Alberto Carlos Ayala (XX) - Apis






Máster en Innovación y Organización de las Artes, diez años en arte italiano contemporáneo.
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Descripción del vendedor
40x40x1,5cm
La obra se desarrolla como punto de intersección entre arqueología simbólica y materia pictórica, fundiendo la iconografía minoica del Toro con la tradición mural de la antigua Pompeya. En este diálogo entre civilizaciones del Mediterráneo arcaico, la pintura asume el carácter de una superficie ritual, en la que el signo activa una memoria profunda y se carga de una función simbólica primaria.
El Toro, arquetipo central de numerosas culturas antiguas, emerge en forma esencial a través de un signo reducido y estructurado. En la civilización minoica representaba fuerza vital, fertilidad y relación con lo sagrado; en el antiguo Egipto era venerado como manifestación divina, encarnación de potencia generativa y principio de protección. Esta estratificación cultural converge en la obra, en la que el Toro se configura como presencia simbólica universal, capaz de atravesar tiempo y geografías manteniendo intacta su intensidad.
La síntesis formal evoca un lenguaje originario, en el que la imagen y el significado coinciden y el signo asume valor activo. La superficie pictórica se construye mediante una extensión cromática compacta y vibrante, dominada por tonalidades de rojo que evocan las matrices pigmentarias de la pintura mural pompeiana. El color actúa como materia viva, retiene la luz, absorbe el tiempo y genera un espacio mental continuo dentro del cual el símbolo se manifiesta con claridad y concentración.
En la tradición del mundo antiguo, la representación del Toro estaba ligada a una función sagrada y ritual: imagen estable, codificada, portadora de significados compartidos y reconocibles. En la investigación artística moderna y contemporánea, el mismo arquetipo se atraviesa como campo de transformación, en el que el signo se libera de la necesidad narrativa y se concentra en la energía, en la estructura y en la percepción. La obra se ubica en este paso, manteniendo la densidad simbólica originaria y traduciéndola a un lenguaje esencial y actual.
El trabajo nace de un estudio de las técnicas y pigmentos antiguos, reinterpretados a través de una práctica contemporánea que emplea materiales modernos y atóxicos. Esta elección establece un puente entre permanencia y transformación, reafirmando la pintura como lugar de continuidad cultural y renovación lingüística.
La composición se organiza según una estructura centrada y medida, en la que el signo del Toro se relaciona con un perímetro interno que remite a la dimensión arquitectónica de la pintura mural. Este dispositivo formal construye un espacio de concentración y de equilibrio, reforzando la naturaleza contemplativa de la obra.
El trabajo se integra de forma coherente dentro de una investigación que indaga la relación entre hombre, naturaleza y símbolo, en línea con una visión en la que la imagen se convierte en lugar de conexión y custodia del paisaje interior y exterior. En esta perspectiva, la pintura se configura como un espacio de concentración y resistencia, capaz de sustraerse a la dispersión contemporánea y de reconducir el gesto a una dimensión originaria del pensamiento.
Para claridad formal, coherencia conceptual y capacidad de activar un imaginario arquetípico a través de un lenguaje esencial, la obra se sitúa con naturalidad en un contexto coleccionista atento a la investigación contemporánea que dialoga con la memoria histórica.
40x40x1,5cm
La obra se desarrolla como punto de intersección entre arqueología simbólica y materia pictórica, fundiendo la iconografía minoica del Toro con la tradición mural de la antigua Pompeya. En este diálogo entre civilizaciones del Mediterráneo arcaico, la pintura asume el carácter de una superficie ritual, en la que el signo activa una memoria profunda y se carga de una función simbólica primaria.
El Toro, arquetipo central de numerosas culturas antiguas, emerge en forma esencial a través de un signo reducido y estructurado. En la civilización minoica representaba fuerza vital, fertilidad y relación con lo sagrado; en el antiguo Egipto era venerado como manifestación divina, encarnación de potencia generativa y principio de protección. Esta estratificación cultural converge en la obra, en la que el Toro se configura como presencia simbólica universal, capaz de atravesar tiempo y geografías manteniendo intacta su intensidad.
La síntesis formal evoca un lenguaje originario, en el que la imagen y el significado coinciden y el signo asume valor activo. La superficie pictórica se construye mediante una extensión cromática compacta y vibrante, dominada por tonalidades de rojo que evocan las matrices pigmentarias de la pintura mural pompeiana. El color actúa como materia viva, retiene la luz, absorbe el tiempo y genera un espacio mental continuo dentro del cual el símbolo se manifiesta con claridad y concentración.
En la tradición del mundo antiguo, la representación del Toro estaba ligada a una función sagrada y ritual: imagen estable, codificada, portadora de significados compartidos y reconocibles. En la investigación artística moderna y contemporánea, el mismo arquetipo se atraviesa como campo de transformación, en el que el signo se libera de la necesidad narrativa y se concentra en la energía, en la estructura y en la percepción. La obra se ubica en este paso, manteniendo la densidad simbólica originaria y traduciéndola a un lenguaje esencial y actual.
El trabajo nace de un estudio de las técnicas y pigmentos antiguos, reinterpretados a través de una práctica contemporánea que emplea materiales modernos y atóxicos. Esta elección establece un puente entre permanencia y transformación, reafirmando la pintura como lugar de continuidad cultural y renovación lingüística.
La composición se organiza según una estructura centrada y medida, en la que el signo del Toro se relaciona con un perímetro interno que remite a la dimensión arquitectónica de la pintura mural. Este dispositivo formal construye un espacio de concentración y de equilibrio, reforzando la naturaleza contemplativa de la obra.
El trabajo se integra de forma coherente dentro de una investigación que indaga la relación entre hombre, naturaleza y símbolo, en línea con una visión en la que la imagen se convierte en lugar de conexión y custodia del paisaje interior y exterior. En esta perspectiva, la pintura se configura como un espacio de concentración y resistencia, capaz de sustraerse a la dispersión contemporánea y de reconducir el gesto a una dimensión originaria del pensamiento.
Para claridad formal, coherencia conceptual y capacidad de activar un imaginario arquetípico a través de un lenguaje esencial, la obra se sitúa con naturalidad en un contexto coleccionista atento a la investigación contemporánea que dialoga con la memoria histórica.
