Sylvain Barberot - Vierge luminescente





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Sylvain Barberot presenta Vierge luminescente, una escultura beige en resina con pintura fosforescente de 2022, de 22 cm de ancho, 33 cm de alto y 28 cm de profundidad, pesa 840 g, firma a mano, originaria de Francia, vendida directamente por el artista en excelente estado.
Descripción del vendedor
Análisis de obra – *Virgen luminescente*
La *Virgen luminescente* se presenta primero como una figura familiar, casi tranquilizadora: un busto de Virgen inspirado en la iconografía religiosa tradicional, reconocible por su velo, por la suave inclinación de la cabeza y la expresión recogida del rostro. Sin embargo, esta aparente continuidad con las representaciones clásicas se ve rápidamente perturbada por varias alteraciones significativas que desplazan la obra hacia un registro contemporáneo, incluso crítico.
El primer elemento que marca la diferencia es la propia naturaleza del objeto: no se trata de una escultura llena, sino de un molde, hueco, cuyo reverso permanece abierto y visible. Esta materialidad inacabada rompe con la idea de una figura sagrada encarnada y estable. El cuerpo de la Virgen se convierte en envoltura, superficie, rastro de una ausencia más que en una presencia plena. Este elección implica una reflexión sobre la reproducción, la serie y la pérdida de unicidad de la imagen religiosa en el mundo moderno.
A ello se añade la dimensión de la alteración física: la Virgen es tuerta. Este detalle, discreto pero perturbador, introduce una tensión entre lo sagrado y la fragilidad. La imagen idealizada de pureza y perfección aquí se ve fisurada. La mirada, tradicionalmente portadora de espiritualidad y mediación divina, está parcialmente ausente, como si la figura hubiera perdido una parte de su capacidad para ver o guiar. Esta ceguera parcial puede interpretarse como una metáfora: de una fe alterada, de una tradición que ya no ve enteramente, o de una mirada humana incapaz de acceder plenamente a lo divino.
Sin embargo, el elemento más llamativo sigue siendo el uso de la pintura fosforescente. A la luz del día, la obra aparece pálida, casi frágil, en un tono verdoso que ya evoca cierta extrañeza. Pero en la oscuridad, se transforma radicalmente: la Virgen se convierte en fuente de luz, irradiando un verde intenso y espectral. Esta mutación introduce una dualidad temporal y perceptiva: la obra no es plenamente visible sino en la ausencia de luz exterior.
Este fenómeno invierte los códigos tradicionales de la representación sagrada. Habitualmente, la luz sirve para revelar la figura divina; aquí, es la propia figura quien emite una luz artificial. lo sagrado ya no es trascendente, sino producido por un procedimiento químico. Esta inversión puede leerse como una reflexión sobre la secularización: la espiritualidad se convierte en un efecto, una ilusión lumínica que persiste en la oscuridad pero depende de una activación previa (la exposición a la luz).
Por último, la cualidad casi fantasmagórica de la luminescencia confiere a la obra una presencia ambigua, entre aparición y desaparición. La Virgen parece rondar el espacio, oscilando entre protección y preocupación. Ya no es solo un objeto de devoción, sino también una imagen espectral, residuo lumínico de una creencia pasada.
Así, *Virgen luminescente* articula con sutileza varias tensiones: entre lleno e hueco, sagrado y profano, visibilidad y oscuridad, presencia y ausencia. Al transformar una figura icónica en un objeto alterado y luminescente, la obra interroga la persistencia de los símbolos religiosos en un mundo contemporáneo donde la luz misma se vuelve artificial e inestable.
Análisis de obra – *Virgen luminescente*
La *Virgen luminescente* se presenta primero como una figura familiar, casi tranquilizadora: un busto de Virgen inspirado en la iconografía religiosa tradicional, reconocible por su velo, por la suave inclinación de la cabeza y la expresión recogida del rostro. Sin embargo, esta aparente continuidad con las representaciones clásicas se ve rápidamente perturbada por varias alteraciones significativas que desplazan la obra hacia un registro contemporáneo, incluso crítico.
El primer elemento que marca la diferencia es la propia naturaleza del objeto: no se trata de una escultura llena, sino de un molde, hueco, cuyo reverso permanece abierto y visible. Esta materialidad inacabada rompe con la idea de una figura sagrada encarnada y estable. El cuerpo de la Virgen se convierte en envoltura, superficie, rastro de una ausencia más que en una presencia plena. Este elección implica una reflexión sobre la reproducción, la serie y la pérdida de unicidad de la imagen religiosa en el mundo moderno.
A ello se añade la dimensión de la alteración física: la Virgen es tuerta. Este detalle, discreto pero perturbador, introduce una tensión entre lo sagrado y la fragilidad. La imagen idealizada de pureza y perfección aquí se ve fisurada. La mirada, tradicionalmente portadora de espiritualidad y mediación divina, está parcialmente ausente, como si la figura hubiera perdido una parte de su capacidad para ver o guiar. Esta ceguera parcial puede interpretarse como una metáfora: de una fe alterada, de una tradición que ya no ve enteramente, o de una mirada humana incapaz de acceder plenamente a lo divino.
Sin embargo, el elemento más llamativo sigue siendo el uso de la pintura fosforescente. A la luz del día, la obra aparece pálida, casi frágil, en un tono verdoso que ya evoca cierta extrañeza. Pero en la oscuridad, se transforma radicalmente: la Virgen se convierte en fuente de luz, irradiando un verde intenso y espectral. Esta mutación introduce una dualidad temporal y perceptiva: la obra no es plenamente visible sino en la ausencia de luz exterior.
Este fenómeno invierte los códigos tradicionales de la representación sagrada. Habitualmente, la luz sirve para revelar la figura divina; aquí, es la propia figura quien emite una luz artificial. lo sagrado ya no es trascendente, sino producido por un procedimiento químico. Esta inversión puede leerse como una reflexión sobre la secularización: la espiritualidad se convierte en un efecto, una ilusión lumínica que persiste en la oscuridad pero depende de una activación previa (la exposición a la luz).
Por último, la cualidad casi fantasmagórica de la luminescencia confiere a la obra una presencia ambigua, entre aparición y desaparición. La Virgen parece rondar el espacio, oscilando entre protección y preocupación. Ya no es solo un objeto de devoción, sino también una imagen espectral, residuo lumínico de una creencia pasada.
Así, *Virgen luminescente* articula con sutileza varias tensiones: entre lleno e hueco, sagrado y profano, visibilidad y oscuridad, presencia y ausencia. Al transformar una figura icónica en un objeto alterado y luminescente, la obra interroga la persistencia de los símbolos religiosos en un mundo contemporáneo donde la luz misma se vuelve artificial e inestable.

