Sergio Romiti - Catalogo ragionato dei dipinti - 2019





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Sergio Romiti Catálogo razonado de las pinturas, 2 volúmenes, 992 páginas, italiano, encuadernación rígida, 1ª edición (más antiguo 2019), estuche editorial, en muy buen estado.
Descripción del vendedor
Sergio Romiti. Catálogo razonado de las pinturas de Sergio Romiti (Bologna, 1928-2000). 2 volúmenes con un total de 992 páginas; presenta toda la producción archivada del artista (1.640 pinturas reproducidas en blanco y negro y 137 obras a color). Caja editorial. En buen estado - pliegues marginales en la sobrecubierta. En subasta sin reserva!!!!
Sergio Romiti (Bologna, 14 de abril de 1928 – Bologna, 12 de marzo de 2000) fue un pintor italiano. Nunca se adhirió a ningún grupo. Comienza a pintar en 1946. A partir de 1947 participa activamente en la vida artística. Montale lo definió como “reconocible entre mil”.
Biografía
El mismo tema en detalle: Realismo socialista.
Ya en 1946 se dedica a la pintura. Su entrada en la vida artística se remonta a 1947, mientras que su bautismo artístico definitivo fue en 1948, cuando expone en la Primera Exposición Nacional de Arte Contemporáneo en Bolonia. Exposición importante porque participaron todos los artistas de la generación intermedia (Birolli, Guttuso, Cassinari, Corpora, Afro, Santomaso, Vedova, Mirko, Fazzini, Minguzzi) y aún más porque sirvió como pretexto para una airada postura de Togliatti contra el arte moderno, como tipo de arte que no corresponde al ideal de realismo socialista. Tras tal sentencia, los artistas se dividen: quienes quieren salvar lo salvable —como Guttuso— y quienes quieren arrogarse el derecho —como el Grupo Forma— de estar inscritos en el partido pero expresarse de manera nueva. Romiti no toma posición, sin pretender ser realista ni abstracto, ni estando inscrito en el partido. Al año siguiente expone en la Galleria del Secolo de Roma junto a Vacchi y Barnabè. En 1954 gana un premio de adquisición en la segunda edición del Premio Spoleto.
Permanece en el centro de la escena artística italiana y obtiene en 1960 una sala personal en la Bienal de Venecia. Después de los años 60, llevará a las últimas consecuencias su itinerario artístico. Sin haberse alejado de su ciudad natal salvo brevemente y tras llevar una vida apartada y solitaria, decide quitarse la vida el 12 de marzo de 2000.
La Bolonia de Sergio Romiti
Poética
Partiendo de un neo-picassismo muy personal (principios de los años cincuenta), Romiti se deja influir por el código expresivo y poético de su convecino Giorgio Morandi. En 1954, en la revista Paragone, el crítico de arte Arcangeli incluye —de forma impropia— al nuestro entre los Últimos Naturalistas. Pintor de difícil interpretación, puede situarse a mitad de camino entre Morandi y el informal o —como él solía repetir— entre Morandi y Paco Rabanne. De hecho, su arte utiliza la metáfora del objeto como pretexto: el objeto de observación se propone en las obras filtrado por una dimensión mental que predomina sobre lo que se toma como punto de partida. El objeto re-propuesto es como destilado y presentado con un perfume ácido, que hace sinestéticamente el ataque disolvente perpetrado al objeto. El ataque resultará sistemático a partir de 1955. Antes de esa fecha, la escansión mental y estructural de sus obras es muy fuerte. Con el tiempo, la estructura se pierde, la distinción objeto-fondo empieza a ser menos nítida, la carcasa objetual se amplía y destila. La sustracción, además del objeto, empieza a afectar también a los colores: de los rojos de las carnicerías de 1948-1949, a los azules y verdosos de las cocinas con estantes, de las mesas y más tarde de las tintorerías, se llega en 1960 al blanco y negro, elección coherentemente llevada adelante hasta 1965, año en el que las manchas cromáticas, las áreas de color, son prácticamente negras y los escasos destellos de luz —de un gris apagado— interrumpen el recorrido de un túnel en el que el artista ha entrado de forma irreversible. Ahora el objeto es reabsorvido por el fondo, se pasa del objeto al vacío, las suaves pinceladas son portadoras de un ph bajo. Es el recorrido que, a la vez, llevan adelante en el ámbito literario Ungaretti y Montale, este último, escritor, que definirá la pintura de Romiti como reconocible entre mil. Es ahora que el artista deja de pintar, tal vez porque se considera cercano al grado cero de su recorrido poético. Pero, incapaz de mantenerse alejado de la pintura, se acerca de puntillas intentando proseguir por rieles ya aparentemente interrumpidos en 1965. De 1976 es la importante retrospectiva sobre el Nuestro en Bolonia, curada por Maurizio Calvesi. Después de esa fecha, frustrado por la incomprensión hacia los trabajos de la última etapa de actividad, es golpeado por una tempestad emocional amarga que se concluye intencionalmente en 2000 con su vida. En 2006 la Fondazione Cassa di Risparmio di Bologna organiza una retrospectiva sobre él, proponiendo también obras inéditas. En 2008 se celebra el 80º aniversario de su nacimiento.
Una lectura posterior. Desde los años 60, Sergio Romiti buscó recuperarse en la pintura un espacio que sentía comprometido por el “perdre pied” (así lo define el crítico Tapié) del arte dominante de la época: el Informel. Llega poco a poco a una “gravitación” más impositiva, sin descuidar jamás en la forma esa “ligereza” — e incluso esa “inseguridad” — que le eran congéneres. Las pinturas de los primeros años 60 (hablamos, obviamente, del siglo pasado) exhiben en su mayor parte un suave color gris, con destellos de negro o de rojo. La oposición declarada al arte informal le costó, de todos modos, la acusación, por parte de ciertos críticos, de estar “en contra de la modernidad”. A lo largo de la década se hace más evidente en su pintura (que había conservado, por así decir, una “humildad del hacer” incluso en la fidelidad a las herramientas tradicionales de la pintura, y incluso en el pequeño o medio formato) una especie de crueldad del trazo, que demuestra un impulso para “limitar” lo Informal sin por ello abrazar lo Figurativo, o una estructura compositiva donde la forma aparezca casi superpuesta geométricamente al trazo de las pinturas: la forma, en él, permanece intrínseca y necesaria para el “corazón” de las composiciones mismas, donde se pueden captar las “frenadas” (y las “aceleraciones”, y los “acentos”: el “dinamismo”, en definitiva) a las que el artista aludía respecto a estos cuadros, que fueron calificados como “negros” por el color dominante en ellos. Las particularísimas estratificaciones y disoluciones, las súbitas intensificaciones, o las oscuridades de esta pintura podrían indicar también los complejos movimientos de la psique, con la traducción de aquella actividad interior a la que se dio el nombre de “flujo de conciencia”. Pero, teniendo en cuenta sus confesiones al respecto, Romiti entonces entendió sobre todo hacer violencia a esa “ceniza” en la que la vida pierde su peculiaridad y corre el riesgo de hacerse, precisamente, solo polvo, o disolución, o ceniza, no suficientemente compactada por la intervención crítica/formal del artista, antes de ese colapso final que es la muerte, es decir antes de la consumación (lo más ampliamente llevado a término) del talento otorgado a cada uno al nacer. Y sin embargo, el “dinamismo” de sus cuadros aparece cada vez más como “la otra cara” de una atracción que, como esa casi oposición hacia lo Informal, puede actuar destruyendo la vida: puede actuar al menos como una diferente “experimentación sacrílega”. De hecho, si uno u otro impulso (el más “ vital” del movimiento, o el “estático” de la ceniza) se vuelve excesivo, “fuera de medida”, o si predomina la única voz, huérfana, del presente, sobre cualquier otra voz: entonces la decadencia del periodo histórico actual tendrá la supremacía. En Romiti, no obstante, persiste la necesidad, debatida y vital, de recuperar los objetos de la “realidad” (ya “perdidos” en las formas más habituales y reconocibles) para hacerlos de nuevo “sensibles a su mirada”. Pero en estos años, solo la sombra y la luz parecen haber tomado su lugar. Durante toda la década de los 70 tiende a imponerse en sus óleos una “absolutización del presente”, con todo lo que ello puede conllevar. En las últimas dos décadas nos encontramos ante una situación angustiosa de su existencia, oscilante entre luz y oscuridad, que los cuadros revelan, pero revelándose a su vez, menos atraídos (como había ocurrido para la década anterior) por una idea de la vida, por así decir, única y más radicalmente “eversiva”. Todavía está la “odisea del objeto”, y está —a veces exagerada— la “movimiento” (con el “orgullo de adoptarlo”). Sin embargo, junto a algún exceso de emotividad o de menor “lucidez”, se advierte un acentuado anhelo hacia un horizonte “otro”, metafísico. De hecho, con el redescubrimiento de una “felicidad de pintar”, donde el presente —nunca eludible— debe hacerse laboratorio de otros tiempos de nuestra vida, la dimensión del “ser” se vuelve ahora más pregnante junto a la que, por oposición, podría llamarse del “ devenir”. Esta dimensión se hace más visible en los últimos acrílicos, precisamente en virtud del anhelo del pintor de recuperar, en la mayor integridad posible, “toda la realidad”: underground —y fantasías más “humildes” e infantiles, y creencias en lo trascendente, y aún “movimiento” e inmanencia— comprendidos.
Fuentes: El crítico Giovanni Maria Accame ha presentado recientemente ante el Circolo Artistico de Bolonia algunas obras de Sergio Romiti en el décimo aniversario de su muerte. El texto de la presentación está incluido en un CD en la Galería del Circolo.
Del texto de G. M. Accame “L’equilibrio minacciato”: “Sergio Romiti e l’immagine del futuro”, de G. G. R.
Aún hoy se encuentran en una fase por así decir auroral y diletante del uso de la palabra escrita. Por ello tengo mucho pudor en llamarme a mí misma “poeta” que se acompañaría con sus palabras a las pinturas del marido Sergio Romiti. Y, sin embargo, me siento impulsada a hacerlo, aunque con pocos ejemplos de lo que he escrito, y exponiéndome a acusaciones de vanidad, o peor, especialmente por lo que se reveló, en nuestros años juntos, una experiencia fundamental e inusual de “relación”. No desisto de seguir empujándome para este fin más allá del arco, sin duda central (años 60/70) de los “fragmentos de pensamiento” considerados por Giovanni M. Accame (así como por Gisella Vismara) con tanto ingenio y participación, para aventurarme hasta los últimos años de la actividad de Romiti (años 80/90): años y trabajos más improvisados, se podría decir, y, sin embargo, impregnados por una búsqueda creativa experimentada en profundidad antes de ser aparentemente descuidados, y puestos recientemente en luz en una exposición curada por Michela Scolaro en la Fondazione Del Monte de Bolonia. Es precisamente en esos años —es en las obras realizadas en ese periodo— cuando a mis ojos se precisa la intuición de Accame sobre el “movimiento” que parece animar las obras mismas. Y que produce una fluctuación, entre la idea de “dinamismo” y la de “inmovilidad” (o de intemporalidad) del Ser, llevando a la palestra una “sintaxis narrativa” que ya no es la de larte clásica (como de hecho ya no estaba en las obras anteriores): se ha perdido el “hilo rojo del relato” y todo se ha vuelto “no narrativo” (así expresamente se dice sobre Proust en la expresión de Mario Lavagetto en su “Quel Marcel!”, Einaudi). El “movimiento” y la “discontinuidad” en Romiti encuentran una correspondencia en las infinitas ramificaciones y transformaciones del Yo en Proust —también orientado a construir una no irrealista “permanencia”. Me permito recurrir para la pintura de Romiti a un parámetro crítico parecido al que Lavagetto me indicó tan provechosamente, así como a reiterar que su repliegue sobre sí mismo y sobre su propio universo, al que alguien le reprochó (no es indispensable, sobre todo para un artista, escuchar, e incluso amar, de sí mismo?) se produce también en él para abrazar más profundamente al otro y al mundo de todos (“je qui n’est pas moi” se cita de Lavagetto para Proust, como también “je est un autre”, de Rimbaud, se cita por M. Scolaro para Romiti). Su carácter (también, al menos en parte, el “clima estético de la época”) se confirma en las reflexiones esporádicas y contingentes ofrecidas ahora al lector (una suerte de “lenguaje menor” alude Accame) que se remontan, junto con las expresiones “mayores” de su pintura, al equilibrio amenazado del título. Pero… equilibrio amenazado, precisamente; no perdido. Quizá incluso preservado para un acercamiento más coherente a la realidad: Romiti, de hecho, tan convenientemente “oscilante” respecto a la actualidad (y a la classicidad) ha transmitido a través de su arte una imagen firme de futuro, dejándonos como herencia la concreta “aprobación” —más fácilmente intuible en los “cuadros negros”— de las Avanguardias del siglo XX, sin embargo nunca desligada del deber de salvaguardar una memoria imprescindible, no centrada solo en sí, de nuestro arte a lo largo de los siglos. Romiti no se ha perdido, que aparentemente en el recorrido realizado, no ha traicionado su vocación más íntima, a veces mal interpretada, que evoca, también por lo que he definido como “relación” (y que ha sido para nosotros una especie de performance involuntaria de pareja durante toda una vida) una irrupción de lo vivido en los tiempos del arte. Y viceversa.
Sergio Romiti. Catálogo razonado de las pinturas de Sergio Romiti (Bologna, 1928-2000). 2 volúmenes con un total de 992 páginas; presenta toda la producción archivada del artista (1.640 pinturas reproducidas en blanco y negro y 137 obras a color). Caja editorial. En buen estado - pliegues marginales en la sobrecubierta. En subasta sin reserva!!!!
Sergio Romiti (Bologna, 14 de abril de 1928 – Bologna, 12 de marzo de 2000) fue un pintor italiano. Nunca se adhirió a ningún grupo. Comienza a pintar en 1946. A partir de 1947 participa activamente en la vida artística. Montale lo definió como “reconocible entre mil”.
Biografía
El mismo tema en detalle: Realismo socialista.
Ya en 1946 se dedica a la pintura. Su entrada en la vida artística se remonta a 1947, mientras que su bautismo artístico definitivo fue en 1948, cuando expone en la Primera Exposición Nacional de Arte Contemporáneo en Bolonia. Exposición importante porque participaron todos los artistas de la generación intermedia (Birolli, Guttuso, Cassinari, Corpora, Afro, Santomaso, Vedova, Mirko, Fazzini, Minguzzi) y aún más porque sirvió como pretexto para una airada postura de Togliatti contra el arte moderno, como tipo de arte que no corresponde al ideal de realismo socialista. Tras tal sentencia, los artistas se dividen: quienes quieren salvar lo salvable —como Guttuso— y quienes quieren arrogarse el derecho —como el Grupo Forma— de estar inscritos en el partido pero expresarse de manera nueva. Romiti no toma posición, sin pretender ser realista ni abstracto, ni estando inscrito en el partido. Al año siguiente expone en la Galleria del Secolo de Roma junto a Vacchi y Barnabè. En 1954 gana un premio de adquisición en la segunda edición del Premio Spoleto.
Permanece en el centro de la escena artística italiana y obtiene en 1960 una sala personal en la Bienal de Venecia. Después de los años 60, llevará a las últimas consecuencias su itinerario artístico. Sin haberse alejado de su ciudad natal salvo brevemente y tras llevar una vida apartada y solitaria, decide quitarse la vida el 12 de marzo de 2000.
La Bolonia de Sergio Romiti
Poética
Partiendo de un neo-picassismo muy personal (principios de los años cincuenta), Romiti se deja influir por el código expresivo y poético de su convecino Giorgio Morandi. En 1954, en la revista Paragone, el crítico de arte Arcangeli incluye —de forma impropia— al nuestro entre los Últimos Naturalistas. Pintor de difícil interpretación, puede situarse a mitad de camino entre Morandi y el informal o —como él solía repetir— entre Morandi y Paco Rabanne. De hecho, su arte utiliza la metáfora del objeto como pretexto: el objeto de observación se propone en las obras filtrado por una dimensión mental que predomina sobre lo que se toma como punto de partida. El objeto re-propuesto es como destilado y presentado con un perfume ácido, que hace sinestéticamente el ataque disolvente perpetrado al objeto. El ataque resultará sistemático a partir de 1955. Antes de esa fecha, la escansión mental y estructural de sus obras es muy fuerte. Con el tiempo, la estructura se pierde, la distinción objeto-fondo empieza a ser menos nítida, la carcasa objetual se amplía y destila. La sustracción, además del objeto, empieza a afectar también a los colores: de los rojos de las carnicerías de 1948-1949, a los azules y verdosos de las cocinas con estantes, de las mesas y más tarde de las tintorerías, se llega en 1960 al blanco y negro, elección coherentemente llevada adelante hasta 1965, año en el que las manchas cromáticas, las áreas de color, son prácticamente negras y los escasos destellos de luz —de un gris apagado— interrumpen el recorrido de un túnel en el que el artista ha entrado de forma irreversible. Ahora el objeto es reabsorvido por el fondo, se pasa del objeto al vacío, las suaves pinceladas son portadoras de un ph bajo. Es el recorrido que, a la vez, llevan adelante en el ámbito literario Ungaretti y Montale, este último, escritor, que definirá la pintura de Romiti como reconocible entre mil. Es ahora que el artista deja de pintar, tal vez porque se considera cercano al grado cero de su recorrido poético. Pero, incapaz de mantenerse alejado de la pintura, se acerca de puntillas intentando proseguir por rieles ya aparentemente interrumpidos en 1965. De 1976 es la importante retrospectiva sobre el Nuestro en Bolonia, curada por Maurizio Calvesi. Después de esa fecha, frustrado por la incomprensión hacia los trabajos de la última etapa de actividad, es golpeado por una tempestad emocional amarga que se concluye intencionalmente en 2000 con su vida. En 2006 la Fondazione Cassa di Risparmio di Bologna organiza una retrospectiva sobre él, proponiendo también obras inéditas. En 2008 se celebra el 80º aniversario de su nacimiento.
Una lectura posterior. Desde los años 60, Sergio Romiti buscó recuperarse en la pintura un espacio que sentía comprometido por el “perdre pied” (así lo define el crítico Tapié) del arte dominante de la época: el Informel. Llega poco a poco a una “gravitación” más impositiva, sin descuidar jamás en la forma esa “ligereza” — e incluso esa “inseguridad” — que le eran congéneres. Las pinturas de los primeros años 60 (hablamos, obviamente, del siglo pasado) exhiben en su mayor parte un suave color gris, con destellos de negro o de rojo. La oposición declarada al arte informal le costó, de todos modos, la acusación, por parte de ciertos críticos, de estar “en contra de la modernidad”. A lo largo de la década se hace más evidente en su pintura (que había conservado, por así decir, una “humildad del hacer” incluso en la fidelidad a las herramientas tradicionales de la pintura, y incluso en el pequeño o medio formato) una especie de crueldad del trazo, que demuestra un impulso para “limitar” lo Informal sin por ello abrazar lo Figurativo, o una estructura compositiva donde la forma aparezca casi superpuesta geométricamente al trazo de las pinturas: la forma, en él, permanece intrínseca y necesaria para el “corazón” de las composiciones mismas, donde se pueden captar las “frenadas” (y las “aceleraciones”, y los “acentos”: el “dinamismo”, en definitiva) a las que el artista aludía respecto a estos cuadros, que fueron calificados como “negros” por el color dominante en ellos. Las particularísimas estratificaciones y disoluciones, las súbitas intensificaciones, o las oscuridades de esta pintura podrían indicar también los complejos movimientos de la psique, con la traducción de aquella actividad interior a la que se dio el nombre de “flujo de conciencia”. Pero, teniendo en cuenta sus confesiones al respecto, Romiti entonces entendió sobre todo hacer violencia a esa “ceniza” en la que la vida pierde su peculiaridad y corre el riesgo de hacerse, precisamente, solo polvo, o disolución, o ceniza, no suficientemente compactada por la intervención crítica/formal del artista, antes de ese colapso final que es la muerte, es decir antes de la consumación (lo más ampliamente llevado a término) del talento otorgado a cada uno al nacer. Y sin embargo, el “dinamismo” de sus cuadros aparece cada vez más como “la otra cara” de una atracción que, como esa casi oposición hacia lo Informal, puede actuar destruyendo la vida: puede actuar al menos como una diferente “experimentación sacrílega”. De hecho, si uno u otro impulso (el más “ vital” del movimiento, o el “estático” de la ceniza) se vuelve excesivo, “fuera de medida”, o si predomina la única voz, huérfana, del presente, sobre cualquier otra voz: entonces la decadencia del periodo histórico actual tendrá la supremacía. En Romiti, no obstante, persiste la necesidad, debatida y vital, de recuperar los objetos de la “realidad” (ya “perdidos” en las formas más habituales y reconocibles) para hacerlos de nuevo “sensibles a su mirada”. Pero en estos años, solo la sombra y la luz parecen haber tomado su lugar. Durante toda la década de los 70 tiende a imponerse en sus óleos una “absolutización del presente”, con todo lo que ello puede conllevar. En las últimas dos décadas nos encontramos ante una situación angustiosa de su existencia, oscilante entre luz y oscuridad, que los cuadros revelan, pero revelándose a su vez, menos atraídos (como había ocurrido para la década anterior) por una idea de la vida, por así decir, única y más radicalmente “eversiva”. Todavía está la “odisea del objeto”, y está —a veces exagerada— la “movimiento” (con el “orgullo de adoptarlo”). Sin embargo, junto a algún exceso de emotividad o de menor “lucidez”, se advierte un acentuado anhelo hacia un horizonte “otro”, metafísico. De hecho, con el redescubrimiento de una “felicidad de pintar”, donde el presente —nunca eludible— debe hacerse laboratorio de otros tiempos de nuestra vida, la dimensión del “ser” se vuelve ahora más pregnante junto a la que, por oposición, podría llamarse del “ devenir”. Esta dimensión se hace más visible en los últimos acrílicos, precisamente en virtud del anhelo del pintor de recuperar, en la mayor integridad posible, “toda la realidad”: underground —y fantasías más “humildes” e infantiles, y creencias en lo trascendente, y aún “movimiento” e inmanencia— comprendidos.
Fuentes: El crítico Giovanni Maria Accame ha presentado recientemente ante el Circolo Artistico de Bolonia algunas obras de Sergio Romiti en el décimo aniversario de su muerte. El texto de la presentación está incluido en un CD en la Galería del Circolo.
Del texto de G. M. Accame “L’equilibrio minacciato”: “Sergio Romiti e l’immagine del futuro”, de G. G. R.
Aún hoy se encuentran en una fase por así decir auroral y diletante del uso de la palabra escrita. Por ello tengo mucho pudor en llamarme a mí misma “poeta” que se acompañaría con sus palabras a las pinturas del marido Sergio Romiti. Y, sin embargo, me siento impulsada a hacerlo, aunque con pocos ejemplos de lo que he escrito, y exponiéndome a acusaciones de vanidad, o peor, especialmente por lo que se reveló, en nuestros años juntos, una experiencia fundamental e inusual de “relación”. No desisto de seguir empujándome para este fin más allá del arco, sin duda central (años 60/70) de los “fragmentos de pensamiento” considerados por Giovanni M. Accame (así como por Gisella Vismara) con tanto ingenio y participación, para aventurarme hasta los últimos años de la actividad de Romiti (años 80/90): años y trabajos más improvisados, se podría decir, y, sin embargo, impregnados por una búsqueda creativa experimentada en profundidad antes de ser aparentemente descuidados, y puestos recientemente en luz en una exposición curada por Michela Scolaro en la Fondazione Del Monte de Bolonia. Es precisamente en esos años —es en las obras realizadas en ese periodo— cuando a mis ojos se precisa la intuición de Accame sobre el “movimiento” que parece animar las obras mismas. Y que produce una fluctuación, entre la idea de “dinamismo” y la de “inmovilidad” (o de intemporalidad) del Ser, llevando a la palestra una “sintaxis narrativa” que ya no es la de larte clásica (como de hecho ya no estaba en las obras anteriores): se ha perdido el “hilo rojo del relato” y todo se ha vuelto “no narrativo” (así expresamente se dice sobre Proust en la expresión de Mario Lavagetto en su “Quel Marcel!”, Einaudi). El “movimiento” y la “discontinuidad” en Romiti encuentran una correspondencia en las infinitas ramificaciones y transformaciones del Yo en Proust —también orientado a construir una no irrealista “permanencia”. Me permito recurrir para la pintura de Romiti a un parámetro crítico parecido al que Lavagetto me indicó tan provechosamente, así como a reiterar que su repliegue sobre sí mismo y sobre su propio universo, al que alguien le reprochó (no es indispensable, sobre todo para un artista, escuchar, e incluso amar, de sí mismo?) se produce también en él para abrazar más profundamente al otro y al mundo de todos (“je qui n’est pas moi” se cita de Lavagetto para Proust, como también “je est un autre”, de Rimbaud, se cita por M. Scolaro para Romiti). Su carácter (también, al menos en parte, el “clima estético de la época”) se confirma en las reflexiones esporádicas y contingentes ofrecidas ahora al lector (una suerte de “lenguaje menor” alude Accame) que se remontan, junto con las expresiones “mayores” de su pintura, al equilibrio amenazado del título. Pero… equilibrio amenazado, precisamente; no perdido. Quizá incluso preservado para un acercamiento más coherente a la realidad: Romiti, de hecho, tan convenientemente “oscilante” respecto a la actualidad (y a la classicidad) ha transmitido a través de su arte una imagen firme de futuro, dejándonos como herencia la concreta “aprobación” —más fácilmente intuible en los “cuadros negros”— de las Avanguardias del siglo XX, sin embargo nunca desligada del deber de salvaguardar una memoria imprescindible, no centrada solo en sí, de nuestro arte a lo largo de los siglos. Romiti no se ha perdido, que aparentemente en el recorrido realizado, no ha traicionado su vocación más íntima, a veces mal interpretada, que evoca, también por lo que he definido como “relación” (y que ha sido para nosotros una especie de performance involuntaria de pareja durante toda una vida) una irrupción de lo vivido en los tiempos del arte. Y viceversa.

