N.º 100323989

Vendido
Manel Pujol Baladas (1947) - Sueño en rosa
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Manel Pujol Baladas (1947) - Sueño en rosa

Pictura Subastas presenta esta magnífica obra de arte perteneciente a Manel Pujol Baladas, que representa la quietud íntima del cuerpo y el alma en reposo, un momento de introspección donde la vulnerabilidad se convierte en belleza y el silencio en emoción. La pintura destaca por su excelente técnica y la gran calidad pictórica que transmite. · Dimensiones sin marco: 89x116x2 cm. · Óleo sobre lienzo firmado a mano por el pintor en el margen inferior izquierdo, M. Pujol Baladas. · La pieza se encuentra en buen estado de conservación. La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona. Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote. El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte. El envío se realizará por Correos, GLS o NACEX con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional. ------------------------------------------------------------------ Este cuadro irradia una profunda sensación de intimidad y melancolía, capturando un momento suspendido en el tiempo donde el cuerpo y el alma parecen fusionarse en un mismo suspiro. En el centro de la composición, una figura femenina yace recostada, desnuda, sobre una superficie que evoca un lecho o un espacio de descanso. Su postura es relajada pero cargada de emotividad, con el rostro apoyado sobre un brazo doblado, transmitiendo una mezcla de cansancio, introspección y abandono. El cuerpo, trazado con vigor y delicadeza a la vez, se presenta con una naturalidad conmovedora, ajeno a toda idealización, invitando al espectador a contemplar la belleza humana desde su verdad más profunda. La gama cromática domina con tonos tierra, rosados, ocres y beiges que se entrelazan en una danza de luces y sombras. Los matices rojizos aportan calidez y humanidad, mientras que los toques de azul y gris en el rostro y el entorno sugieren un trasfondo emocional más complejo, casi nostálgico. La textura rugosa de la superficie, unida a los trazos firmes y fragmentados, crea una sensación de movimiento latente, como si la figura, aunque inmóvil, respirara y soñara. Sobre el fondo se distinguen formas difusas de flores —particularmente rosas— que parecen emerger del entorno para acompañar silenciosamente la escena, reforzando la idea de fragilidad y belleza efímera. El rostro de la mujer es el punto de mayor tensión emocional. Su expresión, aunque serena, encierra una profundidad introspectiva. Los ojos cerrados o semicerrados, el cabello oscuro que cae en ondas sobre la almohada, y el trazo enérgico que define sus rasgos, le confieren un aire de misterio y vulnerabilidad. No se trata de un retrato, sino de una evocación de sentimientos: el descanso tras el desvelo, la pausa después de la tormenta interior, el instante en el que el cuerpo cede ante la calma y el alma se repliega sobre sí misma. Es un cuerpo que no se muestra para ser visto, sino para ser sentido, comprendido y acompañado en su silencio. El entorno, construido mediante planos superpuestos y colores que se funden unos con otros, actúa como extensión emocional de la figura. Los objetos y formas que rodean a la mujer —una flor, un libro abierto, quizá una sombra de cortina o sábana— no buscan definir un espacio real, sino sugerir un ambiente de recogimiento íntimo. Todo parece bañado por una luz cálida y suave, que acaricia más que ilumina, envolviendo la escena en una atmósfera de ensueño. La tensión entre la fuerza del trazo y la suavidad de la paleta genera una armonía visual que subraya la dualidad del cuadro: la vulnerabilidad del ser frente a la potencia de la vida. En conjunto, este cuadro es una celebración de la introspección y de la belleza imperfecta del cuerpo humano. Es una obra que habla de quietud, de fragilidad, de un instante en el que el alma descansa dentro de la carne. Transmite la sensación de un suspiro contenido, de una historia no dicha pero latente en cada trazo. La figura femenina se convierte en un símbolo universal de contemplación, de entrega y de pausa, invitando al espectador a detenerse, a mirar más allá de la superficie y a dejarse llevar por la emoción serena que emana de cada línea. Es un poema visual al cuerpo y al alma en su estado más puro y humano.

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· Dimensiones sin marco: 89x116x2 cm.
· Óleo sobre lienzo firmado a mano por el pintor en el margen inferior izquierdo, M. Pujol Baladas.
· La pieza se encuentra en buen estado de conservación.

La obra procede de una exclusiva colección privada en Girona.

Nota importante: las fotografías incluidas forman parte integral de la descripción del lote.

El cuadro será embalado de manera profesional por un experto de IVEX (https://www.instagram.com/ivex.online/), utilizando materiales de alta calidad para garantizar su protección. El precio del envío cubre tanto el coste del embalaje profesional como el propio transporte.
El envío se realizará por Correos, GLS o NACEX con seguimiento. Envíos disponibles a nivel internacional.

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Este cuadro irradia una profunda sensación de intimidad y melancolía, capturando un momento suspendido en el tiempo donde el cuerpo y el alma parecen fusionarse en un mismo suspiro. En el centro de la composición, una figura femenina yace recostada, desnuda, sobre una superficie que evoca un lecho o un espacio de descanso. Su postura es relajada pero cargada de emotividad, con el rostro apoyado sobre un brazo doblado, transmitiendo una mezcla de cansancio, introspección y abandono. El cuerpo, trazado con vigor y delicadeza a la vez, se presenta con una naturalidad conmovedora, ajeno a toda idealización, invitando al espectador a contemplar la belleza humana desde su verdad más profunda.
La gama cromática domina con tonos tierra, rosados, ocres y beiges que se entrelazan en una danza de luces y sombras. Los matices rojizos aportan calidez y humanidad, mientras que los toques de azul y gris en el rostro y el entorno sugieren un trasfondo emocional más complejo, casi nostálgico. La textura rugosa de la superficie, unida a los trazos firmes y fragmentados, crea una sensación de movimiento latente, como si la figura, aunque inmóvil, respirara y soñara. Sobre el fondo se distinguen formas difusas de flores —particularmente rosas— que parecen emerger del entorno para acompañar silenciosamente la escena, reforzando la idea de fragilidad y belleza efímera.
El rostro de la mujer es el punto de mayor tensión emocional. Su expresión, aunque serena, encierra una profundidad introspectiva. Los ojos cerrados o semicerrados, el cabello oscuro que cae en ondas sobre la almohada, y el trazo enérgico que define sus rasgos, le confieren un aire de misterio y vulnerabilidad. No se trata de un retrato, sino de una evocación de sentimientos: el descanso tras el desvelo, la pausa después de la tormenta interior, el instante en el que el cuerpo cede ante la calma y el alma se repliega sobre sí misma. Es un cuerpo que no se muestra para ser visto, sino para ser sentido, comprendido y acompañado en su silencio.
El entorno, construido mediante planos superpuestos y colores que se funden unos con otros, actúa como extensión emocional de la figura. Los objetos y formas que rodean a la mujer —una flor, un libro abierto, quizá una sombra de cortina o sábana— no buscan definir un espacio real, sino sugerir un ambiente de recogimiento íntimo. Todo parece bañado por una luz cálida y suave, que acaricia más que ilumina, envolviendo la escena en una atmósfera de ensueño. La tensión entre la fuerza del trazo y la suavidad de la paleta genera una armonía visual que subraya la dualidad del cuadro: la vulnerabilidad del ser frente a la potencia de la vida.
En conjunto, este cuadro es una celebración de la introspección y de la belleza imperfecta del cuerpo humano. Es una obra que habla de quietud, de fragilidad, de un instante en el que el alma descansa dentro de la carne. Transmite la sensación de un suspiro contenido, de una historia no dicha pero latente en cada trazo. La figura femenina se convierte en un símbolo universal de contemplación, de entrega y de pausa, invitando al espectador a detenerse, a mirar más allá de la superficie y a dejarse llevar por la emoción serena que emana de cada línea. Es un poema visual al cuerpo y al alma en su estado más puro y humano.

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Giulia Couzzi
Especialista
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