Manuel Gómez (1962) - La Fageda d'en Jordà

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Giulia Couzzi
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Descripción del vendedor

Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Manuel Gómez, que representa un sendero que se adentra en un bosque frondoso y conduce hacia un claro luminoso, evocando serenidad, misterio y la esperanza de avanzar hacia nuevos horizontes. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones con marco: 41x55x4 cm.
· Dimensiones sin marco: 33x46 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior izquierda.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
· La obra se vende con precioso marco (incluido en la subasta como regalo).

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un bosque frondoso y profundamente envolvente, atravesado por un sendero que se abre paso desde el primer plano hasta perderse entre los árboles. La escena invita a adentrarse en un espacio natural apartado y silencioso, donde la abundancia de la vegetación y la luz filtrada entre las copas crean una atmósfera llena de misterio. Los verdes, azules, violetas, ocres y amarillos se entrelazan a lo largo de toda la composición, ofreciendo una visión intensa y emocional de la naturaleza.

El sendero ocupa el centro de la obra y actúa como el principal eje visual. Comienza en la zona inferior con una presencia ancha y luminosa, para después estrecharse gradualmente mientras avanza hacia la profundidad del bosque. Su recorrido ligeramente sinuoso conduce la mirada hacia una claridad situada en la distancia, despertando la curiosidad por descubrir qué puede encontrarse más allá de la arboleda.

La superficie del camino aparece cubierta por una rica variedad de tonalidades terrosas. Los marrones, ocres, anaranjados, verdes apagados y delicados matices violetas sugieren un suelo irregular, salpicado de hojas caídas, raíces, piedras y pequeñas zonas de humedad. Cada variación cromática aporta movimiento y convierte el sendero en una parte viva del paisaje, transformada continuamente por el paso de las estaciones.

A ambos lados del camino se elevan numerosos árboles que estructuran la composición mediante sus troncos verticales. Algunos son delgados y casi rectos, mientras otros presentan formas más robustas, inclinadas o irregulares. Esta diversidad concede al bosque una apariencia natural y espontánea, alejada de cualquier orden rígido, como si cada árbol hubiera encontrado su propio espacio dentro de una vegetación antigua y abundante.

Los troncos más cercanos poseen una presencia especialmente poderosa. Sus tonalidades oscuras, construidas a partir de violetas profundos, azules, verdes y negros, contrastan con las zonas más claras del fondo. Las raíces parecen aferrarse con fuerza al terreno, reforzando una sensación de estabilidad y permanencia. Estos árboles funcionan como guardianes silenciosos del camino, acompañando el recorrido y protegiendo el interior del bosque.

En el lado derecho destaca un gran árbol ligeramente inclinado, cuya forma curva introduce dinamismo y rompe la sucesión de líneas verticales. Su tronco dirige la mirada hacia la parte superior y parece formar, junto con las ramas cercanas, una especie de arco natural sobre el sendero. Esta disposición contribuye a crear una sensación de refugio, como si el caminante estuviera atravesando un pasaje protegido por la propia naturaleza.

La vegetación alcanza una gran densidad en los laterales. Los árboles, arbustos y hojas se superponen formando amplias masas verdes entre las que aparecen destellos turquesas, amarillos, blancos, rojizos y violetas. La variedad cromática evita cualquier sensación de monotonía y permite imaginar las múltiples especies que conviven en este entorno, cada una respondiendo de manera diferente a la luz.

Las copas de los árboles llenan buena parte de la zona superior y parecen cerrar parcialmente el cielo. Entre el follaje se abren pequeños espacios luminosos que sugieren la presencia de la claridad exterior. La luz atraviesa las hojas de manera fragmentada y produce delicados destellos sobre las ramas, el suelo y los márgenes del camino, generando una atmósfera cambiante y llena de profundidad.

En el centro de la composición aparece una zona especialmente clara, bañada por amarillos pálidos, blancos, verdes suaves y matices dorados. Esta apertura constituye el destino visual del sendero y funciona como un foco de esperanza dentro de la espesura. La mirada avanza inevitablemente hacia ella, atraída por la promesa de un claro, una salida o un espacio más abierto situado en el corazón del bosque.

La oposición entre las áreas oscuras de los laterales y la luminosidad central resulta esencial para construir la profundidad de la escena. Los verdes profundos, violetas y azules acercan los árboles situados en primer plano, mientras las tonalidades más claras hacen retroceder el fondo. Gracias a este contraste, el espectador siente que puede penetrar visualmente en el paisaje y recorrer el camino paso a paso.

El suelo del bosque se encuentra salpicado de pequeñas piedras, raíces y manchas de color que enriquecen la escena. Algunas formas oscuras interrumpen la continuidad del sendero y aportan una sensación de autenticidad, recordando que se trata de un camino natural, modelado por el tránsito y por la acción del tiempo. A su alrededor, verdes claros, amarillos y blancos sugieren musgo, hierbas y pequeñas plantas que crecen entre los desniveles.

La obra posee una extraordinaria riqueza cromática. Aunque el verde domina el paisaje, aparece acompañado por turquesas, azules, grises, amarillos, ocres, anaranjados y violetas. Esta combinación transforma el bosque en un espacio vibrante y expresivo, donde cada color parece comunicar una emoción distinta: frescura, calma, profundidad, calidez o misterio.

Los pequeños toques amarillos distribuidos entre el follaje aportan vitalidad y sugieren hojas iluminadas por el sol. En contraste, los violetas y azules presentes en las zonas de sombra conceden al paisaje una dimensión más íntima y contemplativa. El equilibrio entre tonalidades cálidas y frías crea una atmósfera compleja, capaz de transmitir al mismo tiempo la energía de la naturaleza y el silencio profundo del bosque.

No aparecen figuras humanas ni construcciones, lo que acentúa la sensación de aislamiento. Sin embargo, la existencia del sendero revela una presencia discreta: alguien ha pasado por allí anteriormente y ha dejado una huella en el paisaje. Esta ausencia convierte al espectador en el posible caminante y facilita una conexión directa con la escena, como si el camino estuviera esperando ser recorrido.

El bosque transmite una sensación de naturaleza libre, abundante y apenas alterada. Los árboles crecen muy próximos unos de otros, las ramas se entrecruzan y la vegetación cubre casi completamente el terreno. Todo parece formar parte de un organismo común, en constante transformación, donde cada tronco, hoja y piedra participa de un equilibrio antiguo.

La luz posee un significado especialmente sugerente. Al concentrarse en el fondo del camino, puede interpretarse como símbolo de descubrimiento, esperanza o renovación. El sendero atraviesa primero una zona más oscura y misteriosa para dirigirse después hacia un espacio iluminado, evocando la idea de un viaje interior y del avance desde la incertidumbre hacia la claridad.

La atmósfera de la obra invita al recogimiento. Es fácil imaginar el murmullo de las hojas, el crujido de las ramas bajo los pasos y el sonido lejano de los pájaros ocultos entre las copas. El paisaje parece suspendido en un momento de absoluta calma, lejos del ruido cotidiano, ofreciendo un lugar donde detenerse, respirar y reconectar con la naturaleza.

También se percibe una cierta ambigüedad estacional. Los verdes intensos sugieren la plenitud de la vegetación, mientras los amarillos, ocres y anaranjados recuerdan los primeros cambios del otoño. Esta convivencia de colores permite imaginar un momento de transición, cuando el verano comienza a desaparecer y el bosque se prepara lentamente para una nueva etapa.

La composición establece un hermoso diálogo entre fortaleza y delicadeza. Los troncos oscuros transmiten solidez, resistencia y arraigo, mientras los pequeños destellos de luz y las hojas dispersas aportan ligereza. Esta combinación convierte el paisaje en una imagen equilibrada, llena de carácter y sensibilidad, que puede contemplarse tanto como representación de un lugar natural como desde una dimensión simbólica.

El sendero puede entenderse como una metáfora del recorrido de la vida. Su destino no es completamente visible y cada tramo parece revelar nuevas posibilidades. Los árboles que lo rodean representan la experiencia, el tiempo y la memoria, mientras la claridad del fondo sugiere que, incluso en los espacios más densos e inciertos, siempre existe una dirección hacia la que continuar.

En conjunto, la obra ofrece una visión intensa, misteriosa y profundamente evocadora de un sendero que se interna en un bosque exuberante. Los numerosos árboles, la abundancia de la vegetación y la riqueza de verdes, violetas, azules, ocres y amarillos construyen un espacio lleno de profundidad y emoción. La luz que aparece al final del camino convierte la escena en una invitación a avanzar, descubrir y dejarse envolver por la serenidad de la naturaleza, transmitiendo una hermosa sensación de refugio, esperanza y conexión con lo esencial.

Pictura Galeria presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Manuel Gómez, que representa un sendero que se adentra en un bosque frondoso y conduce hacia un claro luminoso, evocando serenidad, misterio y la esperanza de avanzar hacia nuevos horizontes. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite.

· Dimensiones con marco: 41x55x4 cm.
· Dimensiones sin marco: 33x46 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior izquierda.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.
· La obra se vende con precioso marco (incluido en la subasta como regalo).

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.

La obra será embalada de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un bosque frondoso y profundamente envolvente, atravesado por un sendero que se abre paso desde el primer plano hasta perderse entre los árboles. La escena invita a adentrarse en un espacio natural apartado y silencioso, donde la abundancia de la vegetación y la luz filtrada entre las copas crean una atmósfera llena de misterio. Los verdes, azules, violetas, ocres y amarillos se entrelazan a lo largo de toda la composición, ofreciendo una visión intensa y emocional de la naturaleza.

El sendero ocupa el centro de la obra y actúa como el principal eje visual. Comienza en la zona inferior con una presencia ancha y luminosa, para después estrecharse gradualmente mientras avanza hacia la profundidad del bosque. Su recorrido ligeramente sinuoso conduce la mirada hacia una claridad situada en la distancia, despertando la curiosidad por descubrir qué puede encontrarse más allá de la arboleda.

La superficie del camino aparece cubierta por una rica variedad de tonalidades terrosas. Los marrones, ocres, anaranjados, verdes apagados y delicados matices violetas sugieren un suelo irregular, salpicado de hojas caídas, raíces, piedras y pequeñas zonas de humedad. Cada variación cromática aporta movimiento y convierte el sendero en una parte viva del paisaje, transformada continuamente por el paso de las estaciones.

A ambos lados del camino se elevan numerosos árboles que estructuran la composición mediante sus troncos verticales. Algunos son delgados y casi rectos, mientras otros presentan formas más robustas, inclinadas o irregulares. Esta diversidad concede al bosque una apariencia natural y espontánea, alejada de cualquier orden rígido, como si cada árbol hubiera encontrado su propio espacio dentro de una vegetación antigua y abundante.

Los troncos más cercanos poseen una presencia especialmente poderosa. Sus tonalidades oscuras, construidas a partir de violetas profundos, azules, verdes y negros, contrastan con las zonas más claras del fondo. Las raíces parecen aferrarse con fuerza al terreno, reforzando una sensación de estabilidad y permanencia. Estos árboles funcionan como guardianes silenciosos del camino, acompañando el recorrido y protegiendo el interior del bosque.

En el lado derecho destaca un gran árbol ligeramente inclinado, cuya forma curva introduce dinamismo y rompe la sucesión de líneas verticales. Su tronco dirige la mirada hacia la parte superior y parece formar, junto con las ramas cercanas, una especie de arco natural sobre el sendero. Esta disposición contribuye a crear una sensación de refugio, como si el caminante estuviera atravesando un pasaje protegido por la propia naturaleza.

La vegetación alcanza una gran densidad en los laterales. Los árboles, arbustos y hojas se superponen formando amplias masas verdes entre las que aparecen destellos turquesas, amarillos, blancos, rojizos y violetas. La variedad cromática evita cualquier sensación de monotonía y permite imaginar las múltiples especies que conviven en este entorno, cada una respondiendo de manera diferente a la luz.

Las copas de los árboles llenan buena parte de la zona superior y parecen cerrar parcialmente el cielo. Entre el follaje se abren pequeños espacios luminosos que sugieren la presencia de la claridad exterior. La luz atraviesa las hojas de manera fragmentada y produce delicados destellos sobre las ramas, el suelo y los márgenes del camino, generando una atmósfera cambiante y llena de profundidad.

En el centro de la composición aparece una zona especialmente clara, bañada por amarillos pálidos, blancos, verdes suaves y matices dorados. Esta apertura constituye el destino visual del sendero y funciona como un foco de esperanza dentro de la espesura. La mirada avanza inevitablemente hacia ella, atraída por la promesa de un claro, una salida o un espacio más abierto situado en el corazón del bosque.

La oposición entre las áreas oscuras de los laterales y la luminosidad central resulta esencial para construir la profundidad de la escena. Los verdes profundos, violetas y azules acercan los árboles situados en primer plano, mientras las tonalidades más claras hacen retroceder el fondo. Gracias a este contraste, el espectador siente que puede penetrar visualmente en el paisaje y recorrer el camino paso a paso.

El suelo del bosque se encuentra salpicado de pequeñas piedras, raíces y manchas de color que enriquecen la escena. Algunas formas oscuras interrumpen la continuidad del sendero y aportan una sensación de autenticidad, recordando que se trata de un camino natural, modelado por el tránsito y por la acción del tiempo. A su alrededor, verdes claros, amarillos y blancos sugieren musgo, hierbas y pequeñas plantas que crecen entre los desniveles.

La obra posee una extraordinaria riqueza cromática. Aunque el verde domina el paisaje, aparece acompañado por turquesas, azules, grises, amarillos, ocres, anaranjados y violetas. Esta combinación transforma el bosque en un espacio vibrante y expresivo, donde cada color parece comunicar una emoción distinta: frescura, calma, profundidad, calidez o misterio.

Los pequeños toques amarillos distribuidos entre el follaje aportan vitalidad y sugieren hojas iluminadas por el sol. En contraste, los violetas y azules presentes en las zonas de sombra conceden al paisaje una dimensión más íntima y contemplativa. El equilibrio entre tonalidades cálidas y frías crea una atmósfera compleja, capaz de transmitir al mismo tiempo la energía de la naturaleza y el silencio profundo del bosque.

No aparecen figuras humanas ni construcciones, lo que acentúa la sensación de aislamiento. Sin embargo, la existencia del sendero revela una presencia discreta: alguien ha pasado por allí anteriormente y ha dejado una huella en el paisaje. Esta ausencia convierte al espectador en el posible caminante y facilita una conexión directa con la escena, como si el camino estuviera esperando ser recorrido.

El bosque transmite una sensación de naturaleza libre, abundante y apenas alterada. Los árboles crecen muy próximos unos de otros, las ramas se entrecruzan y la vegetación cubre casi completamente el terreno. Todo parece formar parte de un organismo común, en constante transformación, donde cada tronco, hoja y piedra participa de un equilibrio antiguo.

La luz posee un significado especialmente sugerente. Al concentrarse en el fondo del camino, puede interpretarse como símbolo de descubrimiento, esperanza o renovación. El sendero atraviesa primero una zona más oscura y misteriosa para dirigirse después hacia un espacio iluminado, evocando la idea de un viaje interior y del avance desde la incertidumbre hacia la claridad.

La atmósfera de la obra invita al recogimiento. Es fácil imaginar el murmullo de las hojas, el crujido de las ramas bajo los pasos y el sonido lejano de los pájaros ocultos entre las copas. El paisaje parece suspendido en un momento de absoluta calma, lejos del ruido cotidiano, ofreciendo un lugar donde detenerse, respirar y reconectar con la naturaleza.

También se percibe una cierta ambigüedad estacional. Los verdes intensos sugieren la plenitud de la vegetación, mientras los amarillos, ocres y anaranjados recuerdan los primeros cambios del otoño. Esta convivencia de colores permite imaginar un momento de transición, cuando el verano comienza a desaparecer y el bosque se prepara lentamente para una nueva etapa.

La composición establece un hermoso diálogo entre fortaleza y delicadeza. Los troncos oscuros transmiten solidez, resistencia y arraigo, mientras los pequeños destellos de luz y las hojas dispersas aportan ligereza. Esta combinación convierte el paisaje en una imagen equilibrada, llena de carácter y sensibilidad, que puede contemplarse tanto como representación de un lugar natural como desde una dimensión simbólica.

El sendero puede entenderse como una metáfora del recorrido de la vida. Su destino no es completamente visible y cada tramo parece revelar nuevas posibilidades. Los árboles que lo rodean representan la experiencia, el tiempo y la memoria, mientras la claridad del fondo sugiere que, incluso en los espacios más densos e inciertos, siempre existe una dirección hacia la que continuar.

En conjunto, la obra ofrece una visión intensa, misteriosa y profundamente evocadora de un sendero que se interna en un bosque exuberante. Los numerosos árboles, la abundancia de la vegetación y la riqueza de verdes, violetas, azules, ocres y amarillos construyen un espacio lleno de profundidad y emoción. La luz que aparece al final del camino convierte la escena en una invitación a avanzar, descubrir y dejarse envolver por la serenidad de la naturaleza, transmitiendo una hermosa sensación de refugio, esperanza y conexión con lo esencial.

Datos

Artista
Manuel Gómez (1962)
Se vende con marco
Vendido por
Galería
Edición
Original
Título de la obra
La Fageda d'en Jordà
Técnica
Pintura al óleo
Firma
Firmado a mano
País de origen
España
Estado
En buen estado
Alto
41 cm
Ancho
55 cm
Estilo
Posimpresionismo
Periodo
1990-2000
Vendido por
EspañaVerificado
1945
Objetos vendidos
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