Enric Solanilla (1963) - Susurros de hojas





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Susurros de hojas, pintura al óleo sobre papel de Enric Solanilla (1963), firmada a mano, 31 cm de alto por 40 cm de ancho, procedente de España, posterior a 2020, vendida por Galería.
Descripción del vendedor
Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Enric Solanilla, que representa una frondosa arboleda iluminada junto a un prado verde, evocando la frescura, la calma y la belleza renovadora de la naturaleza. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 20x30 cm.
· Óleo sobre papel firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra, Solanilla.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.
La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta una frondosa arboleda que se extiende horizontalmente ante un amplio terreno cubierto de hierba. La composición está dominada por una extraordinaria variedad de verdes, desde los tonos más claros y luminosos hasta matices profundos cercanos al negro. La escena transmite una sensación inmediata de frescura, serenidad y contacto directo con la naturaleza, como si el espectador se encontrara frente al bosque durante una tranquila jornada de primavera.
La vegetación ocupa casi toda la superficie y forma una gran masa viva en la que los árboles parecen crecer muy próximos entre sí. Sus copas se entrelazan y crean una continuidad visual que recorre la obra de un extremo al otro. A pesar de esta densidad, cada ejemplar mantiene una presencia propia gracias a los cambios de altura, luminosidad y color que distinguen unas siluetas de otras.
Los árboles presentan troncos esbeltos y relativamente claros, algunos de ellos ligeramente inclinados o parcialmente ocultos por el follaje. Su verticalidad aporta estructura a la composición y contrasta con la extensión horizontal del prado. Estas líneas pálidas aparecen y desaparecen entre las hojas, creando un ritmo visual que permite recorrer lentamente la profundidad de la arboleda.
En la zona central se elevan varios árboles de mayor altura, cuyas copas sobresalen sobre el conjunto y rompen suavemente la regularidad del horizonte vegetal. Su presencia aporta dinamismo y convierte el bosque en una formación orgánica, alejada de cualquier simetría rígida. Los árboles de los extremos, ligeramente más bajos, ayudan a concentrar la mirada en esta parte central.
El follaje está compuesto por una gran riqueza de pequeñas variaciones cromáticas. Verdes oliva, amarillentos, esmeralda, musgo y tonos grisáceos se superponen para sugerir miles de hojas alcanzadas por distintas intensidades de luz. Algunos puntos claros parecen brillar entre las copas, como destellos del sol filtrándose a través de las ramas, mientras las zonas oscuras indican la profundidad interior del bosque.
La luz parece descender desde la parte superior y distribuirse de forma irregular sobre la vegetación. Las copas más altas reciben una claridad suave que las vuelve amarillentas y luminosas, mientras la parte inferior permanece en una sombra más densa. Esta transición concede volumen a los árboles y genera la impresión de que el bosque se adentra mucho más allá de la primera línea de troncos.
El cielo aparece parcialmente visible sobre las copas mediante una franja clara de blancos, grises suaves y verdes muy pálidos. Su luminosidad envuelve el paisaje sin imponerse sobre él y sugiere una jornada ligeramente cubierta o una luz difusa de primeras horas del día. Esta atmósfera uniforme suaviza los contrastes y refuerza el carácter tranquilo y contemplativo de la escena.
En primer plano, el prado establece una zona abierta que permite respirar a la composición. Sus verdes más uniformes contrastan con la riqueza y complejidad del follaje, creando una separación clara entre el terreno despejado y el comienzo del bosque. La hierba parece extenderse hacia los árboles formando una suave pendiente, lo que aporta profundidad y acerca visualmente al espectador a la arboleda.
Dentro del prado aparecen múltiples variaciones de verde, acompañadas por pequeños matices amarillentos, grises y azulados. Estas diferencias sugieren hierbas de distinta altura, irregularidades del terreno y zonas alcanzadas por la luz. La superficie no resulta completamente lisa, sino llena de pequeños cambios que transmiten la sensación de un espacio natural y vivo.
La línea donde termina la hierba y comienzan los árboles es especialmente rica en detalles. Allí se concentra una franja de vegetación baja que puede recordar arbustos, plantas silvestres y ramas próximas al suelo. Esta transición evita que los troncos parezcan aislados y los integra en un ecosistema abundante, donde cada nivel vegetal se relaciona con el siguiente.
La ausencia de figuras humanas y construcciones refuerza la pureza del paisaje. Todo el protagonismo corresponde a la naturaleza, presentada como un espacio autónomo, silencioso y en constante crecimiento. La escena invita a imaginar el sonido de las hojas movidas por una brisa ligera, el canto de los pájaros escondidos entre las ramas y el aroma fresco de la hierba.
El bosque no aparece como un lugar oscuro o amenazante, sino como un refugio de calma. Aunque su interior conserva cierta profundidad misteriosa, la luminosidad de las copas y la apertura del prado transmiten confianza y bienestar. Esta combinación de intimidad y amplitud convierte el paisaje en un espacio ideal para la contemplación y el descanso.
El predominio casi absoluto del verde concede a la obra una gran unidad visual, pero la diversidad de matices evita cualquier monotonía. Cada zona parece poseer su propia intensidad y temperatura: algunos verdes se muestran cálidos y dorados, mientras otros resultan fríos, profundos y azulados. Esta riqueza hace que la escena cambie según la distancia desde la que se observa.
Más allá de su apariencia natural, la obra puede interpretarse como una celebración de la renovación, el equilibrio y la continuidad de la vida. Los árboles representan crecimiento y permanencia, mientras el prado abierto sugiere libertad y descanso. La arboleda aparece así como un símbolo de serenidad, arraigo y conexión con los ritmos esenciales de la naturaleza.
En conjunto, la obra ofrece una visión envolvente y luminosa de una arboleda frondosa extendida frente a un prado verde. La riqueza del follaje, la verticalidad de los troncos y los delicados cambios de luz construyen una atmósfera de frescura y profunda tranquilidad. Es un paisaje capaz de aportar equilibrio, naturalidad y una agradable sensación de refugio a cualquier estancia, invitando a detenerse y respirar ante la belleza silenciosa del bosque.
Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Enric Solanilla, que representa una frondosa arboleda iluminada junto a un prado verde, evocando la frescura, la calma y la belleza renovadora de la naturaleza. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.
· Dimensiones de la obra: 20x30 cm.
· Óleo sobre papel firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra, Solanilla.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.
Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.
La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.
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Este cuadro presenta una frondosa arboleda que se extiende horizontalmente ante un amplio terreno cubierto de hierba. La composición está dominada por una extraordinaria variedad de verdes, desde los tonos más claros y luminosos hasta matices profundos cercanos al negro. La escena transmite una sensación inmediata de frescura, serenidad y contacto directo con la naturaleza, como si el espectador se encontrara frente al bosque durante una tranquila jornada de primavera.
La vegetación ocupa casi toda la superficie y forma una gran masa viva en la que los árboles parecen crecer muy próximos entre sí. Sus copas se entrelazan y crean una continuidad visual que recorre la obra de un extremo al otro. A pesar de esta densidad, cada ejemplar mantiene una presencia propia gracias a los cambios de altura, luminosidad y color que distinguen unas siluetas de otras.
Los árboles presentan troncos esbeltos y relativamente claros, algunos de ellos ligeramente inclinados o parcialmente ocultos por el follaje. Su verticalidad aporta estructura a la composición y contrasta con la extensión horizontal del prado. Estas líneas pálidas aparecen y desaparecen entre las hojas, creando un ritmo visual que permite recorrer lentamente la profundidad de la arboleda.
En la zona central se elevan varios árboles de mayor altura, cuyas copas sobresalen sobre el conjunto y rompen suavemente la regularidad del horizonte vegetal. Su presencia aporta dinamismo y convierte el bosque en una formación orgánica, alejada de cualquier simetría rígida. Los árboles de los extremos, ligeramente más bajos, ayudan a concentrar la mirada en esta parte central.
El follaje está compuesto por una gran riqueza de pequeñas variaciones cromáticas. Verdes oliva, amarillentos, esmeralda, musgo y tonos grisáceos se superponen para sugerir miles de hojas alcanzadas por distintas intensidades de luz. Algunos puntos claros parecen brillar entre las copas, como destellos del sol filtrándose a través de las ramas, mientras las zonas oscuras indican la profundidad interior del bosque.
La luz parece descender desde la parte superior y distribuirse de forma irregular sobre la vegetación. Las copas más altas reciben una claridad suave que las vuelve amarillentas y luminosas, mientras la parte inferior permanece en una sombra más densa. Esta transición concede volumen a los árboles y genera la impresión de que el bosque se adentra mucho más allá de la primera línea de troncos.
El cielo aparece parcialmente visible sobre las copas mediante una franja clara de blancos, grises suaves y verdes muy pálidos. Su luminosidad envuelve el paisaje sin imponerse sobre él y sugiere una jornada ligeramente cubierta o una luz difusa de primeras horas del día. Esta atmósfera uniforme suaviza los contrastes y refuerza el carácter tranquilo y contemplativo de la escena.
En primer plano, el prado establece una zona abierta que permite respirar a la composición. Sus verdes más uniformes contrastan con la riqueza y complejidad del follaje, creando una separación clara entre el terreno despejado y el comienzo del bosque. La hierba parece extenderse hacia los árboles formando una suave pendiente, lo que aporta profundidad y acerca visualmente al espectador a la arboleda.
Dentro del prado aparecen múltiples variaciones de verde, acompañadas por pequeños matices amarillentos, grises y azulados. Estas diferencias sugieren hierbas de distinta altura, irregularidades del terreno y zonas alcanzadas por la luz. La superficie no resulta completamente lisa, sino llena de pequeños cambios que transmiten la sensación de un espacio natural y vivo.
La línea donde termina la hierba y comienzan los árboles es especialmente rica en detalles. Allí se concentra una franja de vegetación baja que puede recordar arbustos, plantas silvestres y ramas próximas al suelo. Esta transición evita que los troncos parezcan aislados y los integra en un ecosistema abundante, donde cada nivel vegetal se relaciona con el siguiente.
La ausencia de figuras humanas y construcciones refuerza la pureza del paisaje. Todo el protagonismo corresponde a la naturaleza, presentada como un espacio autónomo, silencioso y en constante crecimiento. La escena invita a imaginar el sonido de las hojas movidas por una brisa ligera, el canto de los pájaros escondidos entre las ramas y el aroma fresco de la hierba.
El bosque no aparece como un lugar oscuro o amenazante, sino como un refugio de calma. Aunque su interior conserva cierta profundidad misteriosa, la luminosidad de las copas y la apertura del prado transmiten confianza y bienestar. Esta combinación de intimidad y amplitud convierte el paisaje en un espacio ideal para la contemplación y el descanso.
El predominio casi absoluto del verde concede a la obra una gran unidad visual, pero la diversidad de matices evita cualquier monotonía. Cada zona parece poseer su propia intensidad y temperatura: algunos verdes se muestran cálidos y dorados, mientras otros resultan fríos, profundos y azulados. Esta riqueza hace que la escena cambie según la distancia desde la que se observa.
Más allá de su apariencia natural, la obra puede interpretarse como una celebración de la renovación, el equilibrio y la continuidad de la vida. Los árboles representan crecimiento y permanencia, mientras el prado abierto sugiere libertad y descanso. La arboleda aparece así como un símbolo de serenidad, arraigo y conexión con los ritmos esenciales de la naturaleza.
En conjunto, la obra ofrece una visión envolvente y luminosa de una arboleda frondosa extendida frente a un prado verde. La riqueza del follaje, la verticalidad de los troncos y los delicados cambios de luz construyen una atmósfera de frescura y profunda tranquilidad. Es un paisaje capaz de aportar equilibrio, naturalidad y una agradable sensación de refugio a cualquier estancia, invitando a detenerse y respirar ante la belleza silenciosa del bosque.

