Mario Borrelli - Erotica






Posee una maestría en Cine y Artes Visuales; curador, escritor e investigador con experiencia.
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Descripción del vendedor
.Ópera venduta SIN APOYO (TELA).
.Envuelta con la máxima profesionalidad.
. La Gracia del Eros de Mario Borrelli
‘’Ahora, concorderás que preferir lo suave a lo que es duro es una demostración de la naturaleza de Eros’’. Platón, Banquete, 195 d-e
El joven pintor Mario Borrelli, a quien la crítica se refiere como el último de los Románticos, sitúa en el centro de su experiencia artística el cuerpo. En continuidad con el pensamiento clásico, que hacía del hombre la medida de todas las cosas, el pintor se cuenta en su primera muestra personal a través de una serie de lienzos figurativos, donde el hombre, el cuerpo humano, es la medida de todas las cosas. Un género hoy subvalorado por moda, pero que tiene raíces profundas y albergue en cada ánimo incluso si está oculto, como enseñan, por lo demás, los arquetipos. La representación del cuerpo desnudo tiene orígenes antiquísimos, se puede decir que primero nació el cuerpo y luego el rostro, antes del paisaje, antes de la naturaleza muerta, incluso antes de la escritura; basta pensar en la Venus de Willendorf conservada en Viena y en todas las Veneras prehistóricas. El cuerpo erótico que Mario Borrelli narra a través de sus obras no es un cuerpo “desvisto”, “perfecto”, “despojado”. Para comprender mejor esta perspectiva es necesario detenerse en una breve y feliz intuición de Kenneth Clark, historiador del arte británico de los años 50. Clark introduce una distinción destinada a cosechar mucha fortuna en la lengua inglesa. Ser desnudo, naked, significa estar privado de ropa, y al mismo tiempo sugiere ese sentido de vergüenza que casi todos en esa condición experimentamos. La palabra nude, desnudo, por el contrario, no implica ese sentido de malestar y se utiliza en el arte. Es un cuerpo remodelado, por tanto armonioso, floreciente y confiado. Es como si la desnudez fuera una forma de vestido. Pero ¿de cuál? Nuestro pintor-sastre viste los cuerpos de Eros, evocando el deseo de vida a través de epifanías sagradas de la carne, así el cuerpo desnudo se desliza fuera del contingente para elevarse a idea, a confluencia de amor sagrado y amor profano. Freedberg escribe que las imágenes operan de modo que excitan el deseo; y es a través de los ojos, que la mirada sobre las pinturas de Mario Borrelli transporta otros sentidos hacia la contemplación mística de la imagen. Es la carne la que se hace santa, es oración terrena que eleva el espíritu revitalizado por las imágenes, excitado por el impulso dionisíaco; es insurrección y revolución del instinto, que a su vez se transmuta en sentimiento. Por ello el misticismo de la carne que deriva del relato erótico del pintor es potente, angustiante, y empuja a indagar lo que se oculta, se esconde, casi se avergüenza por conveniencia, convención, moraleja-ficción. No hay que olvidar nunca, parece sugerir el artista, que la seducción de las formas es sagrada como sagrados son los cuerpos pintados movidos por Eros. Cuerpos desnudos, velados, parcialmente cubiertos, enlazan eróticamente al spettatore mediante un detalle: una mano, un drapeado, un mechón de cabello, etc... Se produce una transfiguración: Eros se convierte en misterio y la matriz sagrada emerge en toda su descarada potencia, y es aquí donde se puede vislumbrar la verdad última de la existencia. Cuerpos desnudos, velados, parcialmente cubiertos, enlazan eróticamente al espectador mediante un detalle: una mano, un drapeado, un mechón de cabello, etc... Se produce una transfiguración: Eros se convierte en misterio y la matriz sagrada emerge en toda su descarada potencia, y es aquí donde se puede vislumbrar la verdad última de la existencia. Explota el vitalismo, quizá asume diferente la belleza de la verdad, impone la transparencia de Eros que no tiene vergüenza de mostrarse porque es la medida de todas las cosas. En la desnudez representada por Mario Borrelli se vislumbra la veritas, aquello que los latinos, no por casualidad, hacían coincidir sin contradicciones con la desnudez buena libre de flagitium, es la nud-a veritas de Klimt, la verdad desnuda y pura, que no tiene miedo de mostrarse. Las imágenes naturalistas cuentan su historia en un espacio-no-espacio metastórico, fuera de connotaciones espacio-temporales precisas y dentro de límites que se podrían definir heroicos: la relación entre espacios y figuras es idealmente para el pintor una exigencia evocativa y no limita la inmersión sugerente, al contrario la amplifica en un no-lugar que produce extrañamiento. Explota el vitalismo, quizá asume diferente la belleza de la verdad, impone la transparencia de Eros que no tiene vergüenza de mostrarse porque es la medida de todas las cosas. En la desnudez representada por Mario Borrelli se vislumbra la veritas, aquello que los latinos, no por casualidad, hacían coincidir sin contradicciones con la desnudez buena libre de flagitium, es la nud-a veritas de Klimt, la verdad desnuda y pura, que no tiene miedo de mostrarse. Las imágenes naturalistas cuentan su historia en un espacio-no-espacio metastórico, fuera de connotaciones espacio temporales precisas y dentro de límites que se podrían definir heroicos: la relación entre los espacios y las figuras es idealmente para el pintor una exigencia evocativa y no limita la inmersión sugerente, al contrario la amplifica en un no-lugar que produce extrañamiento. Finalmente el artista, favoreciendo el desnudo femenino de formas suaves, no por vanidad de género, sino porque en esas suavidades reside el eros vencedor, enfatiza un triunfo erótico, que se traduce en la forma tangible de esa fuerza creadora que lucha eternamente contra Tánatos, su antagonista, portador de destrucción. Finalmente el artista, favoreciendo el desnudo femenino de formas suaves, no por vanidad de género, sino porque en esas suavidades reside el eros vencedor, enfatiza un triunfo erótico, que se traduce en la forma tangible de esa fuerza creadora que lucha eternamente contra Tánatos. Pero la tensión entre Eros y Tánatos se cuenta con una ternura indicible. Y es quizá, en ese éxtasis en el que las figuras están cristalizadas, el lugar espiritual donde el artista logra, con sorpresa, hablar de sí mismo, de su arte y de su pintura como oración y poesía.
De Daniela Marra
.Ópera venduta SIN APOYO (TELA).
.Envuelta con la máxima profesionalidad.
. La Gracia del Eros de Mario Borrelli
‘’Ahora, concorderás que preferir lo suave a lo que es duro es una demostración de la naturaleza de Eros’’. Platón, Banquete, 195 d-e
El joven pintor Mario Borrelli, a quien la crítica se refiere como el último de los Románticos, sitúa en el centro de su experiencia artística el cuerpo. En continuidad con el pensamiento clásico, que hacía del hombre la medida de todas las cosas, el pintor se cuenta en su primera muestra personal a través de una serie de lienzos figurativos, donde el hombre, el cuerpo humano, es la medida de todas las cosas. Un género hoy subvalorado por moda, pero que tiene raíces profundas y albergue en cada ánimo incluso si está oculto, como enseñan, por lo demás, los arquetipos. La representación del cuerpo desnudo tiene orígenes antiquísimos, se puede decir que primero nació el cuerpo y luego el rostro, antes del paisaje, antes de la naturaleza muerta, incluso antes de la escritura; basta pensar en la Venus de Willendorf conservada en Viena y en todas las Veneras prehistóricas. El cuerpo erótico que Mario Borrelli narra a través de sus obras no es un cuerpo “desvisto”, “perfecto”, “despojado”. Para comprender mejor esta perspectiva es necesario detenerse en una breve y feliz intuición de Kenneth Clark, historiador del arte británico de los años 50. Clark introduce una distinción destinada a cosechar mucha fortuna en la lengua inglesa. Ser desnudo, naked, significa estar privado de ropa, y al mismo tiempo sugiere ese sentido de vergüenza que casi todos en esa condición experimentamos. La palabra nude, desnudo, por el contrario, no implica ese sentido de malestar y se utiliza en el arte. Es un cuerpo remodelado, por tanto armonioso, floreciente y confiado. Es como si la desnudez fuera una forma de vestido. Pero ¿de cuál? Nuestro pintor-sastre viste los cuerpos de Eros, evocando el deseo de vida a través de epifanías sagradas de la carne, así el cuerpo desnudo se desliza fuera del contingente para elevarse a idea, a confluencia de amor sagrado y amor profano. Freedberg escribe que las imágenes operan de modo que excitan el deseo; y es a través de los ojos, que la mirada sobre las pinturas de Mario Borrelli transporta otros sentidos hacia la contemplación mística de la imagen. Es la carne la que se hace santa, es oración terrena que eleva el espíritu revitalizado por las imágenes, excitado por el impulso dionisíaco; es insurrección y revolución del instinto, que a su vez se transmuta en sentimiento. Por ello el misticismo de la carne que deriva del relato erótico del pintor es potente, angustiante, y empuja a indagar lo que se oculta, se esconde, casi se avergüenza por conveniencia, convención, moraleja-ficción. No hay que olvidar nunca, parece sugerir el artista, que la seducción de las formas es sagrada como sagrados son los cuerpos pintados movidos por Eros. Cuerpos desnudos, velados, parcialmente cubiertos, enlazan eróticamente al spettatore mediante un detalle: una mano, un drapeado, un mechón de cabello, etc... Se produce una transfiguración: Eros se convierte en misterio y la matriz sagrada emerge en toda su descarada potencia, y es aquí donde se puede vislumbrar la verdad última de la existencia. Cuerpos desnudos, velados, parcialmente cubiertos, enlazan eróticamente al espectador mediante un detalle: una mano, un drapeado, un mechón de cabello, etc... Se produce una transfiguración: Eros se convierte en misterio y la matriz sagrada emerge en toda su descarada potencia, y es aquí donde se puede vislumbrar la verdad última de la existencia. Explota el vitalismo, quizá asume diferente la belleza de la verdad, impone la transparencia de Eros que no tiene vergüenza de mostrarse porque es la medida de todas las cosas. En la desnudez representada por Mario Borrelli se vislumbra la veritas, aquello que los latinos, no por casualidad, hacían coincidir sin contradicciones con la desnudez buena libre de flagitium, es la nud-a veritas de Klimt, la verdad desnuda y pura, que no tiene miedo de mostrarse. Las imágenes naturalistas cuentan su historia en un espacio-no-espacio metastórico, fuera de connotaciones espacio-temporales precisas y dentro de límites que se podrían definir heroicos: la relación entre espacios y figuras es idealmente para el pintor una exigencia evocativa y no limita la inmersión sugerente, al contrario la amplifica en un no-lugar que produce extrañamiento. Explota el vitalismo, quizá asume diferente la belleza de la verdad, impone la transparencia de Eros que no tiene vergüenza de mostrarse porque es la medida de todas las cosas. En la desnudez representada por Mario Borrelli se vislumbra la veritas, aquello que los latinos, no por casualidad, hacían coincidir sin contradicciones con la desnudez buena libre de flagitium, es la nud-a veritas de Klimt, la verdad desnuda y pura, que no tiene miedo de mostrarse. Las imágenes naturalistas cuentan su historia en un espacio-no-espacio metastórico, fuera de connotaciones espacio temporales precisas y dentro de límites que se podrían definir heroicos: la relación entre los espacios y las figuras es idealmente para el pintor una exigencia evocativa y no limita la inmersión sugerente, al contrario la amplifica en un no-lugar que produce extrañamiento. Finalmente el artista, favoreciendo el desnudo femenino de formas suaves, no por vanidad de género, sino porque en esas suavidades reside el eros vencedor, enfatiza un triunfo erótico, que se traduce en la forma tangible de esa fuerza creadora que lucha eternamente contra Tánatos, su antagonista, portador de destrucción. Finalmente el artista, favoreciendo el desnudo femenino de formas suaves, no por vanidad de género, sino porque en esas suavidades reside el eros vencedor, enfatiza un triunfo erótico, que se traduce en la forma tangible de esa fuerza creadora que lucha eternamente contra Tánatos. Pero la tensión entre Eros y Tánatos se cuenta con una ternura indicible. Y es quizá, en ese éxtasis en el que las figuras están cristalizadas, el lugar espiritual donde el artista logra, con sorpresa, hablar de sí mismo, de su arte y de su pintura como oración y poesía.
De Daniela Marra
