Elizabeth - Cerezos en las Alturas





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Elizabeth, Cerezos en las Alturas, óleo sobre lienzo, edición original, 80 × 61 cm, posterior a 2020, firmada a mano, España, vendida directamente por la artista, en excelente estado.
Descripción del vendedor
Obra de arte de la artista Elizabeth realizada en la técnica Óleo sobre lienzo profesional de alta calidad.
Dimensión de 61 x 80 cm de pintura.
Edición original.
El envío se realizará a través de la Cia. United Parcel Service (UPS), para España y Europa, y a través de la Cia. Fedex para el resto del mundo.
La obra irá enrollada y estará protegida mediante varias capas de embalaje, nailón burbuja y colocada en un tubo resistente.
Una vez pagada la obra, se requieren tres días para el proceso de embalaje y entrega a la compañía de envió.
La pieza le llegará al termino de diez días, según el país de destino.
La pintora cubana Elizabeth (formación profesional), residente y activa en La Habana, desarrolla una serie de paisajes oníricos donde la arquitectura doméstica se posa sobre rocas suspendidas y equilibrios imposibles. Sus composiciones —entre lo marino y lo celestial— proponen una reflexión poética sobre el refugio, la memoria y la fragilidad de lo habitable. Con un manejo atmosférico del cielo y una paleta vibrante de azules, rosados y verdes, la artista crea escenas de intensa luminosidad emocional: ventanas encendidas, chimeneas humeantes, escaleras que ascienden, árboles que florecen en alturas improbables. La obra combina precisión en el detalle y expresividad en la materia, logrando imágenes de fuerte impacto visual y narrativa, capaces de convivir entre la contemplación y el asombro.
Estas piezas de Elizabeth construyen un universo donde la casa —ese símbolo íntimo de refugio— se vuelve una idea poética más que una arquitectura: aparece suspendida, anclada a rocas imposibles, equilibrada en torres de piedra, aislada en islotes mínimos como si el mundo real se hubiese reducido a lo esencial. Hay una narrativa silenciosa en cada escena: la escalera que sube hacia lo incierto, el humo que sale de una chimenea como señal de vida, las ventanas encendidas que vuelven cálido lo remoto, y los árboles que, aun en alturas improbables, se abren como una promesa de continuidad.
La temática es, en el fondo, una metáfora sobre la pertenencia y el equilibrio: “habitar” no es solo estar en un lugar, sino sostenerlo. Elizabeth convierte el paisaje en un estado emocional. La piedra —pesada, ancestral— aparece trabajada con volumen y matices, con colores que pasan del violeta al ocre y del azul profundo a verdes musgosos, como si cada roca guardara memoria y tiempo. Encima, la vida: techos rojos, madera iluminada, follajes exuberantes. Esa tensión entre lo sólido y lo frágil, entre lo estable y lo suspendido, es donde la obra respira con más fuerza.
En lo cromático hay una decisión clara: cielos amplios, atmosféricos, cargados de nubes que funcionan como escenario y como música. El color no se limita a “describir”; interpreta. Los azules se vuelven océano y también distancia; los rosas y naranjas del crepúsculo aportan una melancolía luminosa; los verdes, a ratos intensos, introducen esperanza y frescura. La pincelada alterna entre zonas suaves (cielos y veladuras) y momentos más enfáticos en el follaje y la roca, donde se percibe un gusto por el contraste y por la textura. El resultado es una imagen de gran legibilidad —casi de cuento—, pero con una profundidad simbólica que evita lo meramente decorativo.
También destaca el sentido compositivo: Elizabeth sabe guiar la mirada con rutas claras (escaleras, barandas, diagonales del acantilado, curvas de troncos) y crear centros de interés sin saturar. Los pájaros, las olas, las piedras del primer plano o los detalles de puertas y balcones no son accesorios: son signos que activan la escena, pequeñas “pruebas” de realidad dentro de un mundo que se permite lo imposible. Esa mezcla de fantasía y verdad emocional sitúa estas obras en un territorio cercano al realismo mágico pictórico: un lugar donde lo extraordinario no sorprende, simplemente sucede.
Esta pintura al óleo sobre lienzo presenta una escena onírica y fantástica donde una cabaña de madera rústica y acogedora, con un tejado azul y una pequeña terraza, descansa sobre una pila de tres grandes rocas esféricas que se equilibran precariamente en medio de un mar de nubes esponjosas. Un exuberante árbol con flores de color rosa vibrante emerge del techo de la cabaña, dominando la composición. Una larga escalera de mano de madera se extiende desde la base de la roca más grande hasta la plataforma que sostiene la cabaña, sugiriendo el único acceso al refugio, mientras que en el fondo se aprecian tenues montañas y una bandada de pájaros volando en un cielo azul brillante. La paleta de colores es rica y saturada, contrastando los tonos cálidos de la madera y las rocas con los azules fríos del cielo y las nubes, evocando una sensación de aislamiento sereno y una tensión maravillosa entre la fragilidad del entorno y la estabilidad del refugio.
Obra de arte de la artista Elizabeth realizada en la técnica Óleo sobre lienzo profesional de alta calidad.
Dimensión de 61 x 80 cm de pintura.
Edición original.
El envío se realizará a través de la Cia. United Parcel Service (UPS), para España y Europa, y a través de la Cia. Fedex para el resto del mundo.
La obra irá enrollada y estará protegida mediante varias capas de embalaje, nailón burbuja y colocada en un tubo resistente.
Una vez pagada la obra, se requieren tres días para el proceso de embalaje y entrega a la compañía de envió.
La pieza le llegará al termino de diez días, según el país de destino.
La pintora cubana Elizabeth (formación profesional), residente y activa en La Habana, desarrolla una serie de paisajes oníricos donde la arquitectura doméstica se posa sobre rocas suspendidas y equilibrios imposibles. Sus composiciones —entre lo marino y lo celestial— proponen una reflexión poética sobre el refugio, la memoria y la fragilidad de lo habitable. Con un manejo atmosférico del cielo y una paleta vibrante de azules, rosados y verdes, la artista crea escenas de intensa luminosidad emocional: ventanas encendidas, chimeneas humeantes, escaleras que ascienden, árboles que florecen en alturas improbables. La obra combina precisión en el detalle y expresividad en la materia, logrando imágenes de fuerte impacto visual y narrativa, capaces de convivir entre la contemplación y el asombro.
Estas piezas de Elizabeth construyen un universo donde la casa —ese símbolo íntimo de refugio— se vuelve una idea poética más que una arquitectura: aparece suspendida, anclada a rocas imposibles, equilibrada en torres de piedra, aislada en islotes mínimos como si el mundo real se hubiese reducido a lo esencial. Hay una narrativa silenciosa en cada escena: la escalera que sube hacia lo incierto, el humo que sale de una chimenea como señal de vida, las ventanas encendidas que vuelven cálido lo remoto, y los árboles que, aun en alturas improbables, se abren como una promesa de continuidad.
La temática es, en el fondo, una metáfora sobre la pertenencia y el equilibrio: “habitar” no es solo estar en un lugar, sino sostenerlo. Elizabeth convierte el paisaje en un estado emocional. La piedra —pesada, ancestral— aparece trabajada con volumen y matices, con colores que pasan del violeta al ocre y del azul profundo a verdes musgosos, como si cada roca guardara memoria y tiempo. Encima, la vida: techos rojos, madera iluminada, follajes exuberantes. Esa tensión entre lo sólido y lo frágil, entre lo estable y lo suspendido, es donde la obra respira con más fuerza.
En lo cromático hay una decisión clara: cielos amplios, atmosféricos, cargados de nubes que funcionan como escenario y como música. El color no se limita a “describir”; interpreta. Los azules se vuelven océano y también distancia; los rosas y naranjas del crepúsculo aportan una melancolía luminosa; los verdes, a ratos intensos, introducen esperanza y frescura. La pincelada alterna entre zonas suaves (cielos y veladuras) y momentos más enfáticos en el follaje y la roca, donde se percibe un gusto por el contraste y por la textura. El resultado es una imagen de gran legibilidad —casi de cuento—, pero con una profundidad simbólica que evita lo meramente decorativo.
También destaca el sentido compositivo: Elizabeth sabe guiar la mirada con rutas claras (escaleras, barandas, diagonales del acantilado, curvas de troncos) y crear centros de interés sin saturar. Los pájaros, las olas, las piedras del primer plano o los detalles de puertas y balcones no son accesorios: son signos que activan la escena, pequeñas “pruebas” de realidad dentro de un mundo que se permite lo imposible. Esa mezcla de fantasía y verdad emocional sitúa estas obras en un territorio cercano al realismo mágico pictórico: un lugar donde lo extraordinario no sorprende, simplemente sucede.
Esta pintura al óleo sobre lienzo presenta una escena onírica y fantástica donde una cabaña de madera rústica y acogedora, con un tejado azul y una pequeña terraza, descansa sobre una pila de tres grandes rocas esféricas que se equilibran precariamente en medio de un mar de nubes esponjosas. Un exuberante árbol con flores de color rosa vibrante emerge del techo de la cabaña, dominando la composición. Una larga escalera de mano de madera se extiende desde la base de la roca más grande hasta la plataforma que sostiene la cabaña, sugiriendo el único acceso al refugio, mientras que en el fondo se aprecian tenues montañas y una bandada de pájaros volando en un cielo azul brillante. La paleta de colores es rica y saturada, contrastando los tonos cálidos de la madera y las rocas con los azules fríos del cielo y las nubes, evocando una sensación de aislamiento sereno y una tensión maravillosa entre la fragilidad del entorno y la estabilidad del refugio.

