Camillo Gannelli - Quattro pannelli astratti






Más de 10 años en comercio de arte; fundó su propia galería.
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Quattro pannelli astratti de Camillo Gannelli es un tetraptyque original en técnica mixta y pintura acrílica sobre cuatro lienzos de 40×40 cm (80×80 cm en total), firmado a mano, año 2026, en buenas condiciones.
Descripción del vendedor
Tetraptychon Materico
La obra que tenemos delante es un cuadrado de cuadrados. Cuatro lienzos monocromos (cada tela mide 40x40 cm) aparentemente simples, que en su diálogo silencioso construyen un discurso complejo sobre materia, gesto y color.
La materia como lenguaje
Nos encontramos ante pintura matérica pura, heredera directa de la lección de Burri y de Fontana, pero despojada de toda dramatización. La pintura ya no es color extendido, es cuerpo. Yeso, mortero, arena acrílica acumulada y luego excavada.
El gesto es el verdadero protagonista. No pincelada, sino impresión.
Arriba a la izquierda, el blanco sobre blanco: una espiral concéntrica, casi una huella digital gigante, un laberinto táctil. Es la ausencia que se convierte en presencia. El color no está, y sin embargo está todo: luz, sombra, el recuerdo del dedo que trazó los círculos.
Arriba a la derecha, el amarillo. El mismo gesto circular se rompe, se interrumpe en el centro como un planeta dividido en dos hemisferios. Aquí la materia es más grumosa, más nerviosa, casi rabiosa. El amarillo no es solar, es ácido, industrial, deliberadamente artificial.
Abajo a la izquierda, el verde esmeralda, turquesa profundo. El gesto cambia: de circular se vuelve lineal, horizontal, estratificado como una sección geológica o las ondas dejadas por la marea baja. Es el único panel donde la huella parece colectiva, una serie de surcos paralelos que sugieren tiempo, sedimentación, escritura.
Abajo a la derecha, el pardo grisáceo, el beige–cemento. Regresa el círculo, pero esta vez es una sombra, una huella desvaída, consumida. Es la memoria del gesto de los otros tres paneles, casi borrada.
Una tetralogía del sentir
La fuerza de este tetraptyque reside en el equilibrio perfecto entre unidad y variación. Mismo alfabeto —la hendidura— declinado en cuatro dialectos diferentes.
No es una obra para mirar, es una obra para rozar con la mirada. La fotografía no le hace justicia porque aplanan lo que nació para crear sombras. La luz rasante es parte integral de la obra: es ella la que esculpe los relieves y da vida al monocromo.
Cromáticamente es una elección valiente y contemporánea. Blanco, amarillo primario, teal y greige. Son los colores del diseño, del interiorismo, del minimalismo posindustrial. El artista sabe que hoy la obra debe habitar un espacio, no solo una pared de museo.
En definitiva, es una obra que habla de trazo y de ausencia. De cuánto deja el hombre tras de sí incluso cuando cree no dejar nada. Cada panel es un fósil de un gesto, una huella digital del alma. Cuatro silencios diferentes que, juntos, hacen un ruido sordo y hermoso.
Tetraptychon Materico
La obra que tenemos delante es un cuadrado de cuadrados. Cuatro lienzos monocromos (cada tela mide 40x40 cm) aparentemente simples, que en su diálogo silencioso construyen un discurso complejo sobre materia, gesto y color.
La materia como lenguaje
Nos encontramos ante pintura matérica pura, heredera directa de la lección de Burri y de Fontana, pero despojada de toda dramatización. La pintura ya no es color extendido, es cuerpo. Yeso, mortero, arena acrílica acumulada y luego excavada.
El gesto es el verdadero protagonista. No pincelada, sino impresión.
Arriba a la izquierda, el blanco sobre blanco: una espiral concéntrica, casi una huella digital gigante, un laberinto táctil. Es la ausencia que se convierte en presencia. El color no está, y sin embargo está todo: luz, sombra, el recuerdo del dedo que trazó los círculos.
Arriba a la derecha, el amarillo. El mismo gesto circular se rompe, se interrumpe en el centro como un planeta dividido en dos hemisferios. Aquí la materia es más grumosa, más nerviosa, casi rabiosa. El amarillo no es solar, es ácido, industrial, deliberadamente artificial.
Abajo a la izquierda, el verde esmeralda, turquesa profundo. El gesto cambia: de circular se vuelve lineal, horizontal, estratificado como una sección geológica o las ondas dejadas por la marea baja. Es el único panel donde la huella parece colectiva, una serie de surcos paralelos que sugieren tiempo, sedimentación, escritura.
Abajo a la derecha, el pardo grisáceo, el beige–cemento. Regresa el círculo, pero esta vez es una sombra, una huella desvaída, consumida. Es la memoria del gesto de los otros tres paneles, casi borrada.
Una tetralogía del sentir
La fuerza de este tetraptyque reside en el equilibrio perfecto entre unidad y variación. Mismo alfabeto —la hendidura— declinado en cuatro dialectos diferentes.
No es una obra para mirar, es una obra para rozar con la mirada. La fotografía no le hace justicia porque aplanan lo que nació para crear sombras. La luz rasante es parte integral de la obra: es ella la que esculpe los relieves y da vida al monocromo.
Cromáticamente es una elección valiente y contemporánea. Blanco, amarillo primario, teal y greige. Son los colores del diseño, del interiorismo, del minimalismo posindustrial. El artista sabe que hoy la obra debe habitar un espacio, no solo una pared de museo.
En definitiva, es una obra que habla de trazo y de ausencia. De cuánto deja el hombre tras de sí incluso cuando cree no dejar nada. Cada panel es un fósil de un gesto, una huella digital del alma. Cuatro silencios diferentes que, juntos, hacen un ruido sordo y hermoso.
