Nr. 99785480

Alberto Ricardo (XXI) - Joker. Iconos Eternos
Nr. 99785480

Alberto Ricardo (XXI) - Joker. Iconos Eternos
Obra del arte del artista Alberto Ricardo, realizada en la técnica Impresión Giclée, sobre lienzo profesional de alta calidad, 100% algodón, máxima resistente a manipulación y agentes exteriores de la marca Eco Canvas Roma Glossy, satinado.
Garantizamos un producto duradero y de calidad visual.
Dimensión de 60 x 80 cm de pintura con 5 cm de profundidad.
Edición limitada 4 / 5 firmada a mano en la parte frontal.
En el dorso de la pieza podrá encontrar los datos sobre la obra.
El envío se realizará a través de la Cia. United Parcel Service (UPS), para España y Europa, y a través de la Cia. Fedex para el resto del mundo.
La obra irá enrollada y estará protegida mediante varias capas de embalaje, nailón burbuja y colocada en un tubo resistente.
Una vez pagada la obra, se requieren tres días para el proceso de embalaje y entrega a la compañía de envió.
La pieza le llegará al termino de diez días, según el país de destino.
Con un trazo visceral y una paleta que desafía la quietud del lienzo, el artista Alberto Ricardo da vida a una serie vibrante y profundamente expresiva dedicada a los grandes íconos de la historia universal, el arte, la música, el cine y la cultura pop. Desde figuras legendarias como Joker, Einstein, Charles Chaplin, Gandhi o Frida Kahlo, hasta ídolos culturales como David Bowie, Mick Jagger o la Mona Lisa reinterpretada, cada retrato es una explosión de emoción, color y carácter.
La técnica pictórica destaca por una pincelada pastosa, intensa y gestual, casi escultórica, donde los pigmentos parecen esculpidos con espátula más que aplicados con pincel. El uso audaz del color no busca representar la realidad, sino amplificar la energía emocional del personaje: su fuerza, su legado, su impacto cultural.
El estilo se mueve entre el expresionismo contemporáneo y el neo-fauvismo, creando un lenguaje visual reconocible que celebra la individualidad de cada rostro al tiempo que unifica la serie con un código artístico potente y coherente.
Cada obra es una reinterpretación emocional, no una copia: no busca imitar al ícono, sino revivirlo, exaltarlo, redescubrirlo. Alberto Ricardo convierte a estas figuras en símbolos eternos, elevados por la fuerza del color y la emoción pura.
Deseamos pleno disfrute del arte.
Esta impresión limitada sobre lienzo presenta una representación hiperrealista del Joker, uno de los arquetipos más complejos y perturbadores de la cultura popular contemporánea. La calidad visual remite al fotorrealismo digital, pero el tratamiento de color y composición hace un guiño claro al arte pop con una carga psicológica propia del neoexpresionismo.
La iluminación dramática, con contrastes marcados entre luces frías de fondo y tonos cálidos en el vestuario, crea un efecto de aislamiento visual que potencia el carácter teatral de la figura. El rojo encendido del saco, el amarillo vibrante del chaleco y el verde profundo del cabello configuran una paleta cromática intencionalmente disruptiva, casi violenta, que resuena con la personalidad caótica del personaje. Esta saturación no es solo estilística, sino simbólica: estos colores son códigos emocionales que anuncian advertencia, locura y transformación.
La textura del traje y el rostro está pulida con una precisión casi escultórica, pero no carente de alma: cada pliegue, cada sombra en el maquillaje, sugiere una tensión interna, una historia no dicha, una amenaza contenida. El encuadre cerrado, que enfatiza la postura inclinada hacia adelante y la mirada gélida del Joker, convierte al espectador en víctima potencial de su atención: el lienzo no solo muestra, sino que confronta.
Es una meditación visual sobre la figura del payaso como reflejo distorsionado de la sociedad. En este retrato, el Joker no es simplemente un villano: es la encarnación del margen, del síntoma social hecho carne. La sonrisa pintada es una máscara de la desesperación, el gesto cómico transformado en símbolo de ruptura, alienación y desafío.
Este personaje, históricamente vinculado al caos y al crimen, aquí se presenta con una solemnidad que roza lo sacro. No hay acción en la imagen, pero sí una promesa de ella: su quietud es amenaza, su postura es mensaje. La falta de contexto narrativo (no hay Gotham, no hay Batman, no hay ciudad) lo despoja de relato y lo convierte en emblema: el Joker como ícono puro, abstracto, universal.
En este sentido, la obra funciona como espejo: lo inquietante no es lo que el Joker representa, sino lo que despierta. El espectador se ve confrontado con la incomodidad de simpatizar, aunque sea mínimamente, con el abismo. Este Joker no pide comprensión, pero exige mirada; y en esa exigencia está el poder de la imagen: una invitación a explorar la parte rota, irónica y peligrosa de la condición humana.
No es simplemente un retrato; es un manifiesto visual sobre el malestar contemporáneo. En una época donde la máscara ya no oculta sino revela, donde el humor se entrelaza con la rabia, esta obra se erige como testimonio estético de la figura más incómoda del imaginario colectivo: aquel que, sin héroes a la vista, nos obliga a mirar lo que no queremos ver de nosotros mismos.
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