Miquel Torner de Semir (1938) - La sandía roja

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Antonio Yera
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Pintura al óleo titulada La sandía roja de Miquel Torner de Semir (1938), edición original, realizada entre 2000 y 2010, medidas 46 × 55 cm, firmada a mano por el artista y en buen estado.

Resumen redactado con la ayuda de la IA

Descripción del vendedor

Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Miquel Torner de Semir, que representa un colorido bodegón compuesto por una copa llena de frutas y una gran porción de sandía que destacan intensamente sobre un fondo oscuro. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones de la obra: 46x55x2 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra, Miquel Torner de Semir.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.


La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un bodegón de carácter moderno y expresivo, protagonizado por un recipiente elevado lleno de frutas de vivos colores y una gran porción de sandía situada sobre una mesa. La composición reúne objetos cotidianos dentro de un ambiente oscuro y enigmático, donde las formas sencillas adquieren una presencia intensa. La imagen transmite una sensación de abundancia, vitalidad y contraste, convirtiendo un conjunto de alimentos y recipientes en una escena llena de energía visual.

En la parte izquierda destaca una amplia copa o frutero elevado, cuya forma curva se abre generosamente para contener numerosas frutas. El recipiente posee una base redondeada y un pie ancho que le proporciona estabilidad. Sus tonos claros, grises y azulados contrastan con la oscuridad del fondo y permiten reconocer claramente su silueta. La copa parece inclinarse ligeramente hacia el espectador, mostrando con orgullo el contenido colorido que guarda en su interior.

Dentro del frutero se reúnen varias piezas de diferentes colores y tamaños. Una fruta verde ocupa el extremo izquierdo y aporta una nota de frescura, mientras que una pieza roja y redondeada domina la zona frontal. Sobre ellas aparecen frutas amarillas y anaranjadas que iluminan el conjunto, acompañadas por otra forma azulada que introduce un color inesperado. Esta variedad cromática hace que el recipiente parezca rebosante y crea una alegre sensación de abundancia.

La fruta amarilla situada en la zona superior se reconoce por las dos hojas verdes que emergen sobre ella. Estas hojas forman una pequeña figura puntiaguda que rompe la redondez predominante y dirige la mirada hacia la parte alta de la composición. Su color turquesa destaca sobre el fondo marrón oscuro y establece una relación visual con la fruta verde situada debajo. Este pequeño detalle vegetal aporta vida y movimiento al conjunto.

Las frutas no están representadas de manera completamente uniforme, sino que cada una posee una identidad propia. Algunas son redondas y compactas, otras parecen parcialmente ocultas y varias se superponen, creando una estructura densa. Sus contornos oscuros las separan claramente entre sí y refuerzan la sensación de que se encuentran apiladas dentro de la copa. La mezcla de rojos, verdes, amarillos, naranjas y azules convierte el frutero en el núcleo más luminoso y dinámico del cuadro.

Detrás de la copa aparece un recipiente alto y rectangular, semejante a un vaso, una botella o una jarra de líneas muy sencillas. Su superficie combina blancos, grises y azules claros, formando un elemento vertical que contrasta con las curvas de las frutas y del frutero. Esta figura funciona como un punto de equilibrio en el centro de la composición y establece una transición entre la zona colorida de la izquierda y el amplio fondo oscuro de la derecha.

La verticalidad de este recipiente aporta profundidad y sugiere que se encuentra colocado más atrás sobre la mesa. Su parte superior parece contener una zona azulada, como un reflejo o una pequeña cantidad de líquido. Aunque su función no queda completamente definida, su presencia resulta esencial para organizar el espacio. Gracias a él, la mirada no pasa bruscamente del frutero a la oscuridad, sino que encuentra una figura intermedia que conecta ambos sectores.

En el primer plano derecho se impone una gran porción de sandía. Su pulpa de rojo intenso constituye uno de los puntos más llamativos de toda la obra. La forma triangular y curvada de la fruta se extiende sobre la superficie clara de la mesa, mientras la corteza verde recorre el borde exterior. Entre ambos colores aparece una estrecha franja blanca que separa la pulpa de la piel y realza la viveza del rojo.

Las pequeñas semillas negras distribuidas sobre la sandía introducen ritmo y detalle. Sus formas alargadas y dispersas rompen la gran superficie roja y refuerzan inmediatamente la identificación de la fruta. Algunas semillas aparecen agrupadas y otras permanecen aisladas, creando una disposición espontánea. Estos pequeños elementos oscuros dialogan con los contornos negros de los objetos y con el fondo profundo que ocupa gran parte de la composición.

La sandía parece cortada y preparada para ser consumida, lo que introduce una sensación de inmediatez. No se trata únicamente de una fruta decorativa, sino de un alimento fresco dispuesto sobre la mesa, quizá durante una comida o una tarde de verano. Su color, su tamaño y su posición cercana al espectador hacen que parezca casi accesible, despertando asociaciones con el calor, la frescura y el sabor dulce de la fruta madura.

La mesa está dividida visualmente en varias zonas. Bajo la copa aparece una superficie marrón de aspecto sólido y cálido, mientras que bajo la sandía se extiende un mantel o espacio claro con tonos blancos, grises y beige. Esta diferencia crea dos ámbitos dentro de una misma escena: uno más oscuro y terroso para el frutero, y otro más luminoso para la sandía. Ambas zonas se encuentran en el centro y forman un interesante juego de contrastes.

La parte clara de la mesa presenta numerosas variaciones de color que evitan que se perciba como una superficie vacía. Los grises, blancos, marrones y pequeños matices azulados se mezclan y crean una apariencia envejecida y expresiva. Esta zona sirve de apoyo visual a la sandía y permite que el rojo destaque con gran intensidad. Al mismo tiempo, la irregularidad de sus límites añade dinamismo al primer plano.

El fondo está compuesto por grandes campos rectangulares de color oscuro. A la izquierda aparece un plano marrón enmarcado por tonos negros, mientras que la zona derecha está dominada por una amplia superficie casi negra. Entre ambas se encuentra una franja azul vertical que rodea parcialmente el recipiente claro. Esta organización geométrica proporciona estructura a la escena y recuerda a una pared dividida en paneles o ventanas.

El gran espacio oscuro de la derecha no permanece completamente vacío. Su superficie presenta sutiles irregularidades y variaciones que aportan profundidad y misterio. La oscuridad funciona como un contrapunto a la luminosidad de las frutas, haciendo que sus colores resulten todavía más intensos. También crea una atmósfera íntima, como si los objetos estuvieran iluminados dentro de una habitación silenciosa.

La composición se construye a partir de una oposición constante entre formas curvas y rectas. Las frutas, la copa y la sandía están dominadas por curvas y volúmenes redondeados, mientras que el vaso y los campos del fondo se organizan mediante líneas verticales y rectangulares. Esta convivencia de geometrías aporta equilibrio y evita que la imagen resulte estática. Los objetos parecen relacionarse entre sí mediante sus diferencias.

Los colores también establecen un diálogo muy rico. Los tonos cálidos de las frutas —rojos, amarillos y naranjas— transmiten energía, mientras que los verdes y azules aportan frescura. Los marrones, grises y negros del entorno sirven como base sobria y permiten que los elementos principales destaquen. El resultado es una escena equilibrada en la que cada color encuentra su lugar sin perder intensidad.

Más allá de la representación de los alimentos, la obra puede interpretarse como una celebración de la abundancia y de los placeres sencillos. Las frutas evocan nutrición, verano, generosidad y vida, mientras que la copa elevada les concede una importancia casi ceremonial. La sandía cortada introduce la idea de un instante presente y compartido, como si la mesa estuviera preparada para recibir a alguien.

También puede percibirse una interesante relación entre permanencia y fugacidad. Los recipientes parecen sólidos y estables, pero las frutas son perecederas y recuerdan que la belleza y la abundancia existen durante un tiempo limitado. Esta lectura aporta profundidad a una escena aparentemente cotidiana. El bodegón invita a disfrutar del presente y a apreciar la riqueza de las cosas simples antes de que cambien o desaparezcan.

En conjunto, este precioso cuadro representa un bodegón lleno de contraste y vitalidad, formado por una copa rebosante de frutas, un recipiente vertical y una gran porción de sandía sobre una mesa. Los colores intensos de los alimentos destacan frente al fondo oscuro y transforman la escena en una celebración de la abundancia, la frescura y los placeres cotidianos. La obra transmite energía, calidez y alegría, al mismo tiempo que invita a contemplar la belleza escondida en los objetos más sencillos.

Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Miquel Torner de Semir, que representa un colorido bodegón compuesto por una copa llena de frutas y una gran porción de sandía que destacan intensamente sobre un fondo oscuro. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones de la obra: 46x55x2 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la esquina derecha de la obra, Miquel Torner de Semir.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.


La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un bodegón de carácter moderno y expresivo, protagonizado por un recipiente elevado lleno de frutas de vivos colores y una gran porción de sandía situada sobre una mesa. La composición reúne objetos cotidianos dentro de un ambiente oscuro y enigmático, donde las formas sencillas adquieren una presencia intensa. La imagen transmite una sensación de abundancia, vitalidad y contraste, convirtiendo un conjunto de alimentos y recipientes en una escena llena de energía visual.

En la parte izquierda destaca una amplia copa o frutero elevado, cuya forma curva se abre generosamente para contener numerosas frutas. El recipiente posee una base redondeada y un pie ancho que le proporciona estabilidad. Sus tonos claros, grises y azulados contrastan con la oscuridad del fondo y permiten reconocer claramente su silueta. La copa parece inclinarse ligeramente hacia el espectador, mostrando con orgullo el contenido colorido que guarda en su interior.

Dentro del frutero se reúnen varias piezas de diferentes colores y tamaños. Una fruta verde ocupa el extremo izquierdo y aporta una nota de frescura, mientras que una pieza roja y redondeada domina la zona frontal. Sobre ellas aparecen frutas amarillas y anaranjadas que iluminan el conjunto, acompañadas por otra forma azulada que introduce un color inesperado. Esta variedad cromática hace que el recipiente parezca rebosante y crea una alegre sensación de abundancia.

La fruta amarilla situada en la zona superior se reconoce por las dos hojas verdes que emergen sobre ella. Estas hojas forman una pequeña figura puntiaguda que rompe la redondez predominante y dirige la mirada hacia la parte alta de la composición. Su color turquesa destaca sobre el fondo marrón oscuro y establece una relación visual con la fruta verde situada debajo. Este pequeño detalle vegetal aporta vida y movimiento al conjunto.

Las frutas no están representadas de manera completamente uniforme, sino que cada una posee una identidad propia. Algunas son redondas y compactas, otras parecen parcialmente ocultas y varias se superponen, creando una estructura densa. Sus contornos oscuros las separan claramente entre sí y refuerzan la sensación de que se encuentran apiladas dentro de la copa. La mezcla de rojos, verdes, amarillos, naranjas y azules convierte el frutero en el núcleo más luminoso y dinámico del cuadro.

Detrás de la copa aparece un recipiente alto y rectangular, semejante a un vaso, una botella o una jarra de líneas muy sencillas. Su superficie combina blancos, grises y azules claros, formando un elemento vertical que contrasta con las curvas de las frutas y del frutero. Esta figura funciona como un punto de equilibrio en el centro de la composición y establece una transición entre la zona colorida de la izquierda y el amplio fondo oscuro de la derecha.

La verticalidad de este recipiente aporta profundidad y sugiere que se encuentra colocado más atrás sobre la mesa. Su parte superior parece contener una zona azulada, como un reflejo o una pequeña cantidad de líquido. Aunque su función no queda completamente definida, su presencia resulta esencial para organizar el espacio. Gracias a él, la mirada no pasa bruscamente del frutero a la oscuridad, sino que encuentra una figura intermedia que conecta ambos sectores.

En el primer plano derecho se impone una gran porción de sandía. Su pulpa de rojo intenso constituye uno de los puntos más llamativos de toda la obra. La forma triangular y curvada de la fruta se extiende sobre la superficie clara de la mesa, mientras la corteza verde recorre el borde exterior. Entre ambos colores aparece una estrecha franja blanca que separa la pulpa de la piel y realza la viveza del rojo.

Las pequeñas semillas negras distribuidas sobre la sandía introducen ritmo y detalle. Sus formas alargadas y dispersas rompen la gran superficie roja y refuerzan inmediatamente la identificación de la fruta. Algunas semillas aparecen agrupadas y otras permanecen aisladas, creando una disposición espontánea. Estos pequeños elementos oscuros dialogan con los contornos negros de los objetos y con el fondo profundo que ocupa gran parte de la composición.

La sandía parece cortada y preparada para ser consumida, lo que introduce una sensación de inmediatez. No se trata únicamente de una fruta decorativa, sino de un alimento fresco dispuesto sobre la mesa, quizá durante una comida o una tarde de verano. Su color, su tamaño y su posición cercana al espectador hacen que parezca casi accesible, despertando asociaciones con el calor, la frescura y el sabor dulce de la fruta madura.

La mesa está dividida visualmente en varias zonas. Bajo la copa aparece una superficie marrón de aspecto sólido y cálido, mientras que bajo la sandía se extiende un mantel o espacio claro con tonos blancos, grises y beige. Esta diferencia crea dos ámbitos dentro de una misma escena: uno más oscuro y terroso para el frutero, y otro más luminoso para la sandía. Ambas zonas se encuentran en el centro y forman un interesante juego de contrastes.

La parte clara de la mesa presenta numerosas variaciones de color que evitan que se perciba como una superficie vacía. Los grises, blancos, marrones y pequeños matices azulados se mezclan y crean una apariencia envejecida y expresiva. Esta zona sirve de apoyo visual a la sandía y permite que el rojo destaque con gran intensidad. Al mismo tiempo, la irregularidad de sus límites añade dinamismo al primer plano.

El fondo está compuesto por grandes campos rectangulares de color oscuro. A la izquierda aparece un plano marrón enmarcado por tonos negros, mientras que la zona derecha está dominada por una amplia superficie casi negra. Entre ambas se encuentra una franja azul vertical que rodea parcialmente el recipiente claro. Esta organización geométrica proporciona estructura a la escena y recuerda a una pared dividida en paneles o ventanas.

El gran espacio oscuro de la derecha no permanece completamente vacío. Su superficie presenta sutiles irregularidades y variaciones que aportan profundidad y misterio. La oscuridad funciona como un contrapunto a la luminosidad de las frutas, haciendo que sus colores resulten todavía más intensos. También crea una atmósfera íntima, como si los objetos estuvieran iluminados dentro de una habitación silenciosa.

La composición se construye a partir de una oposición constante entre formas curvas y rectas. Las frutas, la copa y la sandía están dominadas por curvas y volúmenes redondeados, mientras que el vaso y los campos del fondo se organizan mediante líneas verticales y rectangulares. Esta convivencia de geometrías aporta equilibrio y evita que la imagen resulte estática. Los objetos parecen relacionarse entre sí mediante sus diferencias.

Los colores también establecen un diálogo muy rico. Los tonos cálidos de las frutas —rojos, amarillos y naranjas— transmiten energía, mientras que los verdes y azules aportan frescura. Los marrones, grises y negros del entorno sirven como base sobria y permiten que los elementos principales destaquen. El resultado es una escena equilibrada en la que cada color encuentra su lugar sin perder intensidad.

Más allá de la representación de los alimentos, la obra puede interpretarse como una celebración de la abundancia y de los placeres sencillos. Las frutas evocan nutrición, verano, generosidad y vida, mientras que la copa elevada les concede una importancia casi ceremonial. La sandía cortada introduce la idea de un instante presente y compartido, como si la mesa estuviera preparada para recibir a alguien.

También puede percibirse una interesante relación entre permanencia y fugacidad. Los recipientes parecen sólidos y estables, pero las frutas son perecederas y recuerdan que la belleza y la abundancia existen durante un tiempo limitado. Esta lectura aporta profundidad a una escena aparentemente cotidiana. El bodegón invita a disfrutar del presente y a apreciar la riqueza de las cosas simples antes de que cambien o desaparezcan.

En conjunto, este precioso cuadro representa un bodegón lleno de contraste y vitalidad, formado por una copa rebosante de frutas, un recipiente vertical y una gran porción de sandía sobre una mesa. Los colores intensos de los alimentos destacan frente al fondo oscuro y transforman la escena en una celebración de la abundancia, la frescura y los placeres cotidianos. La obra transmite energía, calidez y alegría, al mismo tiempo que invita a contemplar la belleza escondida en los objetos más sencillos.

Datos

Artista
Miquel Torner de Semir (1938)
Se vende con marco
No
Vendido por
Galería
Edición
Original
Título de la obra
La sandía roja
Técnica
Pintura al óleo
Firma
Firmado a mano
País de origen
España
Estado
En buen estado
Alto
46 cm
Ancho
55 cm
Estilo
Barroco
Periodo
2000 - 2010
Vendido por
EspañaVerificado
1999
Objetos vendidos
100%
protop

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