Joan Canós (1928) - El mirador

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Giulia Couzzi
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Huile sur toile de Joan Canós (né en 1928), intitulé El mirador, édition originale de la période 2010–2020, dimensions 46 × 55 cm (profondeur 2 cm), signé à la main en bas à gauche, en bon état, provenance Espagne, vendu par Galería.

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Description fournie par le vendeur

Pictura Galeria présente esta magnífica obra de arte perteneciente a Joan Canós, que representa un luminoso acantilado mediterráneo con árboles modelados por el viento, una cala escondida y el mar extendiéndose serenamente hacia el horizonte. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones de la obra: 46x55x2 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la esquina izquierda de la obra.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un evocador paisaje costero contemplado desde lo alto de un acantilado, donde un grupo de árboles se alza frente a la inmensidad azul del mar. La escena combina la fuerza de una costa rocosa con la serenidad de un horizonte despejado, creando una imagen llena de frescura, profundidad y carácter mediterráneo. La naturaleza domina por completo la composición y envuelve al espectador en un instante de calma, luz y libertad.

En primer plano se extiende una superficie irregular cubierta de hierba y vegetación baja. Los verdes luminosos se mezclan con amarillos, ocres y suaves tonos terrosos, sugiriendo un terreno cálido y expuesto al sol. Esta zona abierta permite que la mirada se introduzca gradualmente en el paisaje antes de alcanzar los árboles, las rocas y la gran extensión marina situada al fondo.

El terreno desciende hacia el borde del acantilado mediante formas quebradas y desniveles que aportan profundidad. Algunas piedras claras aparecen dispersas sobre la vegetación, mientras grandes masas rocosas emergen en los márgenes de la costa. La combinación entre la suavidad de la hierba y la dureza de la piedra crea un contraste natural que enriquece la escena y revela la personalidad abrupta del litoral.

Los árboles ocupan la parte izquierda y central de la composición, formando una franja de sombra que contrasta con la claridad del cielo y del agua. Sus troncos oscuros, retorcidos e inclinados muestran el efecto persistente del viento marino. Cada uno adopta una forma distinta y parece haberse adaptado lentamente a las condiciones del lugar, convirtiéndose en símbolo de resistencia, arraigo y permanencia.

Las copas se reúnen en una gran masa vegetal compuesta por verdes profundos, azulados, oliva y pequeños destellos más claros. Las ramas se entrelazan y crean zonas densas junto a otras más abiertas por las que se descubre el mar. Esta alternancia entre vegetación y vacío aporta ritmo a la composición y permite que el paisaje se revele poco a poco, como si se contemplara desde un refugio natural.

Uno de los árboles centrales se inclina hacia la derecha y extiende sus ramas en dirección al horizonte. Su silueta parece acompañar el movimiento del viento y conduce visualmente la mirada hacia la zona más abierta del paisaje. La forma alargada de sus ramas establece una conexión entre la solidez de la tierra y la amplitud del cielo, reforzando la sensación de equilibrio entre los distintos elementos.

Bajo los árboles se concentra una sombra fresca y profunda. Los verdes se vuelven allí más oscuros y aparecen matices azulados y violáceos que sugieren humedad, protección y silencio. Esta zona de penumbra contrasta con el claro iluminado del primer plano, haciendo que la escena resulte especialmente envolvente y que el espectador pueda imaginarse caminando entre los troncos hasta llegar al borde de la costa.

La abertura central entre los árboles actúa como una ventana natural hacia el mar. A través de ella se observa una amplia superficie azul que se extiende hasta el horizonte. Esta disposición concede a la escena una agradable sensación de descubrimiento: el agua no aparece de manera inmediata, sino que se revela entre los troncos y las ramas, aumentando su profundidad y su atractivo.

El mar ocupa buena parte del lado derecho y se presenta sereno, casi completamente libre de embarcaciones o presencia humana. Los azules varían desde tonalidades suaves y luminosas cerca del horizonte hasta matices algo más densos en las zonas próximas a la costa. Esta gradación transmite distancia y convierte el agua en un espacio abierto, silencioso e ilimitado.

Cerca de la orilla, el color del mar se aclara y se mezcla con blancos, grises y ligeros reflejos verdosos. Estas variaciones sugieren el movimiento tranquilo de las olas al acercarse a las rocas y a una pequeña franja de arena visible en la parte inferior derecha. El encuentro entre el agua y la costa introduce un delicado dinamismo sin romper la atmósfera de calma que domina toda la obra.

Las rocas que descienden hacia la playa poseen una presencia sólida y escultórica. Sus tonos blancos, grises, verdosos y azulados recogen la claridad del entorno y contrastan con los oscuros troncos de los árboles. Algunas parecen iluminadas directamente por el sol, mientras otras permanecen parcialmente ocultas bajo la vegetación o junto al agua, aportando variedad y una convincente sensación de volumen.

La pequeña playa situada a la derecha aparece casi escondida entre las formaciones rocosas. Su arena clara crea una zona íntima y recogida, semejante a una cala secreta descubierta desde lo alto. La ausencia de personas intensifica su carácter tranquilo y permite imaginar un lugar apartado, protegido del ruido y conservado en un estado de pureza natural.

El cielo se abre sobre el horizonte mediante una gama de azules claros y luminosos. Algunas nubes blancas, suaves y dispersas, aportan ligereza a la parte superior sin restar protagonismo al paisaje. La claridad del cielo contrasta con la densidad de las copas y contribuye a crear una atmósfera limpia, cálida y agradable, propia de una jornada tranquila junto al Mediterráneo.

La composición está construida a partir de un sugerente equilibrio entre zonas abiertas y cerradas. A la izquierda, los árboles forman un espacio denso, sombreado y protector; a la derecha, el mar y el cielo ofrecen amplitud, claridad y libertad. Entre ambos ambientes, el acantilado funciona como una transición que invita a recorrer visualmente toda la escena desde la tierra firme hasta el horizonte.

La ausencia de construcciones y figuras humanas permite que la naturaleza conserve todo el protagonismo. El paisaje parece permanecer ajeno al paso del tiempo, definido únicamente por el viento, la luz, el crecimiento de los árboles y el movimiento constante del mar. Esta pureza concede a la obra una cualidad contemplativa y despierta el deseo de detenerse, respirar y escuchar los sonidos discretos de la costa.

Más allá de su belleza paisajística, la escena puede interpretarse como una celebración de la libertad y de la resistencia. Los árboles, firmemente arraigados en un terreno rocoso, representan la capacidad de permanecer frente a las dificultades, mientras el horizonte abierto sugiere nuevos caminos, esperanza y amplitud interior. La unión de ambos elementos aporta a la obra un significado emocional que trasciende la simple representación del lugar.

En conjunto, la obra ofrece una visión luminosa y profundamente evocadora de un acantilado mediterráneo poblado por árboles modelados por el viento, verdes praderas, grandes rocas y una pequeña cala abierta al mar. La riqueza de los verdes, la serenidad de los azules y el contraste entre la sombra vegetal y la claridad del horizonte construyen una atmósfera de paz, frescura y libertad. Es un paisaje lleno de personalidad, capaz de trasladar a cualquier estancia la belleza silenciosa de la costa y la emoción de contemplar el mar desde un refugio natural.

Pictura Galeria présente esta magnífica obra de arte perteneciente a Joan Canós, que representa un luminoso acantilado mediterráneo con árboles modelados por el viento, una cala escondida y el mar extendiéndose serenamente hacia el horizonte. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones de la obra: 46x55x2 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la esquina izquierda de la obra.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un evocador paisaje costero contemplado desde lo alto de un acantilado, donde un grupo de árboles se alza frente a la inmensidad azul del mar. La escena combina la fuerza de una costa rocosa con la serenidad de un horizonte despejado, creando una imagen llena de frescura, profundidad y carácter mediterráneo. La naturaleza domina por completo la composición y envuelve al espectador en un instante de calma, luz y libertad.

En primer plano se extiende una superficie irregular cubierta de hierba y vegetación baja. Los verdes luminosos se mezclan con amarillos, ocres y suaves tonos terrosos, sugiriendo un terreno cálido y expuesto al sol. Esta zona abierta permite que la mirada se introduzca gradualmente en el paisaje antes de alcanzar los árboles, las rocas y la gran extensión marina situada al fondo.

El terreno desciende hacia el borde del acantilado mediante formas quebradas y desniveles que aportan profundidad. Algunas piedras claras aparecen dispersas sobre la vegetación, mientras grandes masas rocosas emergen en los márgenes de la costa. La combinación entre la suavidad de la hierba y la dureza de la piedra crea un contraste natural que enriquece la escena y revela la personalidad abrupta del litoral.

Los árboles ocupan la parte izquierda y central de la composición, formando una franja de sombra que contrasta con la claridad del cielo y del agua. Sus troncos oscuros, retorcidos e inclinados muestran el efecto persistente del viento marino. Cada uno adopta una forma distinta y parece haberse adaptado lentamente a las condiciones del lugar, convirtiéndose en símbolo de resistencia, arraigo y permanencia.

Las copas se reúnen en una gran masa vegetal compuesta por verdes profundos, azulados, oliva y pequeños destellos más claros. Las ramas se entrelazan y crean zonas densas junto a otras más abiertas por las que se descubre el mar. Esta alternancia entre vegetación y vacío aporta ritmo a la composición y permite que el paisaje se revele poco a poco, como si se contemplara desde un refugio natural.

Uno de los árboles centrales se inclina hacia la derecha y extiende sus ramas en dirección al horizonte. Su silueta parece acompañar el movimiento del viento y conduce visualmente la mirada hacia la zona más abierta del paisaje. La forma alargada de sus ramas establece una conexión entre la solidez de la tierra y la amplitud del cielo, reforzando la sensación de equilibrio entre los distintos elementos.

Bajo los árboles se concentra una sombra fresca y profunda. Los verdes se vuelven allí más oscuros y aparecen matices azulados y violáceos que sugieren humedad, protección y silencio. Esta zona de penumbra contrasta con el claro iluminado del primer plano, haciendo que la escena resulte especialmente envolvente y que el espectador pueda imaginarse caminando entre los troncos hasta llegar al borde de la costa.

La abertura central entre los árboles actúa como una ventana natural hacia el mar. A través de ella se observa una amplia superficie azul que se extiende hasta el horizonte. Esta disposición concede a la escena una agradable sensación de descubrimiento: el agua no aparece de manera inmediata, sino que se revela entre los troncos y las ramas, aumentando su profundidad y su atractivo.

El mar ocupa buena parte del lado derecho y se presenta sereno, casi completamente libre de embarcaciones o presencia humana. Los azules varían desde tonalidades suaves y luminosas cerca del horizonte hasta matices algo más densos en las zonas próximas a la costa. Esta gradación transmite distancia y convierte el agua en un espacio abierto, silencioso e ilimitado.

Cerca de la orilla, el color del mar se aclara y se mezcla con blancos, grises y ligeros reflejos verdosos. Estas variaciones sugieren el movimiento tranquilo de las olas al acercarse a las rocas y a una pequeña franja de arena visible en la parte inferior derecha. El encuentro entre el agua y la costa introduce un delicado dinamismo sin romper la atmósfera de calma que domina toda la obra.

Las rocas que descienden hacia la playa poseen una presencia sólida y escultórica. Sus tonos blancos, grises, verdosos y azulados recogen la claridad del entorno y contrastan con los oscuros troncos de los árboles. Algunas parecen iluminadas directamente por el sol, mientras otras permanecen parcialmente ocultas bajo la vegetación o junto al agua, aportando variedad y una convincente sensación de volumen.

La pequeña playa situada a la derecha aparece casi escondida entre las formaciones rocosas. Su arena clara crea una zona íntima y recogida, semejante a una cala secreta descubierta desde lo alto. La ausencia de personas intensifica su carácter tranquilo y permite imaginar un lugar apartado, protegido del ruido y conservado en un estado de pureza natural.

El cielo se abre sobre el horizonte mediante una gama de azules claros y luminosos. Algunas nubes blancas, suaves y dispersas, aportan ligereza a la parte superior sin restar protagonismo al paisaje. La claridad del cielo contrasta con la densidad de las copas y contribuye a crear una atmósfera limpia, cálida y agradable, propia de una jornada tranquila junto al Mediterráneo.

La composición está construida a partir de un sugerente equilibrio entre zonas abiertas y cerradas. A la izquierda, los árboles forman un espacio denso, sombreado y protector; a la derecha, el mar y el cielo ofrecen amplitud, claridad y libertad. Entre ambos ambientes, el acantilado funciona como una transición que invita a recorrer visualmente toda la escena desde la tierra firme hasta el horizonte.

La ausencia de construcciones y figuras humanas permite que la naturaleza conserve todo el protagonismo. El paisaje parece permanecer ajeno al paso del tiempo, definido únicamente por el viento, la luz, el crecimiento de los árboles y el movimiento constante del mar. Esta pureza concede a la obra una cualidad contemplativa y despierta el deseo de detenerse, respirar y escuchar los sonidos discretos de la costa.

Más allá de su belleza paisajística, la escena puede interpretarse como una celebración de la libertad y de la resistencia. Los árboles, firmemente arraigados en un terreno rocoso, representan la capacidad de permanecer frente a las dificultades, mientras el horizonte abierto sugiere nuevos caminos, esperanza y amplitud interior. La unión de ambos elementos aporta a la obra un significado emocional que trasciende la simple representación del lugar.

En conjunto, la obra ofrece una visión luminosa y profundamente evocadora de un acantilado mediterráneo poblado por árboles modelados por el viento, verdes praderas, grandes rocas y una pequeña cala abierta al mar. La riqueza de los verdes, la serenidad de los azules y el contraste entre la sombra vegetal y la claridad del horizonte construyen una atmósfera de paz, frescura y libertad. Es un paisaje lleno de personalidad, capaz de trasladar a cualquier estancia la belleza silenciosa de la costa y la emoción de contemplar el mar desde un refugio natural.

Détails

Artiste
Joan Canós (1928)
Vendu avec cadre
Non
Vendu(e) par
Galerie
Édition
Original
Titre de l'œuvre d'art
El mirador
Technique
Peinture à l’huile
Signature
Signé à la main
Pays d’origine
Espagne
Condition
Bon état
Hauteur
46 cm
Largeur
55 cm
Style
Post-impressionnisme
Période
2010-2020
EspagneVérifié
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