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École valencienne (XX) - Au milieu des marguerites
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École valencienne (XX) - Au milieu des marguerites

Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a la escuela valenciana, que representa a dos mujeres recogiendo flores en una extensa pradera iluminada por el atardecer, en una escena llena de naturaleza, serenidad y libertad. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite. · Dimensiones de la obra: 46x55x2 cm. · Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior derecha. · La pieza se encuentra en buen estado de conservación. La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona. Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles. El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX, utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte. El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional. ------------------------------------------------------------------ Este cuadro presenta un extenso campo cubierto de flores blancas, bañado por la luz cálida y envolvente de un atardecer. Entre la abundante vegetación aparecen dos figuras femeninas que recorren el paisaje y aportan una delicada presencia humana a la inmensidad de la naturaleza. Una de ellas se encuentra en primer plano, inclinada entre las flores, mientras la segunda avanza a lo lejos, atravesando la pradera. Toda la escena transmite frescura, libertad y una profunda sensación de serenidad, como si el tiempo se hubiera detenido durante una tranquila tarde de primavera. La joven situada en primer plano constituye el centro emocional de la composición. Aparece agachada entre las flores, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y la mirada dirigida hacia la vegetación. Su postura sugiere que está recogiendo algunas flores, examinándolas de cerca o preparando un pequeño ramo con aquellas que más llaman su atención. El gesto resulta natural, íntimo y espontáneo, permitiendo imaginarla completamente concentrada en una actividad sencilla que la conecta con el paisaje que la rodea. La indumentaria de la joven destaca con claridad entre los numerosos tonos verdes y blancos del campo. Lleva una prenda superior de color rosado intenso y una amplia falda azulada que se extiende alrededor de su cuerpo formando pliegues suaves y luminosos. Los azules, violetas y blancos de la falda reflejan delicadamente la claridad del entorno, mientras que el rosa introduce una nota cálida y vibrante. Su cabello, representado mediante tonos dorados y castaños, parece recibir los últimos reflejos del día. Las flores blancas se extienden por casi toda la superficie inferior de la imagen y se convierten en uno de los elementos más importantes de la escena. Algunas aparecen grandes y perfectamente visibles en el primer plano, con centros amarillos que destacan sobre los pétalos claros, mientras otras se reducen progresivamente a pequeñas manchas luminosas conforme se alejan. Esta repetición crea una sensación de continuidad y abundancia, como si el campo florecido no tuviera un final preciso y se extendiera mucho más allá de los límites visibles. Entre las flores se descubren numerosos matices verdes, azulados, amarillos, marrones y violetas. Las zonas más oscuras aportan profundidad y sugieren la presencia de hojas, tallos y pequeñas sombras bajo la vegetación. En cambio, las áreas más claras parecen iluminadas por la luz del cielo, generando un movimiento visual que recorre todo el terreno. El campo no se percibe como una superficie uniforme, sino como un espacio vivo en el que cada fragmento contiene variaciones de color y luminosidad. La segunda figura femenina aparece en la distancia, hacia el lado derecho de la composición. Su tamaño reducido refuerza la amplitud del paisaje y establece una interesante relación con la joven del primer plano. Viste una falda de tonalidades violetas y una parte superior clara, y parece caminar lentamente entre la hierba llevando algún objeto entre sus brazos. Podría estar recogiendo flores, transportando una cesta o simplemente disfrutando del paseo, dejando que su presencia abra una pequeña historia dentro de la escena. La separación entre ambas mujeres crea una narración silenciosa. Tal vez se conocen y han salido juntas al campo, aunque cada una se ha detenido en un lugar diferente para seleccionar las flores que desea recoger. También podrían representar dos momentos de una misma experiencia: la figura más próxima dedicada a la contemplación y la figura distante avanzando hacia el horizonte. Esta ambigüedad aporta poesía al cuadro y permite que el espectador imagine libremente la relación entre las protagonistas. En la zona superior izquierda, sobre una suave elevación del terreno, se distingue una pequeña construcción rural de paredes claras y cubierta rojiza. Su presencia es discreta, pero introduce una referencia a la vida humana dentro de la amplitud natural. La casa parece aislada y tranquila, rodeada por la pradera y protegida por algunos árboles situados en el extremo izquierdo. Podría tratarse del hogar de las protagonistas o de una pequeña edificación campesina desde la que han partido para recorrer el campo. Los árboles de la izquierda forman una masa compacta de verdes oscuros y actúan como un límite visual para la composición. Su densidad contrasta con la apertura del paisaje hacia la derecha, donde la pradera se prolonga hasta encontrarse con el horizonte. Esta diferencia entre una zona más cerrada y otra completamente abierta contribuye a dirigir la mirada a través del campo. Las suaves ondulaciones del terreno generan profundidad y conducen progresivamente hacia las siluetas oscuras que se recortan en la lejanía. El cielo ocupa una amplia franja superior y aparece iluminado por tonos amarillos, dorados, anaranjados, rosados, azules y violetas. La luz parece concentrarse cerca del centro, extendiéndose después por las nubes y creando una transición cromática delicada. No se observa directamente el sol, pero su presencia se percibe en la luminosidad que cubre la pradera y en los reflejos cálidos del horizonte. El momento representado podría corresponder a los últimos instantes de la tarde, cuando el paisaje empieza a adquirir una belleza más suave y nostálgica. La composición ofrece una extraordinaria sensación de profundidad gracias a la distribución escalonada de sus elementos. Las flores grandes del primer plano conducen hacia la joven agachada; desde ella, la mirada avanza hasta la segunda figura, la casa y el horizonte. Cada nivel parece formar parte de un recorrido visual que invita al espectador a internarse en el campo. La amplitud del escenario hace que las figuras humanas parezcan pequeñas frente a la naturaleza, aunque su colorido les permite mantener un claro protagonismo. La luz unifica todos los componentes de la escena y crea una atmósfera apacible. El campo parece respirar bajo el cielo cálido, mientras las flores capturan pequeños destellos de claridad y se convierten en innumerables puntos luminosos. La ausencia de cualquier agitación permite percibir la tranquilidad del lugar, el aire fresco entre la vegetación y el silencio propio de los espacios abiertos. Incluso las figuras parecen moverse con lentitud, respetando la calma que domina el paisaje. La imagen evoca sensaciones relacionadas con la libertad, la juventud y la sencillez de la vida rural. Recoger flores se convierte aquí en un gesto lleno de significado, capaz de simbolizar la búsqueda de la belleza en las cosas cotidianas. Las protagonistas parecen haberse alejado de cualquier preocupación para entregarse por completo a la naturaleza. Su presencia invita a recordar jornadas luminosas, paseos por el campo y momentos compartidos en los que la felicidad surge de una experiencia sencilla. La combinación de colores frescos en la pradera y tonalidades cálidas en el cielo genera un equilibrio especialmente armonioso. Los blancos de las flores iluminan la parte inferior, los verdes aportan vitalidad y los rosas y azules de las figuras crean puntos de atención. Sobre ellos, el cielo dorado envuelve la escena con una luz emotiva que transforma el paisaje en un recuerdo idealizado. La belleza del cuadro reside tanto en la abundancia de sus detalles como en la emoción tranquila que transmite. En conjunto, la obra representa a dos mujeres disfrutando de un inmenso campo florido durante las últimas horas de una tarde luminosa, una recogiendo flores en primer plano y la otra avanzando serenamente por la pradera. La abundancia de margaritas, la pequeña casa en la distancia, la amplitud del horizonte y el cielo teñido por el atardecer construyen una escena llena de paz, frescura y poesía. Todo el paisaje celebra la belleza de la naturaleza y el placer de los momentos sencillos, convirtiendo una tranquila jornada campestre en una evocadora imagen de libertad y armonía.

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· Dimensiones de la obra: 46x55x2 cm.
· Óleo sobre tela firmado a mano por el artista en la parte inferior derecha.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. Representación digital en mockup orientativa; pueden existir diferencias respecto al artículo real en color, escala y detalles.

El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX, utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos o GLS con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro presenta un extenso campo cubierto de flores blancas, bañado por la luz cálida y envolvente de un atardecer. Entre la abundante vegetación aparecen dos figuras femeninas que recorren el paisaje y aportan una delicada presencia humana a la inmensidad de la naturaleza. Una de ellas se encuentra en primer plano, inclinada entre las flores, mientras la segunda avanza a lo lejos, atravesando la pradera. Toda la escena transmite frescura, libertad y una profunda sensación de serenidad, como si el tiempo se hubiera detenido durante una tranquila tarde de primavera.

La joven situada en primer plano constituye el centro emocional de la composición. Aparece agachada entre las flores, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y la mirada dirigida hacia la vegetación. Su postura sugiere que está recogiendo algunas flores, examinándolas de cerca o preparando un pequeño ramo con aquellas que más llaman su atención. El gesto resulta natural, íntimo y espontáneo, permitiendo imaginarla completamente concentrada en una actividad sencilla que la conecta con el paisaje que la rodea.

La indumentaria de la joven destaca con claridad entre los numerosos tonos verdes y blancos del campo. Lleva una prenda superior de color rosado intenso y una amplia falda azulada que se extiende alrededor de su cuerpo formando pliegues suaves y luminosos. Los azules, violetas y blancos de la falda reflejan delicadamente la claridad del entorno, mientras que el rosa introduce una nota cálida y vibrante. Su cabello, representado mediante tonos dorados y castaños, parece recibir los últimos reflejos del día.

Las flores blancas se extienden por casi toda la superficie inferior de la imagen y se convierten en uno de los elementos más importantes de la escena. Algunas aparecen grandes y perfectamente visibles en el primer plano, con centros amarillos que destacan sobre los pétalos claros, mientras otras se reducen progresivamente a pequeñas manchas luminosas conforme se alejan. Esta repetición crea una sensación de continuidad y abundancia, como si el campo florecido no tuviera un final preciso y se extendiera mucho más allá de los límites visibles.

Entre las flores se descubren numerosos matices verdes, azulados, amarillos, marrones y violetas. Las zonas más oscuras aportan profundidad y sugieren la presencia de hojas, tallos y pequeñas sombras bajo la vegetación. En cambio, las áreas más claras parecen iluminadas por la luz del cielo, generando un movimiento visual que recorre todo el terreno. El campo no se percibe como una superficie uniforme, sino como un espacio vivo en el que cada fragmento contiene variaciones de color y luminosidad.

La segunda figura femenina aparece en la distancia, hacia el lado derecho de la composición. Su tamaño reducido refuerza la amplitud del paisaje y establece una interesante relación con la joven del primer plano. Viste una falda de tonalidades violetas y una parte superior clara, y parece caminar lentamente entre la hierba llevando algún objeto entre sus brazos. Podría estar recogiendo flores, transportando una cesta o simplemente disfrutando del paseo, dejando que su presencia abra una pequeña historia dentro de la escena.

La separación entre ambas mujeres crea una narración silenciosa. Tal vez se conocen y han salido juntas al campo, aunque cada una se ha detenido en un lugar diferente para seleccionar las flores que desea recoger. También podrían representar dos momentos de una misma experiencia: la figura más próxima dedicada a la contemplación y la figura distante avanzando hacia el horizonte. Esta ambigüedad aporta poesía al cuadro y permite que el espectador imagine libremente la relación entre las protagonistas.

En la zona superior izquierda, sobre una suave elevación del terreno, se distingue una pequeña construcción rural de paredes claras y cubierta rojiza. Su presencia es discreta, pero introduce una referencia a la vida humana dentro de la amplitud natural. La casa parece aislada y tranquila, rodeada por la pradera y protegida por algunos árboles situados en el extremo izquierdo. Podría tratarse del hogar de las protagonistas o de una pequeña edificación campesina desde la que han partido para recorrer el campo.

Los árboles de la izquierda forman una masa compacta de verdes oscuros y actúan como un límite visual para la composición. Su densidad contrasta con la apertura del paisaje hacia la derecha, donde la pradera se prolonga hasta encontrarse con el horizonte. Esta diferencia entre una zona más cerrada y otra completamente abierta contribuye a dirigir la mirada a través del campo. Las suaves ondulaciones del terreno generan profundidad y conducen progresivamente hacia las siluetas oscuras que se recortan en la lejanía.

El cielo ocupa una amplia franja superior y aparece iluminado por tonos amarillos, dorados, anaranjados, rosados, azules y violetas. La luz parece concentrarse cerca del centro, extendiéndose después por las nubes y creando una transición cromática delicada. No se observa directamente el sol, pero su presencia se percibe en la luminosidad que cubre la pradera y en los reflejos cálidos del horizonte. El momento representado podría corresponder a los últimos instantes de la tarde, cuando el paisaje empieza a adquirir una belleza más suave y nostálgica.

La composición ofrece una extraordinaria sensación de profundidad gracias a la distribución escalonada de sus elementos. Las flores grandes del primer plano conducen hacia la joven agachada; desde ella, la mirada avanza hasta la segunda figura, la casa y el horizonte. Cada nivel parece formar parte de un recorrido visual que invita al espectador a internarse en el campo. La amplitud del escenario hace que las figuras humanas parezcan pequeñas frente a la naturaleza, aunque su colorido les permite mantener un claro protagonismo.

La luz unifica todos los componentes de la escena y crea una atmósfera apacible. El campo parece respirar bajo el cielo cálido, mientras las flores capturan pequeños destellos de claridad y se convierten en innumerables puntos luminosos. La ausencia de cualquier agitación permite percibir la tranquilidad del lugar, el aire fresco entre la vegetación y el silencio propio de los espacios abiertos. Incluso las figuras parecen moverse con lentitud, respetando la calma que domina el paisaje.

La imagen evoca sensaciones relacionadas con la libertad, la juventud y la sencillez de la vida rural. Recoger flores se convierte aquí en un gesto lleno de significado, capaz de simbolizar la búsqueda de la belleza en las cosas cotidianas. Las protagonistas parecen haberse alejado de cualquier preocupación para entregarse por completo a la naturaleza. Su presencia invita a recordar jornadas luminosas, paseos por el campo y momentos compartidos en los que la felicidad surge de una experiencia sencilla.

La combinación de colores frescos en la pradera y tonalidades cálidas en el cielo genera un equilibrio especialmente armonioso. Los blancos de las flores iluminan la parte inferior, los verdes aportan vitalidad y los rosas y azules de las figuras crean puntos de atención. Sobre ellos, el cielo dorado envuelve la escena con una luz emotiva que transforma el paisaje en un recuerdo idealizado. La belleza del cuadro reside tanto en la abundancia de sus detalles como en la emoción tranquila que transmite.

En conjunto, la obra representa a dos mujeres disfrutando de un inmenso campo florido durante las últimas horas de una tarde luminosa, una recogiendo flores en primer plano y la otra avanzando serenamente por la pradera. La abundancia de margaritas, la pequeña casa en la distancia, la amplitud del horizonte y el cielo teñido por el atardecer construyen una escena llena de paz, frescura y poesía. Todo el paisaje celebra la belleza de la naturaleza y el placer de los momentos sencillos, convirtiendo una tranquila jornada campestre en una evocadora imagen de libertad y armonía.

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Caroline Bokobza
Ekspert
Estymacja  € 500 - € 600

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