido. El título, Kiss, introduce una ambigüedad esencial: ¿se trata de un beso, gesto de afecto e intimidad, o de un contacto más primitivo, el de la lengua que prueba, que extrae, que altera? Al lamer la obra, el espectador involucra su propio cuerpo en un proceso de transformación. Se convierte en agente de la erosión, actor de la desaparición progresiva de la forma.
Así, la obra no se limita a representar la vanidad: la performa. Cada interacción reduce el objeto, lo deforma, hasta su eventual aniquilación. El tiempo, habitualmente sugerido en las vanidades tradicionales, aquí se acelera y se hace visible. La degradación ya no es abstracta, es tangible, casi íntima. Este gesto de consumo también remite a una forma de canibalismo simbólico: absorber el cráneo es incorporar la muerte, volver momentáneamente suya.
Por otra parte, Kiss interroga la relación entre obra y espectador en el contexto contemporáneo. Donde el arte suele estar protegido, sacralizado, aquí es vulnerable, expuesto, dependiente de los gestos del público. La obra acepta su propio fin como condición de su existencia. No está completa sino en su desaparición programada.
En definitiva, Kiss propone una meditación incisiva sobre la finitud humana, transformando un motivo clásico en una experiencia sensorial y colectiva. Entre deseo y destrucción, dulzura y macabro, recuerda que todo goce es efímero, y que la desaparición no es solo una idea, sino un proceso al que participamos, a veces con una deleitosa inquietud.
