Camillo Gannelli - Tenebre






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Camillo Gannelli, Tenebre, técnica mixta original contemporánea de 2014, retrato en negro, azul, blanco y rojo, 100 x 90 cm, firmado a mano, en buenas condiciones, procedente de Italia.
Descripción del vendedor
Nos encontramos ante una obra de expresionismo introspectivo, casi un grito contenido. Materia y Tinieblas.
El fondo no es un simple negro. Es un azul de Prusia quemado, denso, matérico, trabajado con espátula y veladuras. Una noche táctil, áspera, que absorbe la luz. Arriba a la izquierda, una corrosión blanca, un relámpago fuera de campo, como un reflector de escena que ha olvidado al actor. No ilumina, ciega. Y deja el resto en el limbo.
La Figura: una ausencia presente.
A la derecha, emerge lo que resta de lo humano. No es un cuerpo, es una idea de cuerpo. Un cuello —o tal vez una espalda, un miembro— larguísimo, filiforme, al Giacometti, pero doblado por un peso invisible. La cabeza es una máscara de yeso, alargada, de perfil, excavada por una órbita negra que es más fosa que ojo. Parece mirar al vacío, o quizá ser mirada por él.
Hay algo profundamente baconiano en esta deformación elegante: la soledad no está gritando, está estirada. La figura se curva sobre sí misma, casi se disuelve en la misma materia oscura de la que nació. Es presente y ausente al mismo tiempo, como un recuerdo que no quiere irse.
La Herida Roja.
Y luego, a la izquierda, el único acontecimiento cromático. Una colada vertical, un rojo sangre, carmín sucio. No es una marca decorativa, es una interrupción violenta. Es el contrapunto dramático de la obra. Podría ser una herida, una alma gemela, una presencia sangrante, o simplemente el dolor mismo que ha tomado forma y color. Es el único elemento cálido en un universo glaciar, y por ello arde aún más.
En definitiva, esto no es un cuadro para mirar, es un cuadro para atravesar. Habla de alienación, de expectativa, de esa condición humana suspendida entre la luz y la oscuridad donde lo único verdaderamente vivo es nuestra herida.
Una obra grande en tamaño, monumental en silencio.
Nos encontramos ante una obra de expresionismo introspectivo, casi un grito contenido. Materia y Tinieblas.
El fondo no es un simple negro. Es un azul de Prusia quemado, denso, matérico, trabajado con espátula y veladuras. Una noche táctil, áspera, que absorbe la luz. Arriba a la izquierda, una corrosión blanca, un relámpago fuera de campo, como un reflector de escena que ha olvidado al actor. No ilumina, ciega. Y deja el resto en el limbo.
La Figura: una ausencia presente.
A la derecha, emerge lo que resta de lo humano. No es un cuerpo, es una idea de cuerpo. Un cuello —o tal vez una espalda, un miembro— larguísimo, filiforme, al Giacometti, pero doblado por un peso invisible. La cabeza es una máscara de yeso, alargada, de perfil, excavada por una órbita negra que es más fosa que ojo. Parece mirar al vacío, o quizá ser mirada por él.
Hay algo profundamente baconiano en esta deformación elegante: la soledad no está gritando, está estirada. La figura se curva sobre sí misma, casi se disuelve en la misma materia oscura de la que nació. Es presente y ausente al mismo tiempo, como un recuerdo que no quiere irse.
La Herida Roja.
Y luego, a la izquierda, el único acontecimiento cromático. Una colada vertical, un rojo sangre, carmín sucio. No es una marca decorativa, es una interrupción violenta. Es el contrapunto dramático de la obra. Podría ser una herida, una alma gemela, una presencia sangrante, o simplemente el dolor mismo que ha tomado forma y color. Es el único elemento cálido en un universo glaciar, y por ello arde aún más.
En definitiva, esto no es un cuadro para mirar, es un cuadro para atravesar. Habla de alienación, de expectativa, de esa condición humana suspendida entre la luz y la oscuridad donde lo único verdaderamente vivo es nuestra herida.
Una obra grande en tamaño, monumental en silencio.
